5 de Marzo

Jueves II de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 5 marzo 2026

Jer 17, 5-10

         Las palabras de Jeremías que leemos hoy contienen 2 oráculos de estilo sapiencial. El 1º es un eco del salmo 1 (que hoy la liturgia presenta como salmo responsorial), y el 2º expresa la capacidad del hombre para engañarse y engañar.

         A mí me parece que estas palabras son como semáforos que nos van guiando por las intrincadas rutas de la vida. Pues hay oráculos rojos que nos dicen: "Alto, por aquí no vas a ningún sitio". Y hay oráculos verdes que nos dicen: "Adelante, camina sin miedo". En una sociedad tan poblada de mensajes contradictorios necesitamos la ayuda de estos semáforos sapienciales.

         Se trata, pues, de poner en solfa nuestro corazón, la cosa más traicionera y difícil de curar (pero la cosa más importante, pues del corazón brotará nuestro amor a Dios y el amor al prójimo). ¿En quién hemos puesto nuestro corazón? ¿Quién habita en él? Pues de la abundancia del corazón habla la boca.

         Nuestra propia experiencia del pecado ha inclinado muchas veces nuestro corazón más al mal que al bien. Y hemos abierto heridas que difícilmente pueden curarse, más dominados por nuestra concupiscencia que por la bondad (cuyo camino se nos hace demasiado arduo y difícil, y nos pide renunciar, incluso, a nosotros mismos).

         Por eso le hemos de pedir al Señor que sea él quien haga su obra de salvación en nosotros, pues sólo él puede realizar una nueva creación en nuestra vida. Él enviará a nuestros corazones su Espíritu, y entonces nos infundirá un corazón nuevo y un espíritu nuevo, y nuestra confianza estará colocada sólo en Dios (y no en cualquier otra persona, ni en ninguna otra cosa). Que Dios nos conceda esa gracia especialmente en este tiempo cuaresmal, en el que nos preparamos para celebrar la Pascua.

Gonzalo Fernández

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         Vivir poniendo la confianza y la seguridad de nuestra vida en el cuidado de Dios, nos convierte en un árbol plantado junto al agua (Jer) o al borde de una acequia (Sal 1), que echa raíces en época de estío y verdea en tiempos de sequía (Jer), y que da fruto en su sazón sin que se marchiten sus hojas (Sal 1) ni le aprese la inquietud.

         ¿Verdad que entran ganas de ser un árbol así? Porque en tiempos de luz y agua, en plenitud de fuerza y belleza, y cuando todo nos va bien en la vida, ¿qué dificultad hay para dar fruto? Ninguna.

         Lo impresionante de esta comparación es que ser árbol verde y dar fruto perenne no es un premio que se consigue a cambio de confiar en Dios, sino que es la misma confianza en él la que hace que nuestra vida reverdezca y no se deje llevar por la sequías inevitables, más o menos intensas. Y al revés, poner nuestra confianza en las propias fuerzas hace que nosotros seamos como un cardo en la estepa (Jer).

         Pero Jeremías va más allá de plantear un Dios que premia o castiga automáticamente, pues la Escritura también participa de una revelación progresiva y múltiple, y no hay una única manera de entender la forma que tiene Dios de actuar en la historia, y no son pocos los textos del AT en que se presenta a Dios como alguien que da a cada uno lo que se merece con su vida.

         Aun así, ya desde el principio de la Escritura, todas las tradiciones nos presentan a un Dios que, como comentábamos ya en las lecturas del lunes, no nos trata según nuestro pecado.

         Nuestra propia historia, leída como historia de salvación (oración personal, lectura pausada de la Palabra, encuentro con la comunidad eclesial, liturgia diaria...) es otro de los medios que el Espíritu de Dios tiene para recordarnos que cada uno podemos decidir de qué manera vivir. Y cuando no queremos escuchar, ni aunque resucitara un muerto se nos abriría el oído. De hecho, ni aunque el mismo Dios haya muerto y resucitado por mí, hay momentos en que me entero. Y así, voy marchando por la vida.

Rosa Ruiz

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         El profeta Jeremías nos ofrece hoy una meditación sapiencial muy parecida a la que oíamos en labios de Moisés el Jueves de Ceniza. ¿Quiénes son benditos y darán fruto? ¿Quiénes son malditos y quedarán estériles?

         Es maldito quien pone su confianza en la carne (lo humano, las propias fuerzas), y la comparación es expresiva: su vida será estéril, como un cardo raquítico en tierra seca. Y es bendito quien confía en Dios, pues ése sí dará fruto (como un árbol que crece junto al agua).

         La opción sucede en lo más profundo del corazón (un corazón que según Jeremías "es falso y está enfermo"). Los actos exteriores concretos son consecuencia de lo que hayamos decidido interiormente: si nos fiamos de nuestras fuerzas, o si nos fiamos de Dios.

         Esto lo dice Jeremías para el pueblo de Israel, siempre tentado de olvidar a Dios y poner su confianza en alianzas humanas, militares, económicas y políticas. Pero es un mensaje para todos nosotros, sobre todo en este tiempo en que el camino de la Pascua nos invita a reorientar nuestras vidas.

         La opción que nos proponía el profeta sigue siendo actual. Es también la que hemos rezado en el salmo de hoy, prolongación coherente de la 1ª lectura: "Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor. Será como árbol que da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas. Pero no serán así los impíos, no, pues serán paja que arrebata el viento".

         La cuaresma nos propone una gracia, un don de Dios. Pero nos anuncia también un juicio, pues al final ¿quién es el que ha acertado y tiene razón en sus opciones de vida? Tendríamos que aprender las lecciones que nos va dando la vida. Cuando hemos seguido el buen camino, somos mucho más felices y nuestra vida es fecunda. Cuando hemos desviado nuestra atención, y nos hemos dejado seducir por otros apoyos que no eran la voluntad de Dios, siempre hemos tenido que arrepentirnos. Y luego nos extrañamos de la falta de frutos en nuestra vida.

José Aldazábal

 Act: 05/03/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A