5 de Febrero
Jueves IV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 5 febrero 2026
1 Rey 2, 1-4.10-12
Escuchamos hoy la sucesión al trono de David, una historia aparentemente neutra que cuenta unos hechos dramáticos, con la sencillez de una nota de diario. Pero en realidad, los personajes que juegan en el drama encarnan una teología de la institución real dentro del pueblo de Israel, con sus valores y contravalores.
Cuando Israel pidió un rey como el de los demás pueblos Dios accedió a traspasar a su ungido algo de su obra creadora y salvadora: liberarlo de sus enemigos, defender a los desvalidos, promover la prosperidad. Por amor de su pueblo, concedió Dios estos favores a David y a sus sucesores (2Sm 7, 8-16).
Mas no quiso Dios borrar del todo la inspiración pagana de la realeza, que él había aceptado a disgusto (1Sm 8, 4-22). Los derechos concedidos al rey le habían de llevar insensiblemente a la pretensión absolutista de ocupar el lugar de Dios y ejercer en provecho propio el poder real. Partiendo de aquí, nada tienen de extraño las ambiciones, intrigas y disputas que nacen en torno de la sucesión.
Sobre tal fondo se mueve la trama de este episodio. A título de hermano mayor y del favor del pueblo, creía Adonías tener derecho al trono, mientras que Salomón veía en estos derechos de su hermano una amenaza a su propio derecho. Según Betsabé, en cambio, todo Israel esperaba que David designara quién le había de suceder, y David había jurado ya que sería Salomón.
Alrededor de ambos pretendientes se habían dividido en 2 bandos los grandes dignatarios religiosos y militares de la corte, que se excluían uno a otro hasta sentirse amenazados de muerte ("para que salves tu vida y la de tu hijo", decía Natán a Betsabé).
La entronización de Salomón es una fiesta entusiasta. Era preciso celebrar así el favor divino de la unción real. Mas la raíz pagana de la institución regia tiene la contrapartida del pánico y las amenazas de muerte. El trono de Salomón se consolida al precio de eliminar al hermano y a grandes héroes del pueblo que habían sostenido a David en horas difíciles.
Estos episodios, y otros que seguirán en los libros I y II de los Reyes, nos hacen comprender mejor el valor de la doctrina de Jesús, el verdadero sucesor de David. Contra la tentación de Israel, que había querido un rey como los de los demás pueblos, Jesús nos enseña a no valorar los primeros lugares como los valoran los reyes paganos, sino como lo hace el Hijo del hombre, que da su vida al servicio de todos (Mc 10, 42-45). Sólo este principio nos permitirá festejar sin sombras las misiones que Dios nos ha confiado.
Guiu Camps
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Se acercan los días de la muerte de David, tras su trascendental papel en la historia de Israel, soldando la unidad de las 12 tribus y unificando un pueblo hasta entonces disgregado. Una labor en la que David pacificó el país de Israel (desde Dan hasta Berseba), rechazó a todos los enemigos (que todavía atacaban a los hebreos) y dio una capital y una ciudad santa (Jerusalén) a ese pueblo hasta entonces nómada.
David, ya lo hemos visto, no era un hombre perfecto. Pero es incontestable que vivió "delante de Dios". Y su testamento espiritual, que confía a su hijo Salomón, es la última prueba de ello: "Yo me voy por el camino de todos". Una maravillosa fórmula para hablar de la muerte: el "camino de todos", fórmula de humildad y de solidaridad con el conjunto de la humanidad. Tampoco yo me escaparé de ello, y un día tomaré ese camino por el que pasan todos los hombres. En silencio puedo detenerme hoy a considerar esto.
Pero David permaneció en pie en esta adversidad, y supo transmitírselo así a su hijo Salomón: "Guarda las observaciones del Señor, tu Dios, yendo por su camino, observando sus preceptos y órdenes, sus leyes y sus instrucciones". El 2º consejo a su hijo es, pues, tras el 1º de la valentía, el de la fidelidad a Dios. Lo cual consiste en estar atento a Dios, seguir sus caminos y estar en comunión con la voluntad de Dios.
A menudo no estamos atentos. Dios hubiera querido esto o aquello. Y no hemos estado a su escucha. La gracia de la oración cotidiana: un momento privilegiado de escuchar el querer de Dios... y de nuestras responsabilidades humanas. No vivir superficialmente. Vivir en profundidad es la clave de todo, "para que tengas éxito en cuanto hagas o emprendas". Es el consejo de David a su hijo Salomón.
La alegría de Dios es un "hombre logrado", una "vida lograda". Esto no se hace sin obstáculos y dificultades (como se ha visto en la vida de David), pero ese éxito sigue siendo el fin, la esperanza. ¿Me esfuerzo en ello? ¿Tengo sed de perfección?
Noel Quesson
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Aquel que nos creó a su imagen y semejanza es el único punto de referencia para que el hombre encuentre su realización plena. Por eso David invita a su hijo Salomón diciéndole: "Ten valor y sé hombre". Y en seguida le indica que viva fiel a Dios, siguiendo sus caminos y observando sus mandatos.
