2 de Marzo
Lunes II de Cuaresma
Equipo de Liturgia
Mercabá, 2 marzo 2026
Dan 9, 4-10
La lectura de hoy de Daniel es un fragmento de la Oración de Daniel, que nos muestra el aspecto dramático que, a menudo, incluyen las relaciones hombre-Dios. El Señor permanece fiel a la Alianza y está siempre dispuesto a otorgar su amor. Pero el hombre, muchas veces, prefiere vivir por su propia cuenta.
Es famosa en Daniel su Profecía de las 70 Semanas, frecuentemente interpretada pero no siempre con su debida objetividad. No vamos ahora a proceder a su crítica, pero trataremos de esclarecerlo. Pues el problema que nos plantea Daniel es el de siempre: todos queremos ver, con claridad, que Dios siempre acude a solucionar nuestros problemas. Pero el proceder de Dios es otro, y a menudo no vemos la historia con la diafanidad que quisiéramos, sino desde una perspectiva lejana.
El autor se mantiene aquí en un equilibrio difícil: habla de las semanas de Jeremías (Jr 25, 11), pero a la vez trata de predicar a sus coetáneos, refiriéndose a los sucesos de su tiempo.
Huelga señalar que es inútil recurrir a una equivalencia exacta por lo que toca a las 70 semanas, mayormente cuando el nº 7 y sus múltiplos tienen siempre en la Biblia un valor simbólico. Por ello es mejor que nos conformemos con una aproximación. El texto alude explícitamente a los hechos que ocurrían en Jerusalén en tiempos de Antíoco IV de Siria y de Onías, el sacerdote asesinado por orden del rey. Y repite lo que ha dicho más de una vez: la realidad actual no puede perdurar, Dios hará justicia y los fieles triunfarán.
En efecto, Antíoco IV había desencadenado una persecución tal que el pueblo judío corría el riesgo de perder la confianza. Y Daniel, al igual que Abraham, posee aquella fe intrépida que impele a esperar contra toda esperanza, confíando en Dios incluso en los avatares que parecen ser totalmente adversos. "Todo lo malo pasará", apunta Daniel, y "la fe de los fieles perdurará para siempre".
Josep Mas
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La Oración de Daniel que leemos en la 1ª lectura de hoy puede ser un perfecto guión para componer una oración mundial sobre los momentos en los que vivimos. Una oración que, por otra parte, pertenece al género de las súplicas penitenciales, seguramente existente mucho antes de ser escrito el libro de Daniel.
La Oración está dividida en 3 partes. La 1ª presenta el pecado del pueblo (desobediencia a la ley y a los profetas) y la inocencia de Dios. La 2ª contempla el castigo, como consecuencia lógica del pecado. Y la 3ª es una súplica de perdón basada en los hechos salvadores de Dios en el pasado: la liberación de Egipto, la elección del pueblo y de Jerusalén, y el honor de Dios. ¿No os parece que hoy podríamos componer una oración semejante?
La única condición es que dicha oración mundial actual no brote de una actitud castigadora, sino de una verdadera solidaridad con nuestro mundo enfermo. Y así, podríamos decir hoy día, con Daniel: "Señor, nosotros hemos pecado. No hemos sabido acoger tu amor. Nos hemos creído autosuficientes, maduros, y capaces de gestionar el mundo según nuestros criterios. No hemos escuchado a los mejores hombres y mujeres de la humanidad, sino que nos hemos dejado seducir por la propaganda, por las invitaciones a lo más fácil, por el señuelo de la violencia".
Sin poner nombre a nuestros desvaríos, ¿cómo podríamos entender el mensaje liberador de Daniel, que nos habla de un Dios compasivo? ¿No correríamos el riesgo de no dar importancia a la compasión divina, y de confundirla con un sentimiento superficial?
Gonzalo Fernández
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Empezamos la 2ª semana de Cuaresma con una oración penitencial muy hermosa, puesta en labios de Daniel. Daniel reconoce la culpa del pueblo elegido, tanto del Sur (Judá) como del Norte (Israel), tanto del pueblo como de sus dirigentes. Y percibe la causa de su pecado: no han hecho caso a los profetas que Dios les enviaba: "Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos sido malos, nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus normas, hemos pecado contra ti".
Y eso que, por parte de Dios, todo ha sido fidelidad, como emocionadamente Daniel confiesa: "Dios grande, que guardas la alianza y el amor a los que te aman, a ti la piedad y el perdón".
Nos viene bien reconocer que somos pecadores, haciendo nuestra la Oración de Daniel. Personalmente y como comunidad. Reconocer nuestra debilidad es el mejor punto de partida para la conversión pascual, para nuestra vuelta a los caminos de Dios.
El que se cree santo, no se convierte. El que se tiene por rico, no pide. El que lo sabe todo, no pregunta. ¿Nos reconocemos pecadores? ¿Somos capaces de pedir perdón desde lo profundo de nuestro ser? ¿Preparamos ya con sinceridad nuestra confesión pascual?
Cada uno sabrá cuál es su situación de pecado, cuáles sus fallos desde la Pascua del año pasado. Ahí es donde la palabra de Dios nos quiere enfrentar: con nuestra propia historia, invitándonos a volvernos a Dios y mejorar nuestra vida. Aunque sea en detalles pequeños, y que no se noten. Pero seguros de que Dios, misericordioso, nos acogerá como un padre. Hagamos nuestra la súplica del Salmo: "Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados, sino líbranos y perdona nuestros pecados".
José Aldazábal
Act:
02/03/26
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