14 de Abril

Martes II de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 14 abril 2026

Hch 4, 32-37

         La multitud de los creyentes "tenía sino un solo corazón y una sola alma", ideal de Dios para la humanidad por él creada. En efecto, en los tiempos de la Iglesia naciente hubo un entusiasmo festivo y alegre, y a mediados del s. XX el Concilio II Vaticano volvió a repetir que "la Iglesia es un pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".

         De ahí que tener "un solo corazón y una sola alma" no sea otra cosa que "reproducir sobre la tierra las relaciones de amor de las 3 personas divinas", según definición de la propia Iglesia. Este debería ser, pues, el esfuerzo y el testimonio de toda comunidad de cristianos: aunque seamos muchos, no ser sino uno, "una multitud, un corazón".

         ¡Cuán lejos estamos de ello, Señor! Y quizás sea ésta la razón por la cual tantos jóvenes abandonan la Iglesia, al no encuentrar en ella esa fraternidad, ni esa alegría. ¡Oh nuestras asambleas dominicales, que no dan una visión de comunidad sino de individualismo!, ni tampoco una visión festiva sino aburrida. Pues, por encima de todo, la humanidad aspira profundamente a la fraternidad y a la alegría. Ayúdanos, Señor.

         Pero sigamos, porque en aquella Iglesia naciente "nadie llamaba suyos sus bienes, sino que todo era común entre ellos". La cosa comenzó espiritualmente, por una comunión de corazones y mentalidades. Pero enseguida se tradujo en un reparto concreto, material y visible.

         Los primeros cristianos no se contentaban con una mística de unidad desencarnada, ni se contentaban con asistir a misa sin conocerse. Todo era común entre ellos, ¡todo! ¡Oh, Señor, concédenos que sepamos compartir nuestros proyectos y trabajar juntos! Ayúdanos a abandonar nuestras autonomías, nuestros cotos de caza y nuestros egoísmos.

Noel Quesson

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         La 1ª lectura de hoy nos presenta el 2º de los sumarios (el 1º está en Hch 2, 42-47 y el 3º en Hch 5, 12-16) acerca de la situación de la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén, en los primeros tiempos de la predicación apostólica.

         Se nos describe una situación ideal, una comunidad unida por vínculos estrechísimos entre sus miembros y que practica una especie de comunismo primitivo, tratando de poner todos los bienes en común, vendiendo incluso las propiedades privadas y depositando todo lo obtenido en un fondo comunitario, del cual se proveían las necesidades de todos.

         Pero no se trataba sólo de una experiencia socioeconómica, sino de una vivencia de fe, pues se nos dice expresamente que, con ello, los apóstoles "testimoniaban valerosamente la resurrección de Jesús". Es el convencimiento de que hemos entrado en una nueva era, de que Dios ha intervenido definitivamente en la historia (resucitando a su Hijo de entre los muertos).

         Esto fue lo que llevó a los primeros cristianos a revolucionar la práctica ordinaria de la posesión de bienes, como si concluyeran que la resurrección de Cristo (en la cual quedaban involucrados todos los cristianos) exigía una nueva práctica de convivencia social, no basada ya en la propiedad de los bienes sino en cominitariedad.

         Según esta primitiva mentalidad, los apóstoles pensaban que, si hemos sido hechos hijos de Dios, y si todos somos hermanos, no puede haber entre nosotros ninguno que pase necesidad. Y para lograr semejante meta no había nada mejor que poner sus bienes en común.

         La historia demostró que este primitivo intento de comunitarismo fracasó, y que pronto la Iglesia de Jerusalén agotó sus reservas y debió pedir ayuda a las otras comunidades cristianas, como nos cuenta más adelante el mismo libro de los Hechos (Hch 11, 27-30) y como consta en varias de las cartas de San Pablo (1Cor 16,1-4; 2Cor 8-9; Gál 2,10). De todas maneras, subsistió y sigue subsistiendo en la Iglesia, en gran medida, ese ideal de iglesia-familia, en la cual todo es de todos, y en la cual nadie pasa necesidad.

         Además, la Iglesia sigue persiguiendo este ideal de "comunión de bienes" a través de múltiples iniciativas, por las cuales los cristianos más pudientes hacen como Bernabé: entregan sus bienes a la comunidad para la asistencia de los más pobres.