Nadie, al margen del Señor, puede llegar a ser plenamente hombre. Por eso hemos de estar siempre dispuestos no sólo a caminar en su presencia, sino a escuchar su palabra y a ponerla en práctica. Y puesto que su Palabra se hizo hombre y puso su tienda en medio de la nuestra, aprendamos a creer en Aquel que el Padre Dios nos envió; aprendamos a tomar nuestra cruz de cada día e ir, generosa y amorosamente, tras sus huellas.
Ojalá que los padres de familia aprendieran, de este consejo de David a su hijo Salomón, a guiar así a sus hijos, enseñándoles a ser hombres no por una vida de maldad y de violencia, sino por una vida de cercanía en amor a Dios y en amor al prójimo. Esta es la mejor herencia que les pueden dejar, y sólo entonces Dios se convertirá para nosotros en una bendición.
José A. Martínez
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Se acaba el reinado de David, tan importante en la historia de Israel. Leemos los consejos que dio a su hijo Salomón antes de emprender "el viaje de todos", como dice él mismo. Aparece aquí el esquema que se repite en las despedidas típicas de la Biblia (Jacob, Moisés, Jesús y Pablo).
Así empezamos la lectura del libro I de los Reyes, que continúa la historia del pueblo a partir de la muerte de David. Leeremos una primera parte ahora durante 10 días: desde el reinado de Salomón hasta la escisión de su reino en tiempo de su sucesor. Volveremos a abrir este libro, y al II de Reyes más tarde, de las semanas 10ª a la 12ª del tiempo ordinario.
Las últimas recomendaciones de David son todo un programa de actuación para un rey que debe ser eficaz políticamente pero a la vez humilde servidor de Dios: si es valiente ("ánimo, sé un hombre") y camina según los caminos de Dios, siguiendo fielmente sus normas, se asegurará la fidelidad de Dios, que ha hecho Alianza con su pueblo.
Empieza así el reinado de Salomón, en el que la monarquía llegará a su mayor esplendor, que durará muy poco, porque inmediatamente después, con la división del norte y el sur, empezará la decadencia. No estamos ciertamente acostumbrados a que en la toma de posesión, o en la despedida de un gobernante, suenen estas invitaciones a la conducta moral y a la fidelidad a Dios.
No se podría decir que el espíritu del salmo responsorial de hoy, el del libro de las Crónicas, esté precisamente en el ánimo de todos los que gobiernan: "Tú eres Señor del universo, en tu mano está el poder y la fuerza, y tuyos son, Señor, la grandeza y el poder".
También debería ser éste el tono de las recomendaciones que unos padres hacen a sus hijos, o unos educadores a los que se están formando. Los valores que más les van a servir en su vida (más que las riquezas o los títulos o las cualidades humanas) son los valores profundos humanos y cristianos. Valores que, en un tiempo de tanta corrupción y superficialidad, les darán consistencia humana y les atraerán la bendición de Dios y la de los hombres.
Cuando programamos nuestra vida, o una próxima etapa o año, también nosotros deberíamos dar importancia a los valores más profundos, y no a los más aparentes.
José Aldazábal
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En la liturgia de ayer se sugería que David cometió algún desliz, y que Dios le ofreció 3 opciones para sufrir el castigo: hambre, persecución bélica o peste. Y también que David, turbado y confuso, se abatió y pidió misericordia, y Dios le perdonó, pero advirtiendo que sus días estaban contados.
En la liturgia de hoy, un David arrepentido mira hacia sus adentros, ve venir el final de sus días y convoca a su hijo Salomón para hacerle depositario de un gran mensaje: que su casa había recibido del Señor una promesa a la que no se podía ser infiel: "Si tus hijos saben comportarse, caminando sinceramente en mi presencia, con todo el corazón y con toda el alma, no te fallará un descendiente en el trono de Israel".
Palabras del adiós son las del rey David moribundo, que se siente colmado de bendiciones de lo alto del cielo, y que salpicado por múltiples marcas del pecado recorre su vida e historia. Y eso es lo que quiere comunicarle a su hijo Salomón: "Sábete que Dios prometió a nuestra casa que si tus hijos saben comportarse, caminando sinceramente en su presencia, con todo el corazón y con toda el alma, no te faltará un descendiente en el trono de Israel".
Lo que quiere decir que Dios actúa muy por encima de nuestros merecimientos, porque su elección de nosotros y su fidelidad duran por siempre. Incluso podríamos decir (en nuestro pobre lenguaje) que nuestro Dios parece complacerse en derramar bondades sobre quienes, siendo pecadores reconocidos, le piden perdón.
Dicho esto, David murió y fue enterrado en la ciudad de Jerusalén, después de haber sido rey de Israel durante 40 años. Vivamos, pues, en su presencia, al menos como pecadores arrepentidos. Ése es también el mensaje que recomienda Jesús a sus enviados: hablad de Dios, de un Dios padre que siempre está por encima de vuestras miserias, y de un Dios que os ama.
Dominicos de Madrid
Act:
05/02/26
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ordinario
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M U R C I A
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