18 de Abril
Sábado II de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 18 abril 2026
Hch 6, 1-7
Al multiplicarse los discípulos hubo quejas de los "judíos de lengua griega" contra "los de lengua hebrea", porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. ¡Cuán conveniente es para nosotros contemplar la vida de la comunidad primitiva! Vemos que no todo era idílico y fácil.
"No ser más que un corazón y una sola alma", así como "poner en común todos los bienes propios" es algo muy hermoso, pero ¡no es fácil! El mundo de entonces era tan cerrado y estaba tan dividido como el nuestro. Así que una comunidad sin fronteras (la Iglesia universal) no se creo de la nada, y desde el comienzo hubo de afrontar las entendibles tensiones y conflictos entre:
-"los
de lengua griega", que naturalmente tenían una cultura helenista y no
judía;
-"los
de lengua hebrea", que habían conservado las antiguas tradiciones judías.
La idea de tratarse todos como hermanos (en igualdad y respeto mutuo) fue, pues, algo difícil. Y requirió una gracia especial de Dios, para superar las particularismos, los prejuicios y las diferentes costumbres de unos y otros.
El texto de la Escritura no lo disimula, y no dice que unos (los helenistas) creyeron ser discriminados por los otros (los judaizantes), así como sentirse cristianos de 2ª clase, respecto de los judíos originales. Un problema que no sólo sucedió en aquel tiempo, sino que seguirá estando presente en los avatares de la Iglesia: los antiguos irán pidiendo privilegios, mientras que el movimiento profundo de la Iglesia tendía (y tiende) a la apertura y acogida a los recién llegados, en una actitud misionera.
Noel Quesson
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Los helenistas eran judíos de habla griega que vivían fuera de Israel, e incluía a los extranjeros convertidos al cristianismo. Como grupo estaban más abiertos a las influencias del mundo griego, y no seguían estrictamente las leyes judías. Su diferencia no tardó en producir tensiones con el grupo de los hebreos. Parece que la distribución de los bienes comunes no atendía a las necesidades de los más pobres entre los pobres: las viudas extranjeras.
Esta situación motivó a la comunidad a buscar alternativas que les permitieran un reconocimiento del derecho de todos y todas al sustento diario. La comunidad se reúne, realiza un acuerdo y elige a un grupo de varones helenistas para que organicen el servicio social. El grupo de los apóstoles confirma esta elección.
A pesar de las dificultades internas, de las tensiones, de las necesidades económicas, la iglesia continúa creciendo y se expande bajo la fuerza del Espíritu.
Nelson Medina
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La elección de los Siete (diáconos) abre un nuevo apartado de los Hechos de los Apóstoles, en el que los diáconos ocupan el 1º plano de los cristianos procedentes de mundo griego. Tendrán éstos una parte importante y activa en la difusión misionera del cristianismo entre las naciones paganas, y al frente de ellos, consagrados por la imposición de las manos, estará Esteban.
Aparece así un embrión de estructura eclesial, fundada en el servicio y en el amor. Es muy expresivo lo que dicen los apóstoles: "Nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra". Es todo un programa de apostolado. Sin vida interior, sin oración, no es posible una verdadera evangelización. Así lo ve San Agustín:
"Al hablar haga cuanto esté de su parte, para que se le escuche inteligentemente, con gusto y docilidad. Pero no dude de que, si logra algo y en la medida en que lo logre, es más por la piedad de sus oraciones que por sus dotes oratorias. Por tanto, orando por aquellos a quienes ha de hablar, sea antes varón de oración, que de peroración y cuando se acerque la hora de hablar, antes de comenzar a proferir palabras, eleve a Dios su alma sedienta, para derramar de lo que bebió y exhalar de lo que se llenó" (Sobre la Doctrina Cristiana, 4).
Jesús resucitado es signo manifiesto de que Dios quiere salvarnos de todo lo que es negativo en nuestra vida. Se nos exige una confianza absoluta en la misericordia del Señor. Así nos lo dice el Salmo 32 de hoy: "Que la misericordia del Señor venga sobre nosotros, como lo esperamos de él". A lo cual no se llega sino por medio de la oración constante:
"Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos; dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas. La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte, y reanimarlos en tiempo de hambre".
Manuel Garrido
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Al crecer la primitiva comunidad de Jerusalén, ésta empezó a conocer dificultades internas, además de las externas. No era una comunidad ideal, y los varios grupos de lengua diferente (aramea y griega) parece que tienen problemas de convivencia. La lengua no es sólo una gramática y un vocabulario: es reflejo de una cultura y de una formación. La fe en Cristo une a todos los grupos, pero la sensibilidad no cambia fácilmente y puede dar lugar a tensiones como la que aquí leemos.
