Fin del mundo y Finalidad del Hombre

 

            Desde el 11 septiembre 2001, el libro más citado por los papas es el Apocalipsis. Podría tratarse de una casualidad, pero las casualidades siempre acaban por tener una causa que las motiva. Y, aunque así no fuera, ya desde antes de la fatídica fecha, el Papa venía adoptando un tono apocalíptico, extraño en él. Dos ejemplos, en Fátima advirtió que "estamos a tiempo de convertir el mundo en un vergel o en un montón de escombros". O con motivo de la presentación en sociedad del genoma humano, donde aludió a un momento crucial de la historia del mundo, en el que la humanidad "ha entrado en las fuentes de la vida", con todo el riesgo de barbaridades sin fin que ello puede acarrear.

            Al mismo tiempo, el 11-S ha provocado una especie de temor por el misterio que se desconocía antes, una reverdecimiento de la magia y el ocultismo (que es la tendencia lógica del hombre desesperado ante lo desconocido), una sensación generalizada de que los sistemas y parámetros actuales ya no sirven y una sensación de que estamos llegando a la encrucijada: o cambiamos o nos destruimos.

            Especialmente llama la atención el desesperado afán por la Seguridad. Ben Laden, todo un intelectual, en sus dos proclamas apenas habló del Islam, como no fuera para afirmar que el malvado Occidente oprime sin cesar al mundo musulmán. No, lo que hacía era amenazar la seguridad adormecida del planeta: "Ningún norteamericano podrá sentirse seguro a partir de ahora". Un mensaje de gran calado, porque se derrama sobre un sociedad temerosa (no sólo la sociedad norteamericana, sino el conjunto del planeta). Hasta el siglo XIX, esa sociedad basó su seguridad en la Providencia divina, ahora la fía a Prosegur (la seguridad física) y a Morgan Stanley (la seguridad económica). Y se trata de unas instituciones que sólo pueden ofrecer una seguridad precaria que no satisface a nadie. Ya saben: el miedo multiplica las prevenciones, pero las prevenciones multiplican el miedo.

            El otro aspecto chocante es que la modernidad ha agotado la capacidad de sus parámetros, incluida la capacidad de la democracia como sistema de gobierno y del capitalismo como sistema económico único. Veníamos definiendo la democracia como el menos malo del sistemas políticos posibles, y en efecto es así, por lo que debe ser fomentado. El problema es que se trata de una democracia entendida de forma mediatizada y, esto es lo más importante, entendida como el simple imperio de las mayorías. Pues bien, ahora se incrementa el colectivo de desencantados del sistema, que exigen más participación o amenazan con darse de baja. Pero, sobre todo, y con todos nuestros respetos al señor Fukuyama, la democracia entendida como mero imperio de las mayorías no puede funcionar. Desde el momento en que el relativismo y el progresismo sentaron sus reales en el mundo, la humanidad renunció a intentar descubrir la verdad, y como el hombre necesita de una verdad, acabó por dejar esa tarea en manos de la Asamblea. El problema es que hasta las mayorías se equivocan. En otras palabras. la democracia no es el estrado final de la historia. La democracia debe ser el imperio de la mayoría, sí, pero a partir de unos valores aceptados por todos, que ni tan siquiera un sentimiento mayoritario, y por tanto transitorio, debe modificar. 

            En el terreno económico ocurre algo similar. El capitalismo ha triunfado, ciertamente, pero sólo para toparse, casi de inmediato con su fracaso interno, llamado especulación. Hoy, quien manda en el mundo económico son los mercados financieros y estos, a si vez, se rigen por una burbuja especulativa permanente. Sólo el 0,5% de los ahorros refugiados en la bolsa corresponden al mercado primario.

            No sólo eso, sino que los mercados también tienen dueño, y es un dueño tiránico. Los flujos financieros van y vienen, por los cinco continentes, dirigidos por un colectivo de analistas adscritos a los mismos bancos o sociedades de inversión que canalizan el dinero. Son juez y parte. Tras el 11 de septiembre, en Estados Unidos, arquetipo del capitalismo, y con esa espléndida inocencia tan propia de los norteamericanos, se ha disparado el debate sobre el papel de los analistas y la banca. Así, una Comisión del Congreso norteamericano ha cuestionado la independencia de los analistas y de sus consejos de inversión. Podríamos decir que la cúpula del capitalismo se rebela contra un sistema podrido, por los intereses de los grandes bancos que manejan el dinero de los demás (incluida su libreta de ahorros, aunque usted no lo sepa) y por la voracidad especulativa de los mercados de valores. Y no olvidemos que la especulación es un pecado que lleva en sí mismo la penitencia. En cuanto alguien acerca un alfiler a la burbuja, se produce el estallido. Y ni todas las bajadas de tipos consecutivas que se promulguen podrán evitarlo. El causante puede ser el terrorismo islámico, pero las causas del desastre están en el propio sistema. Además, la especulación es endogámica. Se encierra sobre sí misma, otorgando un valor ficticio a una empresa o a la deuda de un estado. Luego el desarrollo del Tercer Mundo queda permanentemente postergado. Y, como también afirma el papa, "el desarrollo es el nuevo nombre de la paz".

            Así que, efectivamente, hay motivos para pensar en un final de la historia. Pero no entendida, como afirma Fukuyama, como un final del debate histórico sobre modalidades de gobierno o de sistemas económicos, sino como un final en sentido estricto. Cuanto más aumenta el ansia por la seguridad, más inseguro se muestra un sistema que ha renunciado a una serie de principios y valores absolutos, intocables. ¿Se imaginan ustedes que Pakistán se diera la vuelta y se pasara al otro bando? ¿Se imaginan ustedes un golpe de estado que diera el poder a unos fanáticos en un país con potencial atómico? Sería, en efecto, la III Guerra Mundial.

            Y dicho todo esto, una cosa es el fin del mundo y otro la finalidad del hombre. Eso significa dos cosas: que el fin del mundo para toda persona es su muerte, y que la finalidad de cada hombre es la eternidad. Pero la eternidad no puede medirse con criterios temporales ni organizarse con sistemas asimismo temporales. O dicho de otra forma, lo que podría estar ocurriendo es que los seres inmersos en el tiempo estén agotando la paciencia del Ser Eterno. Manténganlo como mera hipótesis de trabajo, pero es que la insistencia del papa en ese tono da que pensar.

 

EULOGIO LÓPEZ, Madrid, España

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