4 de Marzo
Miércoles II de Cuaresma
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 4 marzo 2026
Jer 18, 18-20
Se nos describe hoy el complot contra Jeremías, por parte de sus hermanos de raza y de fe, por los cuales ha intercedido el profeta. Así como la súplica que dirige Jeremías a Dios, en unas circunstancias en que el clamor del justo se ve perseguido a causa de la misión que Dios le ha confiado.
Jeremías había denunciado los pecados del pueblo judío, apuntando con el dedo especialmente a las autoridades y representantes oficiales de la ley religiosa. Ese era su deber como profeta, y lo había hecho en nombre de Dios, para suscitar la conversión.
Pero la denuncia de Jeremías no ha producido el efecto deseado, sino que se le ha vuelto en persecución. Acusan a Jeremías de "perturbar del orden", y empiezan a espiarle hasta sorprenderle en algo de qué acusarle, para acabar con él y desentenderse de su palabra.
Por otra parte, no pueden dejar de reconocer que Jeremías es un profeta. Aunque acaban discurriendo que, si se desentienden de él, no por ello desaparecerá el profetismo judío, ni tampoco las instituciones religiosas que regían Israel. Y por ello maquinan su muerte, por no perder con ello las instituciones, y sí poder seguir utilizando éstas a su antojo, teñido todo ello de religión.
El profeta se lamenta ante Dios de que los mismos a quienes él sirve la palabra, y por quienes intercede, le persigan. Lo que le ocurre al profeta Jeremías le ocurrirá también a Cristo, y a todo el que quiera seguir fielmente a Dios.
Noel Quesson
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Jeremías prefiguró de algún modo la pasión de Jesús. Tuvo que hablar en nombre de Dios en tiempos difíciles (justo antes del destierro final), los suyos no le hicieron caso, y acabó perseguido y asesinado por los dirigentes públicos y religiosos.
En el 1º párrafo del texto de hoy nos encontramos con la situación de los que conspiran contra el profeta: el profeta les estorba. Es lo que sucede siempre a los verdaderos profetas, a los que dicen la verdad y no halagan los oídos de sus oyentes, sino que obran en conciencia y ejecutan la voluntad de Dios. "No haremos caso de sus oráculos", dicen irónicamente los judíos, que saben que aunque eliminen a un profeta como Jeremías, no les faltarán ni sacerdotes ni sabios ni profetas, que sí digan lo que a ellos les agrada. Son los falsos profetas, que siempre han hecho carrera.
En el 2º párrafo es el profeta el que se queja ante Dios de esta persecución, y le pide su ayuda. Se siente indefenso, y por eso llega a exclamar: "Me acusan, y han cavado una fosa para mí". La súplica jeremíaca continúa en el Salmo: "Sácame de la red que me han tendido, pues oigo el cuchicheo de la gente, se conjuran contra mí y traman quitarme la vida. Pero yo confío en ti; sálvame, Señor". Y eso que Jeremías había intercedido ante Dios en favor del pueblo, el mismo que ahora le vuelve la espalda.
Lo que pasa con Jeremías es un exacto anuncio de lo que en el NT harán con Jesús sus enemigos (acusarle) y supuestamente hermanos de fe (acosarle hasta eliminarlo). Jeremías murió pidiendo a Dios que perdonara a sus verdugos, como prototipo de tantos inocentes que padecen injustamente por el testimonio que dan, y de tantos profetas que en todos los tiempos han padecido persecución y muerte por sus incómodas denuncias.
José Aldazábal
Act:
04/03/26
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