3 de Marzo

Martes II de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 3 marzo 2026

Is 1, 10.16-20

         El oráculo que presenta hoy la liturgia se remonta a los primeros años del ministerio del profeta Isaías (antes del 735 a.C), y acomete contra la hipocresía religiosa del pueblo, al estilo colorista de Amós (Am 5, 14-21). Cabe suponer que el oráculo fue pronunciado en el curso de una celebración litúrgica (v.13), sin duda en el momento en que se elevaba el humo de los sacrificios (v.11) y mientras la multitud adoptaba la actitud de los orantes (v.15).

         Y es que el pueblo pensaba que lo que proporcionaba placer a Dios era que la gente pisara gran número de patios del templo, y llevara cuantas más ofrendas mejor. Pero lo que a Dios le placía, anuncia el profeta, no es eso (que por otro lado es impuro, por la inmoralidad de sus oferentes), sino reconocer y cambiar esa religión sin fe, por tratarse de algo repugnante e intolerable.

         Sólo existe una posibilidad de hacer aceptable a Dios el culto, dice Isaías, y es que el pueblo acoja a los pobres y les haga partícipes de la opulencia de los sacrificios que diariamente se hacían (vv. 16-18). Y añade una amenaza, basada en el concepto de retribución temporal: o la obediencia (y abundancia) o la rebelión (y el castigo; v. 19).

         La reforma litúrgica acometida por el Vaticano II muestra hasta qué punto el culto (en la conciencia de muchos) estaba aún en el plano de una religión sin fe. Buen número de cristianos (practicantes estacionales) tenía conciencia de cumplir así con Dios y estar después despreocupado por un buen espacio de tiempo; aceptaban fácilmente que esos deberes están representados por ritos pintorescos e incomprensibles: era el tributo que había que pagar a Dios para que proteja y bendiga su vida.

         Pues bien: la reforma, cercenando los ritos, aligerando la ceremonia, empobreciéndola incluso en cierto sentido, llega a proponer ritos que no tendrán otra consistencia que la fe y la vida concreta de quienes los realizan y el encuentro entre Dios y el hombre. Y esa repentina desnudez del rito, su despojo hasta su reducción a la actitud y al intercambio sublevan a quienes hasta ahora podían ocultar sus sentimientos reales y escudarse con la participación en los sacramentos.

         En adelante, el rito traducirá mejor la conversión personal y la de la comunidad; pero no podrá hacerlo sino respetando más el desenvolvimiento de cada conciencia, los medios vivenciales en que se manifiesta, las piedras de choque socio-culturales de la fe.

Maertens-Frisque

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         Tenemos como tema de comentario la 1ª página del profeta Isaías. Se estrena un profeta, un formidable profeta que comienza a hablar en nombre de Dios. Mucho tiene que sufrir este hombre de Dios en medio de sus contemporáneos.

         El oráculo que hoy leemos de Isaías (el 1º que se conserva del profeta, a nivel cronológico) fue pronunciado probablemente en el Templo de Jerusalén, y fue dirigido contra la religión formulista, externa, vacía y sin amor. Amenaza además dicho oráculo a Israel (el pueblo de Dios), comparando su destino con el de 2 ciudades (Sodoma y Gomorra) que representaban a una sociedad podrida, si no cambia de actitud. Y es que Israel había caído en un culto literal, formulista, ritual y de signos vacíos, sin fe y aprovechándose de dichas fórmulas religiosas para oprimir a los necesitados.

         El profeta exhorta a cambiar de conducta ,y señala en qué consiste la verdadera religión: las obras de amor (hacer el bien, defender al oprimido, consolar a la viuda...). De cambiar de actitud y empezar a hacer esto (las obras de amor), Dios aceptará el culto hebreo, sobre todo si dicho culto da acogida a los pobres y los hace partícipes de los beneficios que reporta. Así, el culto judío se habrá convertido en un culto dotado de fe y caridad, en constante proceso de conversión personal y  comunitaria.

Noel Quesson

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         El libro de Isaías comienza con una nota histórica que encabeza la obra revisada de las profecías. Es un encabezamiento que presenta a la palabra circunstanciada en el espacio y en el tiempo: la palabra en la historia. Aunque la actividad del profeta que da nombre a este libro se limita a unos 38 años (ca. 738-700 a.C), una serie de discípulos siguen el camino trillado por el maestro y adaptan sus grandes líneas a circunstancias nuevas.

