Ética responsable

 

            En la sociedad moderna, la libertad y la igualdad constituyen una llamada constante a todos, y el pluralismo y la diversidad deben realizarse como salvaguarda de las diferentes convicciones que exigen crear, en nuestro día a día, las mejores condiciones de vida para nuestro prójimo. Hay que comprender la importancia de los valores espirituales en una sociedad abierta, en la cual la laicidad constituye garantía del respeto mutuo, de lucha contra la ceguera y la intolerancia y de un rico intercambio de experiencias orientadas hacia la justicia y la paz.

            También recuerdo la fuerza especial de las primeras palabras de la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo aprobada por el Concilio Vaticano II: "Las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los que sufren, son también las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo; y nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en nuestro corazón". Invoco, así, las raíces cristianas de los derechos, libertades y garantías fundamentales de las personas y de los ciudadanos, y la convergencia de éstos con los valores de una democracia abierta y disponible que coloca en el centro de su práctica la dignidad humana. Hay, a cada paso, amenazas a esa determinación. El pluralismo se confunde con un vacío de valores; con todo, la democracia no puede ser neutra cuando se trata de afirmar sus fundamentos.

            "El desarrollo es el nuevo nombre de la paz", decía Pablo VI. Tenemos que seguir oyéndolo, sobre todo, cuando asistimos a los dramas del tercer mundo y a los nuevos fenómenos de exclusión de las sociedades más desarrolladas en las que vivimos. Los valores espirituales nos convocan, de este modo, a prestar una atención especial hacia las políticas públicas orientadas al desarrollo y a la movilización de la sociedad, de la ciencia y de la economía en favor del desarrollo humano.

            Para los que ven el mercado o la técnica como fines en sí mismos, tenemos que saber contraponer la solidaridad voluntaria de los seres libres e iguales que queremos ser. Los gobernantes tienen que tener esa noción bien presente en su acción cotidiana. Los medios y los instrumentos materiales, en una palabra, el progreso, tiene que estar al servicio de las personas y de su dignidad. La justicia, la igualdad de oportunidades, la solidaridad voluntaria son condiciones esenciales para que haya libertad y autonomía. Por eso, es fundamental poner en marcha las capacidades y las energías a partir de compromisos personales y de una ética de responsabilidad.

 

ANTONIO GUTIERRES, Lisboa, Portugal

 Act: 25/01/18   @noticias del mundo           E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A