30 de Abril
Jueves IV de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 30 abril 2026
Hch 13, 13-25
A partir de ahora, los Hechos de los Apóstoles relatarán la misión de Pablo y de Bernabé. Los relatos estarán llenos de nombres de provincias y de ciudades que podremos seguir en un mapa: "Bajaron a Seleucia, y de allí zarparon para Chipre. En Pafos se hicieron a la vela y llegaron a Perge de Panfilia. Desde Perge siguieron hasta Antioquía de Pisidia".
El sábado, Pablo y Bernabé entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Después de la lectura de la ley y los profetas, Pablo fue requerido a que tomase la palabra. En Antioquía de Pisidia (en las altiplanicies de la Turquía central) existen todavía las ruinas de esa sinagoga del tiempo de San Pablo. Cada sábado se reunía allí la comunidad judía. Se cantaban los salmos, se leía la ley y se pedía luego a uno de los asistentes que hiciera un comentario sobre el AT, o proyecto de Dios para el pueblo judío.
"El Dios de Israel eligió a nuestros padres, les hizo salir de Egipto, les alimentó en el desierto, les dio la posesión de ese país y les suscitó un rey, David". Pablo repite toda la historia de Israel, en la que explica que Dios intervino en esa historia tan nacional como humana, liberando de la servidumbre, defendiendo contra los invasores vecinos, eligiendo una forma de gobierno... Se trata de hechos extremadamente humanos, a la par que comunitarios.
San Pablo, al igual que toda la gran tradición de los profetas, sabe que Dios está presente en todo esto y se interesa por lo humano. Incluso que Dios se ha encarnado en lo humano, en una historia y una geografía, en una cultura y una tradición. La gloria de Dios es el hombre totalmente abierto y realizado. Y esta apertura o plenitud querida por Dios, es a la vez corporal y espiritual, temporal y eterna.
"De la descendencia de David, y según su promesa, Dios ha suscitado para Israel un salvador, llamado Jesús". Se trata de la aplicación del AT al NT, que Pablo explica a los judíos de Pisidia. No basta ya con referirse al pasado, ni con repetir los libros de la Escritura, sino que hay que descubrir el misterio actual de Cristo, que nos salva hoy.
San Pablo no pone al día la antigua doctrina, sino que en fidelidad a lo antiguo, proclama algo nuevo: la acción salvadora de Jesús. En este momento, Jesús está salvando, y Pablo quiere aplicar esa acción de Cristo a todos los acontecimientos del hoy de Pisidia.
Noel Quesson
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El discurso de Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia es un testimonio maravilloso de la comprensión que los primeros cristianos tuvieron de una verdad fundamental: en Cristo Jesús el mensaje y la promesa del AT tienen continuidad pero sobre todo alcanzan plenitud. Cristo es la plenitud de la antigua alianza, y en él Dios está cumpliendo toda promesa hecha a los patriarcas, reyes y profetas.
Las palabras de Pablo retoman los momentos centrales del caminar de Israel: Dios eligió a este pueblo y va recorriendo la historia de este pueblo, a través de la opresión de los extranjeros y de su propia infidelidad, descubriendo así su debilidad y fortaleza.
Se trata, pues, de un pueblo pequeño, porque cae una y otra vez en la idolatría, prostituyéndose con los ídolos. Pero también de un pueblo fuerte, en la medida en que va descubriendo que Dios camina a su lado: Moisés en el desierto, los jueces en Canaán, Samuel en la estructura tribal y David en la unificación territorial, como imagen del rey que deja reinar a Dios. Se trata de los grandes hitos que preparan la llegada del Mesías, anunciado por el ministerio integérrimo de Juan el Bautista.
A este conjunto de hechos y promesas bien podemos llamarlo historia de salvación. Y en él, revisar nuestro pasado no es dar círculos en un "eterno retorno" (como los griegos paganos) sino descubrir una línea o tendencia, una flecha que apunta hacia más y hacia mejor, desde la mirada en Jesucristo.
