Presencia de Dios

 

            Pilar Rahola ha escrito recientemente que ''Dios es una lata". Que yo sepa, ella no es ninguna lata, y nadie lo es, incluso quienes hacen posible espectáculos tan degradantes como Moros y Cristianos. En la medida que existe en nosotros la necesidad de proyectarnos a los demás, de hacernos oir, eso nunca puede ser una lata. Esta necesidad humana tiene un nombre. Se llama trascender y todo el cuerpo central del pensamiento contemporáneo que tiene a la persona como eje, de Mounier a Lavinas pasando por Marcel, se fundamenta en el reconocimiento de esa necesidad. Pero trascender significa ''ir más allá'', o literalmente ''ascender más allá'', y en el final de ese ascenso está Dios. Por tanto, lo que impele a Rahola, a mí, y a tantos otros a escribir, a hablarnos y, en consecuencia, a que nos escuchen -porque la soledad es peor que la muerte- es lo que conduce en último término a Dios. Él es el horizonte de sentido de nuestra necesidad de ser escuchados.

            Por escribir en estos términos y otros parecidos, Pilar Rahola me descalifica como persona, me llama en sus páginas ''obtuso, usurpador, cruzado” entre otros detalles de respeto. La única razón de tanta agresividad y deformación de los hechos es simplemente que no pensamos igual y, según Rahola, esto ya me confiere el carácter de peligroso. Es una curiosa manera de defender la libertad individual por la que tanto clama. Su exabrupto es paradójico: nos acusan a los creyentes de ser intolerantes y contrarios a la libertad, cuando resulta que a la hora de la verdad son nuestros acusadores quienes pretenden negarnos el derecho fundamental a la libertad de conciencia y a la libre expresión de nuestras ideas. Nunca se me ha ocurrido argumentar que quienes no tienen religión o proclaman su ateismo entrañen un peligro, aunque el siglo XX, es decir, ahora mismo, es el periodo de mayores masacres realizadas en nombre de la laicidad ideológica y la supremacía del estado. Rahola, en su discurso, defiende la libertad restringida a ''los míos'', lo que la convierte en una simple parodia. Si tan republicana se considera podría comenzar por asumir a Voltaire, quien afirmaba que cada uno debe defender sus ideas aceptando que el otro puede tener razón. Quien descalifica a bulto, quien niega el derecho elemental de ''asomar la oreja en público y sobre todo permitir que intervenga en lo público'', como dice Rahola por el simple hecho de escribir sobre el Dios de los cristianos, demuestra que sus ganas de dañar son superiores a su capacidad de razonar. Esta forma de proceder se llama intolerancia y entraña un grave peligro para la sociedad convivencial, para la sociedad surgida del pacto constitucional.

            Rahola todavía no ha entendido que la laicidad no es un estadio superior de la conciencia humana, sino simplemente una de las opciones posibles en un estado aconfesional como el nuestro, que confiere al hecho religioso reconocimiento y trato positivo. Por eso, y por respeto a la diferencia y al pluralismo, ha de aprender a convivir, sin agresiones verbales, ni descalificaciones a las personas que piensan distinto, a las gentes que concebimos el sentido del mundo y de la historia en términos religiosos.

            Pilar Rahola parece descubrirme ahora. Es una actitud original después de tantos años. Soy el mismo a quien ella, en su día, pidió consejo para tomar una decisión importante: la de si abandonaba el entorno convergente y asumía el riesgo de presentarse a las elecciones por Esquerra Republicana. ¿Si entonces valoró mi criterio tanto como para reclamarlo, qué ha cambiado? Yo soy el mismo. ¿Entonces por qué ahora me descalifica? ¿Quizás porque hablo de Dios? Las razones que entonces le di, que ahuyentara todo temor a las consecuencias e hiciese lo que su conciencia le dictaba, son las mismas por las cuales yo escribo lo que escribo, y que ella debería respetar como ejercicio de mi libertad, en lugar de acudir al exabrupto, que además es inútil porque a mi no me daña y a ella la descalifica. Lo que irrita a Rahola -lo suficiente como para invertir 6.000 espacios- es que escriba sobre Dios. Es respecto a Él, más que respecto a mi, contra quien arremete, sin la menor posibilidad de triunfo, porque su propio exceso es el negativo de la pasión por Dios. ¿Acaso alguien llama a rebato ante un hecho inane? Tanto tiempo anunciando la muerte de Dios y resulta que despierta las mismas pasiones de siempre.

            Rahola tiene razón cuando afirma que Dios es "una lata". Lo es por lo que decía al inicio, porque constituye la llamada que nos empuja a salir de nosotros mismos, aunque no queramos. Es el ansia de infinito nunca satisfecha, hasta darnos de bruces con Él. Dios es una lata porque sólo es accesible desde la humildad y eso, necesariamente, irrita al orgulloso, al que va sobrado, como el rey -la reina en este caso- desnudo del cuento, que aún no ha reparado en sus limitaciones y fracasos que le recomiendan el acceso acelerado a la virtud de la humildad por un elemental sentido de prudencia. Dios es una lata porque en la relación con Él, esto es, el sentido religioso, es donde se forja la conciencia personal, el fundamento ético del estado y el horizonte de sentido de la democracia, como han explicado Masaryk y Havel. Y esto es así porque la cuestión religiosa en nuestro tiempo es el problema del sentido de la vida para cada uno de nosotros, al que nadie puede dar respuesta si no es uno mismo. Y en la construcción de la respuesta se forja la conciencia, libre de la intromisión del estado, de toda ideología. Por eso es una lata. A más concepción totalitaria, más lata es Dios y su forja de conciencias.

 

JOSEP MIRÓ, Barcelona, España

 

 Act: 25/01/18   @noticias del mundo           E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A