Comentario, Jueves I de Adviento

Mt 7, 21.24-27
6 de diciembre de 2018

            El evangelio nos habla del requisito necesario para entrar en el Reino de los cielos. No todo el que me dice: «¡Señor, Señor!» -decía Jesús a sus discípulos- entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Para ser miembro del Reino de los cielos no basta con reconocer a Jesús como Señor, no basta con alabarle, no basta con elevarle súplicas. Es absolutamente necesario acatar la voluntad del Padre y cumplirla. No se trata de la exigencia arbitraria de un Dios déspota y dominador. Es que el Reino de Dios no puede ser sino ese "espacio" en el que se vive como Dios quiere, conforme a sus normas y directrices, según su voluntad. Sólo así puede ser Reino de Dios. Sólo así puede ser cielo. Si en ese Reino no se impusiese la ley del amor, si en ese Reino no hubiese paz y armonía, si en ese Reino imperase, como en la tierra, la ley del más fuerte o el dictado del egoísmo o la mentira, ya no sería de Dios, que es amor, verdad y paz. Para que sea de Dios en este Reino tiene que prevalecer su voluntad. En el cielo rige la voluntad de Dios; por eso decimos en el Padre nuestro: Hágase tu voluntad en la tierra como (se hace) en el cielo. Manifestamos nuestro deseo de que la tierra se haga cielo, o al menos se acerque a él; pero esto sólo es posible si en la tierra se vive bajo la misma ley que en el cielo. Porque la voluntad de Dios es ley y norma de conducta para el hombre, y está expresada en diferentes modos.

            Ahí tenemos los mandamientos de la Ley de Dios: Amarás al Señor, tu Dios; honra a tu padre y a tu madre; no matarás; no mentirás; no desearás a la mujer de tu prójimo… Ahí tenemos las consignas de Jesús en el evangelio: Pero yo os digo: No hagáis frente al que os agravia, amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, no devolváis a nadie mal por mal, responded con una bendición, al que de abofetee en la mejilla derecha, preséntale la otra, al que te pide dale, al que te reclama para acompañarle una milla, acompáñale dos… Ahí tenemos los acontecimientos de la vida que nos van descubriendo la voluntad misteriosa de Dios: esa voluntad que se revela también en nuestra historia y que se entremezcla con las voluntades humanas. Luego si queremos que el Reino de Dios sea de Dios (y no de los hombres), hemos de admitir que sea un "lugar" en el que se cumpla la voluntad de quien es y lo ha diseñado conforme a su querer. Por eso no podrán entrar los que no estén dispuestos a someterse a esta voluntad y ley. No es que Dios no quiere tenerlos en su Reino; es que no pueden vivir en un régimen al que no quieren ajustarse, porque sus actitudes le son contrarias. La existencia de tales habitantes en este Reino lo desvirtuaría, a no ser que se convirtiesen a este régimen de vida. Por eso, el cumplimiento de la voluntad de Dios se convierte en requisito para la entrada en su Reino. No obstante, a cumplir la voluntad de Dios también se aprende. El mismo Dios nos va enseñando a lo largo de la vida y al contacto con sus manifestaciones.

            El que escucha estas palabras, nos dice también Jesús, y las pone en práctica obra como un hombre prudente que edifica su casa sobre roca. Edificar sobre roca y no sobre arena es de personas prudentes y sensatas. Sólo la firmeza de la roca podrá soportar lluvias, vientos y huracanes. En cambio, lo edificado sobre arena, se desmoronará al más leve movimiento o fuerza contraria. Así edifica el hombre necio, sin prestar atención a los cimientos sobre los que edifica. Jesús entiende que su doctrina es un buen cimiento para edificar una vida. Y como se trata de una doctrina para ser puesta en práctica (doctrina moral), sólo se considerará asimilada cuando sea llevada a la práctica. Hasta entonces no será una doctrina plenamente asumida, porque encuentra su verificación en su misma aplicación. Es una doctrina que, aplicada en la vida de los santos, revela su verdad, o su seriedad, o su eficacia, o su magnificencia, o su robustez, pues es capaz de sostener esa vida hasta sus últimas consecuencias. Prestar atención a estas palabras ya es prudencia; edificar la propia vida sobre ellas es máxima prudencia.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 06/12/18     @tiempo de adviento         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A