9 de Enero
Día 9 de Enero
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 9 enero 2026
1 Jn 4, 11-18
Después de haber precisado cómo Dios es la fuente del amor (1Jn 4, 7-10), Juan vuelve a sus ideas predilectas. E insiste de manera especial, en el pasaje de hoy, sobre los signos de la comunión que podemos tener con Dios: la caridad (v.12) y la confesión de la fe (v.15).
El dogma sostiene la moral. Eso es lo que sabemos del amor redentor de Dios respecto a nosotros (la fe), que nos impulsa también a nosotros a amar (la moral). Cierto que la fe y el amor se encuentran aquí abajo en cierto modo en estado de caducidad. La fe se apoya tan sólo en un testimonio (v.14), porque nadie ha visto aún a Dios y no le verá sino en la eternidad (v.12). Y también el amor es una aventura, puesto que el amor de Dios nos resulta imperceptible.
Sin embargo, fe y amor son los criterios de nuestra comunión con Dios (vv.12.15). Y para Juan, las 2 virtudes se compenetran y se apoderan, conjuntamente, de la personalidad cristiana. Toda decisión de fe implica el amor, puesto que obliga a una conversión que no puede ser más que don de sí.
La vida cristiana posee una doble dimensión, vertical y horizontal. Y nos hace tomar conciencia de que Dios es amor (v.16), de que efectivamente nos ha amado hasta el punto de enviarnos a su Hijo (v.14) y de que quiere establecer su morada en nosotros (vv.15-16). Esto forma parte de nuestra profesión esencial de fe (v.15). Esta fe nos fuerza a amar a nuestros hermanos como nosotros somos amados por Dios (v.12).
Si este pasaje enfoca, por una parte, el temor y la seguridad (en función del juicio último), sostiene, sin embargo, que el amor puede ser ofrecido en plenitud por el cristiano, ya desde esta vida. Y precisamente por eso puede vivir en la comunión con el Padre y con el Hijo, no bajo el temor del castigo, sino acercándose a Dios con audacia y confianza. Una seguridad así no descansa sobre la impecabilidad del cristiano (1Jn 1, 8), sino sobre el mismo Dios, que lo sabe todo (1Jn 3, 20) y que conoce especialmente nuestra debilidad.
La caridad destierra el temor, y no sólo en los perfectos y los santos. Incluso los débiles pueden llegar hasta esa caridad, puesto que ella misma extrae de Dios su poder de eliminar el temor, y no de lo que una conciencia puede reprocharse a sí misma.
Debido a estos temas (de temor y de amor), este pasaje evoca las actitudes más fundamentales de nuestra psicología, pues el hombre es radicalmente temeroso.
El hombre pagano trata de liberarse de ese temor inventando ritos (que presume le inician en lo sagrado). El hombre ateo se asegura a base de sus propios medios (transformando su yo y su técnica en medios de autodivinización). Y el hombre judío se lanza por otro camino muy distinto eliminando el temor a las fuerzas superiores anónimas para descubrir en cada acontecimiento (bueno o malo) la presencia del amor y de la misericordia de Dios.
A partir de ese momento, el temor a lo sagrado deja de ser un temor ciego, y aparece más bien como una exigencia de conocimiento de Dios y de correspondencia a su amor.
Ahora bien, Jesucristo lleva más lejos aún ese descubrimiento de los judíos, y descubre que el hombre (que es él mismo) es copartícipe activo de Dios en la realización de su designio salvífico. La trascendencia de Dios está a salvo, y el hombre es en adelante, con todos los medios que le son propios, copartícipe de la realización del designio de Dios.
En consecuencia, el cristiano se asemeja al ateo en la confianza que pone en los medios humanos para responder a los desafíos (del hambre, de la guerra, de la injusticia social e internacional); pero por otro lado da testimonio sobre la verdad del hombre (realizado en Jesucristo). La eucaristía es el lugar de encuentro del hombre temeroso y del Dios trascendente, pero ese encuentro se realiza en Jesucristo, en quien ha triunfado el amor sobre el temor, en nombre de la colaboración que Dios ofrece al hombre.
Maertens-Frisque
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En el pasaje de hoy de la Carta I de Juan, el apóstol no se cansa de repetirnos las mismas ideas, que nosotros no deberíamos nunca dejar de escucharlas, y que deberían estar siempre impregnando nuestra vida.
Ante todo, en relación con Dios. Conocemos su amor, creemos en Jesús y así llegamos a la comunión de vida con él, que es la meta de toda la carta: "hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él", "quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios". El amor de Dios lo hemos conocido en que "nos envió a su Hijo como Salvador del mundo" y en que "nos ha dado de su Espíritu".
El amor hace que en nuestra vida ya no exista el temor o la desconfianza. Si vivimos en el amor que nos comunica Dios, ya no tendremos miedo al día del juicio, ya que es nuestro Padre y hemos nacido de él, y actuaremos en nuestra vida como hijos, que no se mueven por miedo sino por amor.
Pero del amor de Dios sacamos una vez más la conclusión de nuestro amor fraterno: "si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud". Pues "Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él". Realmente, cada frase de la página tiene una densidad y un mensaje que puede cuestionar nuestras seguridades y llenar de sentido nuestra visión de la vida.
La Carta I de Juan nos anima una vez más a vivir en el amor, tanto en dirección a Dios como en dirección a nuestros hermanos. Nadie creerá que es excesiva la insistencia del apóstol, porque somos conscientes de que necesitamos que nos lo digan muchas veces: es lo que más nos cuesta en la vida.
Si asimiláramos ese amor, nuestra relación con Dios no estaría basada en el miedo o en el interés, sino en nuestra condición de hijos y en nuestra confianza en el Padre, en el Hijo que se ha entregado por nosotros, y en el Espíritu que nos ha sido derramado en nuestro corazón y que nos hace decir: Abbá, Padre.
Si asimiláramos un poco más ese amor, nuestra relación con el prójimo estaría impregnada de una actitud de comprensión, de entrega. No sólo cuando las personas son amables y simpáticas, sino también cuando lo son un poco menos. Porque el motivo de nuestro amor no son las ventajas o el gusto que encontramos al amar (eso sería amarnos a nosotros mismos en los demás), sino como respuesta al amor que a todos nos ha regalado gratuitamente Dios, y que se ha manifestado de modo entrañable en estas fiestas de Navidad.
José Aldazábal
Act:
09/01/26
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