Es admirable la serenidad con que se resolvió el conflicto, con un oportuno diálogo entre los apóstoles y la comunidad. Así se llegó al nombramiento y ordenación, a partir de la propuesta de nombres por parte de todos, de esos siete diáconos del grupo helénico, y luego a una razonable descentralización y división de funciones entre los apóstoles y los diáconos.
Tradicionalmente se ha considerado este pasaje como el de la institución del diaconado en la Iglesia, con la oración y la imposición de las manos por parte de los apóstoles y sus sucesores los obispos. De hecho, los diáconos quedan asociados, como colaboradores, al ministerio de los presbíteros y los obispos.
Aunque aquí parezca que los diáconos se iban a dedicar a la administración y organización de los bienes de la comunidad (mientras los apóstoles se dedicarían a la palabra y la oración), los encontramos en seguida también realizando otros ministerios, como el de la evangelización y el bautismo. Así lo veremos en los días sucesivos con Esteban y Felipe.
En nuestra comunidad, ya sea familiar, de amigos o eclesial, probablemente conocemos también problemas de convivencia y casos de discriminación, que pueden dar lugar a momentos de tensión y contestación entre laicos y clero, entre hombres y mujeres, entre jóvenes y mayores, entre nativos y emigrantes.
La página de hoy de Hechos nos interpela constructivamente, tanto para decirnos que no hay que asustarse demasiado por la existencia de estos problemas, como para proponernos los caminos de su solución. ¿Resolvemos en nuestra comunidad los problemas que van surgiendo con este espíritu de diálogo y sinceridad?
José Aldazábal
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En el texto de hoy vemos cómo la primitiva comunidad de Jerusalén, tan idealizada en el libro de Hechos, empieza a enfrentar sus primeros problemas internos (problemas, por otro lado, positivos, pues suponen que la Iglesia está creciendo).
El texto da a entender que empezaron a tener lugar, en dicha comunidad, 2 grupos de muy distinto origen: los cristianos provenientes del judaísmo hebreo (que hablaban arameo, la "lengua hebrea" de que habla el texto) y los provenientes del judaísmo helenista (que hablaban griego, al vivir fuera de Israel). Y da a entender que entre ambos grupos había también diferencias de mentalidad y sensibilidad, no sólo de lengua y cultura.
Estos últimos, "los de lengua griega", se quejaron a los apóstoles al ver que sus viudas no eran adecuadamente asistidas (en el reparto comunitario que se hacía, tras haberse puesto todo en común, e ir distribuyéndose el dinero según la necesidad). Entonces los apóstoles, en una especie de Consejo Apostólico, proponen a la comunidad una solución: elegir a algunos para las tareas administrativas, y así poder dedicarse ellos a la oración y a la predicación.
Aceptada la iniciativa por parte de ambas partes, el texto de hoy nos da la lista de los seleccionados, y nos dice que el proceso ha tenido en cuanta tanto a su propia vocación (cualidades) como los determinados cargos (oficios) a realizar. Al final, el nº de elegidos es 7, en clara alusión a los 70 jueces que eligió Moisés en el Exodo para que le ayudasen a administrar la justicia (Ex 18, 13-27; Nm 11, 16-17), y que fue lo que también había originado el nº de 70 para los miembros del Sanedrín judío.
Llama poderosamente la atención la forma de proceder: un grupo se queja, los apóstoles proponen colegialmente una solución a la comunidad, ésta asiente y se llega a una decisión. Se trata, por tanto, de una deliberación comunitaria, bajo la guía de los apóstoles.
Estamos así ante una comunidad organizada con sus propios líderes, y que hace participativa la toma de decisiones. Llama también la atención que se deslinden los campos: una cosa es la oración, otra es la predicación de la Palabra, otra es la administración de los bienes comunitarios, y otra es la atención a los necesitados.
Debemos notar, además, el cuidado de la comunidad por los más débiles. En este caso se trata de las viudas de los cristianos de origen judío helenista (de habla griega porque posiblemente vivieron fuera del país por un tiempo más o menos largo). En la sociedad patriarcal de la época, las mujeres nunca se valían por sí mismas, sus derechos estaban asegurados por la pertenencia a la familia: el padre debía garantizarlos a su esposa y a sus hijas solteras. La mujer viuda quedaba en situación de extrema necesidad, sobre todo si era pobre.
Confederación Internacional Claretiana