3 de Enero
Día 3 de Enero
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 3 enero 2026
1 Jn 2, 29-3, 6
El fragmento de hoy de Juan es bastante unitario, aunque se puede dividir en 2 partes: el cristiano es hijo de Dios (vv.1-3), y como tal no puede pecar (vv.4-10). De primeras, la doctrina de la filiación no nos sorprende demasiado, pues ya el AT nos había preparado, y dejado claro que Israel era el pueblo adoptivo de Dios, y la propiedad particular y única de Dios. E incluso el judaísmo había profundizado estos conceptos, y dado cierto énfasis a la parte que correspondía desempeñar al hombre en ese camino de filiación, como tarea a llevar a cabo.
A la luz del NT, y de la filiación de Jesús, podemos captar de lejos lo que ha de ser la filiación del creyente. Jesús se presenta como una figura nueva e impensable. Y viéndole a él, y aunque sólo a tientas, comprendemos nuestra filiación, sabemos que ésta es un don y que hemos de estar atentos para no perderlo.
Por otra parte, la filiación divina es una tarea. Y eso es lo que trata de dejar claro Juan: "Todo el que permanece en él, no comete pecado" (vv.6.9). La expresión "cometer pecado" (vv.4.8) nos hace pensar con frecuencia en las infidelidades de cada día, en las debilidades e inconsecuencias que nos rodean. Y en realidad no es eso lo que nos dice el texto.
Lo que está muy claro para el autor es que el que es hijo no puede convertirse en esclavo, so pena de haberse quedado en una experiencia profunda y traumatizante (por haber rechazado libre y conscientemente a Jesús, el Hijo). Por eso, el texto afirma rotundamente: "Quien ha nacido de Dios no comete pecado", porque lleva dentro la semilla de Dios y no puede "pecar porque ha nacido de Dios" (v.9).
En el fondo, el pecado significa pasarse al dominio del diablo (príncipe de este mundo) y hacerse su esclavo. O como dijo Jesús, servir a dos señores. Pero el que no sirve al diablo, sino que tan sólo tiene por padre a Dios, no vive (esclavizado) en el pecado.
Tal vez lo que nos convendría es tener más frecuentemente en cuenta que el "nacer de Dios" (o renacer, como dirá Juan en su evangelio) es algo más serio de lo que ordinariamente creemos. Eso sí, no se puede ir jugando de un lado a otro, ni se puede vivir la fe a medias. El NT no exhorta nunca al cristiano a vivir buenamente su vocación a la filiación, sino a vivirla en plenitud.
Nuestra filiación es un don y una tarea, y por eso no podemos tomarla tan sólo medio en serio. Tal vez entonces buscaremos menos argumentos para paliar las afirmaciones del fragmento de hoy: "El creyente ya no puede pecar, pues ha nacido de Dios".
Josep Oriol Tuñí
* * *
Juan ha hablado hasta ahora en su 1ª carta (v.29) de nuestra procreación (o renacer) como imagen expresiva del don que Dios nos hace de su vida (1Jn 3,9; 4,7; 5,1, 4,18). Y en el Evangelio nos ha subrayado la necesidad de ese nuevo nacimiento en el bautismo (Jn 3, 3-8).
Engendrados de ese modo, los cristianos pueden ser llamados con todo derecho hijos de Dios (v.1). Pero esa expresión se presta a equívocos, puesto que muchas religiones contemporáneas también reivindicaban ese título, desde los judíos (Dt 14, 1) hasta las religiones mistéricas, y no sólo como metáforas. Por eso Juan insiste en el hecho de que el cristiano, debido a que participa realmente de la vida divina, es realmente hijo de Dios: "Y nosotros lo somos" (v.1).
Cierto que la realidad de nuestra filiación divina es indudable, pero está todavía en devenir. Por eso el mundo se niega a reconocer que los cristianos sean hijos de Dios, e incluso a reconocer a Dios (v.1b).
Se trata, pues, de una realidad en devenir, que tendrá su consumación en la realidad escatológica (v.2). Y por eso es una realidad escondida a este mundo, para no quedar expuesta al peligro de su banalización. Una realidad que sólo el cristiano sabe que no está aún claramente manifestada, sino que tendrá su pleno efecto en el mundo futuro, cuando por su gracia "seremos semejantes a él" (Gn 5, 5).
Ésa es la diferencia. Y por eso mientras las religiones humanas pretenden conferir al hombre una igualdad con Dios mediante procedimientos orgullosos (e incluso ocultistas), Juan enseña a sus corresponsales que el camino que conduce a la divinización pasa por la purificación (v.3), porque sólo los corazones puros verán a Dios (Mt 5,8; Hb 12,14).
Esta idea de purificación previa a la visión de Dios tiene probablemente un origen ritual, pues el sumo sacerdote judío procedía a numerosas abluciones y purificaciones antes de penetrar en el Santo de los Santos para "ver la faz del Señor" (Sal 10,7; 16,15; 41,1-5). Pero el sumo sacerdote de la Nueva Alianza (Jesucristo) ha penetrado de una vez para siempre en el Santo de los Santos, purificándolo con su propia sangre (Hb 9,11-14; 10,11-18) y purificando a todos los que están unidos a él.
La pureza no se adquiere ya, por tanto, por medio de abluciones o inmolaciones, sino por dependencia filial de Cristo a la voluntad amorosa del Padre. Podremos aspirar a la purificación que nos habilita el ver a Dios, por tanto, en la medida en que compartamos con Cristo un sacerdocio hecho de amor y de obediencia filial.
La eucaristía opera en nosotros esa purificación que nos hace dignos de ser hijos de Dios, por cuanto actualiza en la Iglesia el sacrificio redentor de Cristo, y a nosotros nos afilia a su victoria sobre el pecado.
Maertens-Frisque
Act:
03/01/26
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