         Podríamos mencionar con nombre propio muchas de esas iniciativas, pero ofenderíamos su sentido de la modestia y no seríamos capaces de ser justos mencionándolas a todas, pues son muchas y variadas y existen en todos los lugares en donde hay cristianos. Una lección de solidaridad para los egoístas, que solo piensan en satisfacer sus caprichos.

         En este modelo de la primitiva comunidad de Jerusalén, y en aquel ecumenismo del Espíritu divino, debemos inspirarnos siempre los cristianos, a nivel personal y comunitario. Nuestra fe tiene implicaciones sociales, económicas y políticas.

         Si somos cristianos de verdad no podemos tolerar la injusticia, la miseria, la corrupción o la mentira, ni ningún tipo de opresión o discriminación. Hemos de abrir nuestro corazón para que éste llegue a ser tan amplio como el corazón de Dios, en el cual todos los seres humanos tenemos un lugar (como hermanos), especialmente los más pequeños (pobres y humildes).

Juan Mateos

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         La actitud de la primitiva comunidad de Jerusalén fue algo parecido a la realización de una utopía. En ella todo resulta positivo: intercomunicación, acogida y prestigio entre el pueblo, alegría pascual en el alma, pan compartido aunque no fuera ganado, disponibilidad sin preocupación por prever el futuro... ¡Tan bello que no podía mantenerse sino unos días!

         Por otro lado, los resúmenes de la acción pastoral de los apóstoles se manifiesta de un modo especial el mensaje de Cristo muerto y resucitado y la unión de mente y corazón que existía entre ellos y los fieles, en toda la Iglesia. Como comenta Tertuliano:

"Es norma general que toda cosa debe ser referida a su origen, y, por esto, toda la multitud de comunidades son una con aquella primera Iglesia fundada sobre los apóstoles, de la que proceden todas las otras. En este sentido son todas primeras y todas apostólicas, en cuanto que todas juntas forman una sola. De esta unidad son pruebas la comunión y la paz que reinan entre ellas, así como su mutua fraternidad y hospitalidad. Todo lo cual no tiene otra razón de ser que su unidad en una misma tradición apostólica" (Sobre la prescripción de los Herejes, 20).

         O como dice San Cipriano:

"Tenemos que mantener y defender esta unidad, sobre todo los obispos, que tenemos la presidencia de las Iglesias. Nadie engañe a la comunidad de hermanos con una mentira, nadie deforme la verdad de la fe con una deformación infiel. La Santa Iglesia es una sola. Lo mismo que el sol tiene muchos rayos, pero una sola luz, y el árbol tiene muchas ramas, pero un tronco único al que profundas raíces dan posición fija, y lo mismo que de una fuente saltan muchos arroyos, así la unidad es conservada en el origen, aunque parezca que de ella brota una pluralidad en rica abundancia" (Sobre la unidad de la Iglesia, 6).

         El Señor reina, y ha triunfado de la muerte y es el Señor del mundo y de la historia. Y reinará para siempre, porque su trono es eterno. El cristiano camina hacia la consumación de ese reinado y por eso, no obstante las dificultades, la persecución, la Iglesia unida en oración grita esperanzada: ¡El Señor reina! Así lo proclamamos nosotros con el Salmo 92 de hoy:

"El Señor reina, vestido de majestad, el Señor vestido y ceñido de poder. Así está firme el orbe y no vacila. Tu trono está firme desde siempre y tú eres eterno. Tus mandatos son fieles y seguros, la santidad es el adorno de tu casa, Señor, por días sin término".

Manuel Garrido

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         La praxis de los apóstoles en la primitiva Iglesia de Jerusalén recuerda la enseñanza del Deuteronomio como ley promulgada para crear un pueblo de hermanos. Los pobres tendrían derecho (según Dt) a recuperar sus terrenos durante el Jubileo, y luego derecho a trabajar (durante un tiempo) como asalariados del terrateniente (Dt 15, 4). Desafortunadamente, esa ley nunca se hizo realidad, ni siquiera cuando llegaron los jubileos. 

