Muerte, Juicio, Infierno y Cielo

 

            En otro tiempo, al llegar las vacaciones de verano, ya se sabía que los periódicos dejaban de tener noticias políticas, lo que daba pie a que reaparecieran las asombrosas sobre las huellas del abominable hombre de las nieves o los movimientos del monstruo del lago Nes, por no hablar de los accidentes del triángulo de las Bermudas. Hubo un año, sin embargo, en que estos extraños sucesos fueron sustituidos por la puntual información de una declaración que Juan Pablo II confesó desde su residencia veraniega de Castelgandolfo, arrostrando el peso del calor romano, que no dejaba de ser un infierno.

            Para un público postcristiano, como es buena parte del que hoy lee los periódicos, las afirmaciones del pontífice de turno (que no suelen cortarse un pelo) resultan suficientemente extrañas sin más aditamentos, pero si la prisa de la prensa las ofrece en frases sueltas y descontextualizadas, consiguen un efecto muy superior a los antecedentes que sustituyen.

            Lo malo es que, frente a las noticias de hechos como las hazañas del monstruo o la acción del torbellino, que se verifican o se olvidan, las referencias de doctrinas (y más si se trata de misterios) quedan en el almacén del subconsciente sin contrastación y no dejan de perturbar. Si uno cree que una autoridad ha dicho lo que no ha dicho, no tiene ni siquiera la posibilidad de descalificar, como quizás quisiera, lo que verdaderamente ha dicho, puesto que no sabe lo que es.

            Quizás no esté de más recordar qué es lo que dijo Juan Pablo II en aquel dichoso verano, interpretando sus discursos según las claves en las que están codificados, único procedimiento con el que cualquier discurso es susceptible de interpretación. Mirando sencillamente sus textos a la luz del Catecismo de la Iglesia Católica, puede resultar una lectura como la que sigue.

            A diferencia de otros seres de la naturaleza, cuando el ser humano definitivamente muere (quizá cuando empieza a pudrirse) le sobrevive un principio o identidad personal que llamamos alma o espíritu. Ni ojo vio, ni oído oyó (1 Cor 2, 9) cómo se produce esto, pero si uno quiere imaginárselo (lo que, en rigor, es imposible) puede acudir a la vida del sueño (sueño de soñar, no sólo de dormir) en la que uno se mueve y actúa libremente sin que el cuerpo tome parte en ello. En esta partida que es la muerte, el alma se separa del cuerpo (Catecismo de la Iglesia Católica, 1005).

            Inmediatamente el ser humano entra en la presencia de Dios y entra en juicio: encuentra, o que está capacitado para vivir en el amor de Dios, o que está capacitado pero necesita previamente una purificación, o que se ha hecho a sí mismo incapaz del amor de Dios. Esos diversos lugares, estados, situaciones se denominan respectivamente gloria o cielo, purgatorio e infierno.

            La primera opción está atestiguada por las palabras que Jesucristo dirigió desde la cruz al buen ladrón (Ibid, 1021), y la segunda por la aceptación como Palabra de Dios que la comunidad cristiana ha hecho de la afirmación del II Libro de los Macabeos. Es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados (Ibid, 958).

            Al creyente no le inquieta la aparente injusticia de que los fieles entren en el cielo mediante la recomendación que sugiere Macabeos, pues, volviendo a la imaginación naif, que es quizá la mejor fórmula para hablar de estas cosas, si las almas están haciendo cola a la puerta del cielo, un empujoncito a la del pariente o amigo procura un paso al frente de todas las que le anteceden y dejan más hueco a las que vienen detrás.

            Nadie está destinado al infierno (Ibid, 1037), y de ningún ser humano (ni de Judas) se puede decir a ciencia cierta que hasta el último momento se ha hecho incapaz de Dios (Dios es Amor), pero no deja de ser inquietante la enseñanza de que existen unos seres, Satanás y otros espíritus, llamados demonios o diablos, que efectivamente se hicieron incapaces del amor de Dios y viven la eternidad al margen de la Santísima Trinidad (ibíd. 393), o sea, en el infierno (Ibid, 1033). No es verdad, pues, que éste se haya quedado en mera posibilidad.

            La doctrina escatológica de la Iglesia católica contiene todavía otra enseñanza. No sólo el alma vive como tal después de esta vida terrena, sino que vendrá un día el juicio final (Ibid, 1040), que dará lugar a un cielo nuevo y a una tierra nueva (Ibid, 1043). Dentro de unas horas, de mil años, de mil millones de años…, cuando sea, pues en la eternidad no cuenta el tiempo, cada ser humano se encontrará a sí mismo, como fue en cuerpo y alma, experimentará su resurrección en un sentido misterioso que nada tiene que ver con lo que cuentan esas narraciones, ahora tan de moda, de la reencarnación (Ibid, 1003).

            Este final de los tiempos inaugurará el reinado sobrenatural de Jesucristo. Satanás y los demás espíritus malignos, aunque puedan actuar todavía al margen del plan de Dios e influir sobre los seres humanos, han sido definitivamente vencidos de cara a este seguro triunfo final (Ibid, 395).

            Esto es, más o menos, lo que predicó Juan Pablo II aquel verano de 1999, y no lo que se ha venido repitiendo en la prensa desde entonces. A estas alturas del siglo XXI, a muchos aquellas enseñanzas les parecerán increíbles; a otros nos parecen increíbles pero ciertas. En todo caso, la cuestión ahora no es ésa. Esto es lo que dijo Juan Pablo II y no vale engañarse ni engañar.

 

MIGUEL ÁNGEL GARRIDO, Madrid, España

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