14 de Marzo
Sábado III de Cuaresma
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 14 marzo 2026
Os 6, 1-6
Esta vez es el profeta Oseas el que nos invita a convertirnos a los caminos de Dios. Su experiencia personal (su mujer le fue infiel) le sirve para describir la infidelidad del pueblo de Israel para con Dios, el esposo siempre fiel. Y pone en labios de los israelitas unas palabras muy hermosas de conversión: "Ea, volvamos al Señor, que él nos curará, nos resucitará, y viviremos delante de él".
Pero esta conversión no tiene que ser superficial, por interés o para evitar el castigo. No tiene que ser pasajera, "como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora". Cuántas veces se habían convertido así los israelitas, escarmentados por lo que les pasaba. Pero luego volvían a las andadas.
El profeta quiere que esta vez vaya en serio, y que la conversión no consista ya en ritos exteriores, sino en actitudes interiores: "Misericordia quiero y no sacrificios, y conocimiento de Dios más que holocaustos". Entonces sí que Dios les ayudará, y "su amanecer será como la aurora, y su ayuda surgirá como la luz".
La llamada del profeta ha sonado hoy también para nosotros, y no para el pueblo de Israel: "Ea, volvamos al Señor". Nos ha invitado a conocer mejor a Dios, y a organizar nuestra vida más según las actitudes interiores (la misericordia hacia los demás) que según los actos exteriores. Entonces sí que la cuaresma será una aurora de luz y una primavera de vida nueva.
Dejémonos ganar por el salmo responsorial de hoy, que ha puesto en nuestros labios palabras de arrepentimiento y compromiso: "Misericordia, Dios mío, por tu bondad; lava del todo mi delito, limpia mi pecado, y reconstruye las murallas de Jerusalén". ¿Deseamos y pedimos a Dios que en verdad restaure nuestras murallas, nuestra vida, según su voluntad? ¿O tenemos miedo a una conversión profunda?
José Aldazábal
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El profeta Oseas es un acompañante ideal para la gente de nuestra generación, y su invitación no puede ser más actual: esforcémonos por conocer al Señor. La razón es muy simple, y se basa en la misma voluntad del Señor: "Misericordia quiero y no sacrificios, y conocimiento de Dios más que holocaustos". Pero ¿qué significa conocer a Dios? ¿Atraparlo como se atrapa una mariposa para diseccionarla? ¿Poner a Dios al mismo nivel que un planeta, una fórmula matemática o una especie vegetal?
Sólo se puede conocer a Dios de una manera: amándolo. Y cualquier otra perspectiva de conocimiento está condenada al fracaso. Según el lenguaje de la Biblia, conocer significa amar, y sólo desde el amor se pueden entender las expresiones poéticas de Oseas: "Su amanecer es como la aurora, y su sentencia surge como la luz. Bajará sobre nosotros como lluvia temprana, y como lluvia tardía empapará la tierra".
¿Con qué otras imágenes describiríamos nosotros al Dios conocido? ¿Por qué no intentamos un pequeño ejercicio de oración enamorada? ¿Qué oración brota en estos momentos de nuestro corazón para decírsela al Señor? Si no se nos ocurre nada, siempre podremos repetir muchas veces, como el publicano del templo, o como el peregrino ruso: "Señor, ten misericordia de mí".
Gonzalo Fernández
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Dios quiere misericordia y no sacrificios de animales, su conocimiento y no holocaustos. El profeta invita a la penitencia y a una vuelta sincera a Dios, pero el pueblo es inconstante. ¡Cuántas liturgias en las que los que asisten a ellas nada experimentan, de las que salen sin haber encontrado a Dios, sin haberle conocido un poco más! ¡Qué negligentes somos a veces los sacerdotes y los laicos a la hora de participar en los santos misterios! O como dice San Agustín:
"No ofrezcas un sacrificio que no vaya acompañado de la misericordia, porque no se te perdonarán los pecados. Quizás me respondas que tú no tienes pecados. Pero eso no es así, y aunque te muevas con cuidado, y mientras vivas corporalmente en este mundo, te encontrarás en medio de tribulaciones y estrecheces, y habrás de pasar por innumerables tentaciones. No podrás vivir sin pecado. Si nada debes, sé duro en exigir, pero si eres deudor congratúlate con Dios, y ponte en manos de un deudor en quien tú puedas hacer lo que él hará en ti" (Homilías, CCCLXXXVI, 1).
Puede haber una conversión que no sea auténtica, pero por lo menos es conversión, y ya se irá perfeccionando. Lo que es imprescindible es que se cambie el corazón, y eso supone dar un 1º paso, sea el que sea. A veces tenemos el peligro de quedarnos en meras fórmulas y ritualismos externos, a través de los cuales creemos que va a venir la conversión. El Miserere del rey David, que rezamos el Miércoles de Ceniza, nos enseña el camino hacia la auténtica penitencia.
Manuel Garrido
Act:
14/03/26
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