          La comunidad de cristianos de Jerusalén quiso también hacer realidad esa utopía del AT, y se propuso compartir, desde la pobreza, todos los bienes. De este modo, los pobres no padecían hambre y necesidades (Hch 4, 34).

          Bernabé fue el 1º en dar testimonio de esta entrega total al evangelio, y de servicio a la comunidad. Donó todos sus bienes y se dedicó por completo a la misión evangelizadora. Con una actitud solidaria realizó lo que sólo era un remoto ideal en la antigua ley.

         Como nota explicativa, hay que decir que el ideal de la comunidad que aparece en Hch 4,32-37 debe ser leído en conjunto con Hch 5,1-11. Allí se muestra el fracaso administrativo de una comunidad basada únicamente en la solidaridad de bienes y en la predicación. De hecho, pocos días después Ananías y Safira mentirán para quedar bien ante la comunidad (actitud que, en paralelo con Jos 7,1, hizo que esta pareja es duramente castigada, pues el engaño es contrario al Espíritu).

          Posteriormente, y debido a esta utopía comunitaria de Jerusalén, dicha comunidad sufrirá penurias económicas y hambre (Hch 11, 28-29), y el mismo Pablo tendrá que exhortar a sus comunidades a ayudar económicamente a la Iglesia de Jerusalén, así como en adelante "no vivir de la renta". El ideal de Pablo es que cada persona en la comunidad trabaje y se gane el sustento, dejando el apoyo económico únicamente para las viudas, los huérfanos y los enfermos (Hch 20, 32-35).

Emiliana Lohr

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         Una de las consecuencias más visibles de la Pascua, para la 1ª comunidad cristiana, fue esta fraternidad tan hermosa que nos narra el libro de los Hechos. Efectivamente, la vitalidad y la armonía de aquella comunidad fue tal, que quisieron idealizarla. Y basta seguir leyendo el texto, para darnos cuenta que pronto empiezan a aparecer tensiones y discrepancias.

         Por ejemplo, Ananías y Safira (en una escena que hoy no leemos) no quisieron aceptar eso de poner en común sus bienes. Lucas nos presenta cómo debería ser una comunidad cristiana que cree en Cristo Jesús y sigue su estilo de vida. Y cómo, en efecto, ésta era en buena medida.

         Pero vayamos por partes, porque el pasaje de Lucas de hoy nos dice 2 cosas.

         En 1º lugar, describe la vida fraterna comunitaria como unión de sentimientos ("un solo corazón y una sola alma") y como comunidad de bienes y solidaridad hacia los más pobres (y en ese sentido, destaca la generosidad de uno de los grandes miembros de la Iglesia: Bernabé). En 2º lugar, nos dice que, a pesar de las persecuciones, "los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor" (es decir, que siempre predican lo mismo: la resurrección de Jesús, con mucha valentía).

         Se trata de los 2 efectos comunitarios de la Pascua: la fraternidad interior y el impulso misionero exterior. No es extraño que una comunidad como la de Jerusalén, en que todos ponían sus bienes en común y se preocupaban de los más pobres, atrajera la simpatía de los demás y se mostrara creíble en su testimonio, pues "eran muy bien vistos" en el pueblo.

         Todos soñamos con una comunidad así. Pero cuando nos fijamos en cómo son nuestras comunidades cristianas hoy, no podemos menos de pensar que también nuestro testimonio de vida cristiana tendría más credibilidad si mostráramos una imagen clara de unidad y de solidaridad interna y externa dentro y fuera de la comunidad. El testamento de Jesús en la Ultima Cena fue pedir al Padre "que todos sean uno, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea".

         En el mundo de hoy no se entenderán otros lenguajes, pero éste sí: si se ve a alguien dispuesto a compartir sus bienes con el más necesitado, si se tiene delante a un grupo de cristianos dispuestos a trabajar por los demás, a ayudar a solidarizarse sobre todo con los que sufren o son menos favorecidos por la vida Y eso, en nombre del Señor Jesús, por nuestra fe en él.

         No hace falta que pensemos sólo en el 3º mundo o en la campaña del 0'7%. Pues cada eucaristía, dice el Catecismo de la Iglesia, "entraña un compromiso en favor de los pobres, pues para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros, debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos" (CIC, 1397).

José Aldazábal

 Act: 14/04/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A