10 de Marzo

Martes III de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 10 marzo 2026

Dan 3, 25.34-43

         Hemos escuchado hoy la hermosa oración penitencial que el libro de Daniel pone en labios de Azarías, uno de los 3 jóvenes condenados en Babilonia al horno de fuego por no querer adorar a los ídolos falsos, y mantenerse fiel a su fe. Se trata de una oración parecida a otras que ya hemos leído en otras ocasiones, como la Oración de Daniel y la Oración de Ester.

         En efecto, Azarías es un joven que supo mantenerse creyente en medio de un mundo ateo, reconociendo el pecado de su pueblo: "Estamos humillados a causa de nuestros pecados". Por ello, expresa ante Dios su arrepentimiento: "Acepta nuestro corazón arrepentido, como un holocausto de carneros y toros". Y propone el propósito de cambio: "Ahora te seguimos de todo corazón, buscando tu rostro".

         Sobre todo, expresa Azarías su confianza en la bondad de Dios: "No nos desampares, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia. Trátanos según tu clemencia y tu abundante misericordia". Y para ello, no duda en buscar la intercesión (lit. "recomendación") de unas personas que sí habían gozado de la amistad de Dios: los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob.

         Hagamos nuestra hoy la Oración de Azarías, y digamos con el salmo responsorial de hoy: "Recuerda tu misericordia, Señor; enséñame tus caminos y haz que camine con lealtad". Pues el Señor "es bueno y recto, y enseña el camino a los pecadores". Y así como los 3 jóvenes (Ananías, Azarías y Misael) del horno de Babilonia buscaban el apoyo de sus antepasados, busquemos nosotros la ayuda de los nuestros: "Santa María, ángeles y santos, y vosotros hermanos, interceded por mí ante Dios nuestro Señor".

José Aldazábal

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         Ofrece hoy la 1ª lectura un extracto de una confesión de los pecados del pueblo, compuesta por el joven Azarías. El hecho es que dicha Oración suplica a Dios que cumpla su promesa de hacer de Israel "un pueblo numeroso" (vv.36-37). Y para que sea eficaz la petición, recuerda que es necesaria la celebración de un sacrificio litúrgico, por medio de un sacerdote. Pero ya no hay en Israel "sacerdote, ni jefe, ni sacrificio, sino días de persecución" (v.38), recuerda el suplicante.

         ¿Quiere decir esto que cualquier oración es vana? Al contrario, el autor de la Oración descubre el alcance de sacrificio de la penitencia y de la contrición, pues "la oración del perseguido vale por todos los sacrificios de ovejas y corderos" (v.39). La doctrina del sacrificio espiritual alcanza, por tanto, a la persecución. El Siervo paciente es ya una víctima de sacrificio, y los mártires de Antíoco también lo son. Cristo transforma definitivamente la persecución que sufre en sacrificio.

         Dios ha educado progresivamente a su pueblo a que pase de los sacrificios de sangre del comienzo a los sacrificios de oblación espiritual inaugurados por Cristo. Se pueden discernir varias etapas en esta evolución.

         La etapa cuantitativa en la que los judíos ofrecen un holocausto de tipo pagano, el diezmo y las primicias de sus bienes (Lv 2; Dt 26,1-11). Se trata de un sacrificio de ritos, ya que su riqueza y la abundancia de sus bienes se manifiestan incluso en sus sacrificios, asegurándoles una importancia (y, por tanto, un valor religioso) mayor (2Cr 7, 1-7).

         No obstante, este tipo de sacrificio se desarrolla sin comprometer verdaderamente a los que participan en él; el campesino judío lleva la víctima y el sacerdote la sacrifica según los ritos. Sólo se compromete la víctima, pero ella lo ignora. Aún estamos lejos del sacrificio ideal en que el sacerdote y la víctima coinciden en una sola persona.

         La reacción de los profetas contra este tipo de sacrificio, que deja de lado la actitud espiritual y moral, será violenta, pero estéril, a menudo (Am 5,21-27; Jr 7,1-15; Is 1,11-17; Os 6,5-6). Será necesario esperar el exilio para que tomen forma las primeras realizaciones de un sacrificio espiritual.

         En efecto, en el sacrificio de expiación, tipo de sacrificio que aparece sobre todo en esta época (Nm 29, 7-11), el aspecto cuantitativo desaparece para dar paso a una expresión más marcada de los sentimientos de humildad y pobreza. El esfuerzo más claro para esta espiritualización se notará, sobre todo, en los salmos (Sal 39; 40, 7-10; 50,51) Poco a poco, así se llega a tener conciencia de que el sentimiento personal constituye la esencia del sacrificio. El sacrificio del Siervo paciente será el tipo de sacrificio del futuro (Is 53, 1-10).

Maertens-Frisque

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         La plegaria de hoy de Daniel se apoya por entero en la misericordia de Dios: "Por amor de tu nombre, Señor, no nos abandones para siempre, no repudies tu alianza, no nos retires tu misericordia". La época de Daniel es un período de prueba y máxima humillación. Los judíos han sido deportados a Babilonia. Son perseguidos y no existe ninguna estructura ni institución, "ni jefe, ni profeta, ni príncipe, ni holocausto, ni sacrificio de ofrenda, ni incienso, ni siquiera un lugar para rezar". Y en dicha situación de desolación, Daniel eleva a Dios su plegaria.

         La historia del pueblo de Dios está jalonada de hechos parecidos. No es una historia de poder, y en ella los medios humanos habían fallado a menudo, los fracasos se habían hecho habituales, y los judíos se abatían de forma dura y desconcertante. En dicha situación, la impresión de los judíos era turbadora, sobre todo al sentirse "abandonados de Dios", cuando era en él en quien habían puesto su confianza: "Somos los más pequeños de todas las naciones, Señor".

         Hoy también nosotros estamos humillados en el mundo entero, a causa de nuestros pecados. Pero ¡animo!, porque eso nos hace considerar nuestra pequeñez. Atrévete, pues, a hacer balance de tus mezquindades, de tus infortunios, de tus pecados.

         Y habiendo evocado tu situación de debilidad, repite ahora la misma oración de Daniel: "Dígnate, Señor, aceptarnos, con el corazón contrito y humillado". Te dirijo, Señor, esta oración, en singular y en plural: dígnate recibirme, dígnate recibirnos. Sé que no soy el único en soportar infortunios, sé que muchos sufren cosas más pesadas que yo. Te ruego por ellos, te ruego con ellos: dígnate recibirnos.

         Eres tú, Señor, el que nos sugiere esa oración. Es tu propia Palabra la que repito yo cuando pronuncio esas palabras, según el profeta Daniel. Tú eres el que me inspira esos sentimientos. Para los que confían en ti, no hay confusión. Ahora nosotros te seguimos con todo nuestro corazón, te tememos y buscamos tu rostro.

Noel Quesson

 Act: 10/03/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A