         Este patrimonio de teología y de fe permanece como un capital vivo, porque el profeta parece haber seguido la recomendación del Señor: "Guardo el testimonio, sello la instrucción para mis discípulos" (Is 8, 16).

         En nombre de Dios, el profeta entabla un proceso judicial contra el pueblo infiel a las cláusulas de la alianza, sobre todo con el crimen de ingratitud, que aquí parece tomar la fisonomía de síntesis de toda la teología del pecado.

         Dios ha hecho grandes cosas en favor de este pueblo, se ha portado como un padre en su educación (v.2), es decir, en su liberación de Egipto. La metáfora del padre se usa poco en el AT. Probablemente porque en el mundo semítico se vinculaba a él la idea de dominio, de poder y de propiedad. En nuestro texto, en cambio, domina la idea de la amorosa bondad divina. Es una bondad que exige del pueblo una respuesta de fidelidad y de justicia.

         Ha separado el culto de la observancia de la moral. Si el culto no es expresión de un vivo sentimiento interior y de un firme compromiso de vida moral, entonces llega a ser una farsa; las ceremonias externas toman un valor contrario a aquel que por naturaleza habrían de expresar: el incienso se hace una execración, las solemnidades un peso para Dios.

         Es inútil rogar alzando las manos si éstas están manchadas de injusticia contra el prójimo. La respuesta de Israel es inexplicable. La creación es armonía. La comparación antitética entre los animales domésticos (el asno y el buey, fieles a su amo, que los alimenta) y los desagradecidos ciudadanos de Judá (que no son fieles a Dios, que los alimenta), es particularmente eficaz.

Frederic Raurell

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         De nuevo una llamada a la conversión. Esta vez con palabras del profeta a los habitantes de dos ciudades que eran todo un símbolo del pecado en el AT: Sodoma y Gomorra.

         Pues bien, por grandes que sean los pecados de una persona o de un pueblo, si se convierte, "quedarán blancos como la nieve, como lana blanca, y podrán comer de lo sabroso de la tierra" que Dios les prepara. Es expresivo el contraste de los colores, el de los pecados ("rojos como la grana") y el de las obras ("blancos como la nieve").

         Eso sí, tienen que cambiar su conducta, abandonar el mal y comprometerse activamente en el bien: "Escuchad la enseñanza de nuestro Dios: lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones, cesad de obrar mal, defended al oprimido, sed abogados del huérfano".

         El salmo responsorial de hoy da un paso más: compara la liturgia con la caridad, y sale ganando, una vez más, la caridad: "No te reprocho tus sacrificios, pero ¿por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?". La acusación de Dios se hace dramática: "Esto haces, ¿y me voy a callar? Te acusaré, te lo echaré en cara".

         La llamada la oímos este año nosotros: cesad de obrar mal, aprended a obrar bien, buscad la justicia. Con mucha confianza en el Dios que sabe y que quiere perdonar. Pero dispuestos a tomar decisiones, a hacer opciones concretas en este camino cuaresmal. No seremos tan viciosos como los de Sodoma o Gomorra. Pero sí somos débiles, flojos, y seguro que podemos acoger en nosotros con mayor coherencia la vida nueva de la Pascua.

         Si cambian algunas actitudes deficientes de nuestra vida, entonces sí que nos estamos preparando a la Pascua: "Al que sigue el buen camino le haré ver la salvación de Dios". Algo tiene que cambiar. ¿Qué defecto o mala costumbre voy a corregir? ¿Qué propósito, de los que he hecho tantas veces en mi vida, voy a cumplir este año?

         Haciendo caso al salmo, está bien que recordemos que nuestra cuaresma será un éxito, no tanto si hemos cambiado algunas cosas de la liturgia, los colores o los cantos. Ni siquiera si hemos cumplido los días prescritos de abstinencia de algunos alimentos. Sino, como la palabra de Dios insiste en proponernos todos estos días, si cambiamos nuestra conducta, nuestra relación con los demás. No puede ser buena una Eucaristía que no vaya acompañada de fraternidad, una comunión que nos une con Cristo pero no nos une más con el prójimo.

José Aldazábal

 Act: 03/03/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A