6 de Marzo

Viernes II de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 6 marzo 2026

Gén 37, 3-4.12-28

         La historia de José se diferencia claramente de la historia patriarcal, tanto por sus características formales como por el contenido. Y a nivel de una unidad literaria, su estructura se basa en la superposición de diferentes escenas, con una presentación y una acción que se lleva hasta un punto álgido.

         En cuanto al género histórico, tiene el relato un notable cuño sapiencial: José es presentado con las virtudes típicas del sabio (humildad, magnanimidad, prudencia, dominio de sí y temor de Dios). Pero también deja espacio a un Dios que, aunque no lo parezca, es el supremo conductor de los acontecimientos. Además, la historia de José tiene la función de unir la historia patriarcal con el Éxodo.

         La presente lectura nos da diversas versiones de los motivos por los que José se había hecho odioso a sus hermanos, y también la manera en que éstos se desembarazaron de él y lo vendieron a los egipcios.

         No obstante, la tradición sacerdotal atribuye el rencor al hecho de que José refería a su padre los comentarios negativos de sus hermanos, mientras que para la tradición yahvista dicho rencor se debe a la predilección paterna (manifestada en la túnica de mangas largas, que Jacob mandó hacer para su hijo). En cambio, según la tradición elohísta, fueron los sueños de grandeza los que provocaron las iras de los hermanos.

         El resentimiento es tan fuerte que los hermanos intentan eliminar a José. Ante lo cual, y según la tradición yahvista, Judá sugiere que es preferible venderlo a los ismaelitas. Se avienen a ello y traman hacer creer a Jacob que ha muerto su hijo predilecto, presentándole la túnica teñida de sangre de macho cabrío y diciéndole que una fiera lo ha devorado.

         La versión elohísta presenta sus diferencias, al decir que es Rubén (y no Judá) el que salva a José de la muerte, y el que hace que lo metan en una cisterna (de la que lo sacan furtivamente unos madianitas, que son los que lo venden a Putifar, en Egipto).

         Al darse cuenta Rubén (el hermano mayor) de que José no está en la cisterna, se siente responsable de su suerte ante el padre, y se hace presa de la inquietud y la consternación. Todo lo cual atestigua que en la redacción del Relato de José hubo un largo proceso de elaboración, que explica las incongruencias (como la de que José era mucho más joven que sus hermanos, en contra de Gn 30, 23).

         La mención de los ismaelitas es un anacronismo, ya que según las genealogías del Génesis, los hijos de Ismael (ismaelitas) serían los tíos de José (y conocedores de la familia, por tanto).

         El precio de una persona parece que se cifraba entonces en 20 monedas de plata (Lv 27, 4). En cuanto a la rivalidad entre hermanos, nuestra narración conecta con el relato de Jacob y Esaú (hermanos rivales, en que Jacob desheredó a Esaú con trampas), y hace así pagar al anciano Jacob su antigua culpa, al ser engañado por sus hijos (como él engañó a su padre Isaac) y sufrir el luto con la privación de su hijo predilecto (como Isaac sufrió la pérdida de Esaú).

Josep Mas

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         La historia de José, hijo último y mimado de Jacob, es un relato entrañable. En su contexto psicológico, el amor preferencial por el "hijo de la ancianidad" es un hecho frecuente en la historia de las familias. En cambio, el final del relato, con la decisión de matar o vender al hermano, se sale de lo habitual. A tanto extremo pocas veces se llega. Pero literaria y psicológicamente ese dato nos prepara para entender mejor la grandeza de alma de José.

         Es admirable, en efecto, la estampa posterior de José en Egipto, como hombre honrado, bueno, humilde, callado y sufrido. Transcurrido un tiempo, se transforma en poderoso señor, y para afear y perdonar la traición de sus hermanos, les da cariño, dinero y pan.

         El episodio de José es figura de Cristo, rechazado por los hombres y glorificado por Dios. Además, la acción de los hermanos de José tuvo mayor maldad aún, pues eran hermanos y obraron por envidia, para eliminarlo, después de haber pretendido asesinarlo.

         El Salmo 104 es un canto a la bondad de los planes de Dios: José, liberado de la esclavitud, se convierte en su día en salvador de su pueblo. El cumplimiento inexorable de la voluntad de Dios no resta culpa a la perversidad de sus hermanos. El Señor actuó conduciendo la historia y lo hace hoy también, a pesar de los pecados de los hombres.

Manuel Garrido

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         Hoy viernes, la 1ª lectura nos presenta una figura entrañable: José, traicionado por sus propios hermanos. Se trata de una historia edificante, que expresa las infidelidades de Israel y sobre todo del estilo que tiene Dios de sacar bien del mal.

         "Matémoslo y echémoslo en un pozo cualquiera". Aunque después se conformaron con venderle a los mercaderes que pasaban por allá. Es el fruto de una raíz interior: la envidia, el rencor de los hermanos para con José (que, por cierto, también contribuye a fomentar esos sentimientos, contándoles imprudentemente sus sueños de grandeza).

         La historia de José tiene un hilo teológico que le da sentido y unidad: la providencia del Señor lleva de la mano la vida de José y la de todo el pueblo: "aunque vosotros pensasteis hacerme daño (dice José a sus hermanos al final de todo el episodio) Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir a un pueblo numeroso" (Gn 50, 20).

         Existe envidia en los hermanos de José, pero el camino que traza el odio es también camino providente por el que Dios salva a toda la familia de José. Y no es que Dios necesite ese odio para realizar esa salvación, pero, una vez que el odio existe y actúa, en eso (y a pesar de eso) actúa Dios.

         Esta narración quiere explicar simbólicamente la historia de la tribu de José y de su preeminencia sobre las demás tribus, y cómo en los planes de Dios, José estaba destinado a ser la salvación del pueblo. Y todo tiene que pasar por la prueba y la mortificación. "Venid, matémosle", habían dicho sobre José sus hermanos. La historia de José prefigura la de Jesús.

         La lectura termina ahí. Pero el salmo responsorial de hoy, de nuevo muy oportuno, prolonga la historia y nos dice cómo aquello, que parecía una maldad sin sentido, tuvo consecuencias positivas para la salvación de Israel: "Por delante había enviado a un hombre, José, vendido como esclavo: hasta que el rey lo nombró administrador de su casa".

         También aquí, lo que parecía una muerte definitiva y sin sentido, resultó que en los planes de Dios conducía a la salvación del nuevo Israel, como la esclavitud de José había sido providencial para los futuros tiempos de hambre de sus hermanos y de su pueblo. La liturgia cita el salmo pascual por excelencia, el Salmo 117: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular". La muerte ha sido precisamente el camino para la vida. Si el pueblo elegido, Israel, rechaza al enviado de Dios, se les encomendará la viña a otros que sí quieran producir frutos.

José Aldazábal

 Act: 06/03/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A