Nelson Medina
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La lectura de hoy cuenta el viaje de Pablo a Antioquía de Pisidia (vv.13-15) y el principio de su discurso en la sinagoga de esta ciudad. Deseoso de proclamar la salvación a los judíos, Pablo lleva en 1º lugar (Hch 13,15-44; 14,1-2; 16,13; 17,1-5; 18,4-7; 19,8-10) la Palabra a sus sinagogas, en forma de homilías tras las lecturas de la ley y de los profetas (v.15), tal como lo había hecho el mismo Jesús (Lc 4, 16-22).
No sería sorprendente que alguna que otra cita bíblica de su relato la haya sacado de estas lecturas sinagogales: el apóstol anuncia en todo caso la realización de lo que las lecturas anunciaban para los últimos tiempos: "a vosotros" (v.26) "se os ha" (v.38). Pero al esgrimir otra vez los judíos su argumentación (Hch 13, 45-47), Pablo se vuelve entonces hacia los paganos (Hch 13, 48-52).
Cuando Cristo o Pablo anuncian que el acontecimiento actual cumple una antigua profecía, no se consagran solamente a un juego de palabras simbólico o a un procedimiento poético. Declarando la realización de las condiciones que hacen del acontecimiento actual un eslabón de la historia de la salvación (vv.17-25), una maravilla del designio de Dios y una anámnesis de la obra de Cristo, Jesús o su ministro autentifican la red de relaciones interpersonales que tejen este acontecimiento.
Por consiguiente, la oración que la asamblea formula después de tal proclamación es una eucaristía compuesta de una acción de gracias al Padre por las maravillas que realiza, de una anámnesis de Cristo, cuya obra realizada una vez por todas se renueva, sin embargo, en el presente de cada vida, de una epíclesis del Espíritu, a fin de que confiera al acontecimiento presente las cualidades necesarias para hacer de él realmente una etapa de la historia de la salvación.
Maertens-Frisque
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San Pablo presentó el mensaje cristiano en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, haciendo un resumen de la historia de la salvación, desde la elección de Israel en Egipto hasta el rey David, de cuya descendencia Dios suscitó como Salvador a Jesucristo. Se manifiesta la continuidad de Israel y de la Iglesia y el carácter único e irrepetible de Cristo, centro y clave de la historia. Por eso los apóstoles exaltan tanto la pertenencia a la Iglesia.
Ya Orígenes decía que "si alguno quiere salvarse, venga a esta casa, para que pueda conseguirlo", y que ninguno se engañara a sí mismo, pues "fuera de esta casa, que es la Iglesia, nadie se salva" (Homilía sobre Jesús en la Barca, 5). Y San Agustín llega a decir algo parecido:
"Fuera de la Iglesia Católica se puede encontrar todo menos la salvación. Se puede tener honor, se pueden tener los sacramentos, se puede cantar aleluya, se puede responder amén, se puede sostener el evangelio, se puede tener fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, y predicarla, pero nunca, si no es en la Iglesia Católica, se puede encontrar la salvación" (Homilías, VI).
El Señor ha sido fiel y del linaje de David nos ha dado un Salvador. Jesús, hijo de David, tiene un trono eterno, vence a los enemigos y extiende su poder a todo el mundo por medio de su Iglesia. Él es el Ungido que recibe una descendencia perpetua: los hijos de la Iglesia que se perpetuará en la Jerusalén celeste. Con el Salmo 88 de hoy cantamos la fidelidad y la misericordia del Señor:
"Cantaré eternamente la misericordia del Señor. Anunciaré su fidelidad por todas las edades. Porque dije: Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad. Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado, para que esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso. Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán, por mi nombre crecerá su poder. Él me invocará: Tú eres mi Padre, mi Dios, mi roca salvadora".
El pensamiento de San Pablo, tras su cambio radical de vida, sólo tiene un centro: Cristo, realización el mesianismo anunciado por los profetas de Israel. Ésa es su fe y nuestra fe.
Manuel Garrido
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Desde Chipre, Pablo y sus compañeros llegan a Antioquía de Pisidia (en Anatolia, actual Turquía central). El discurso de Pablo (que leeremos entre hoy y mañana, viendo sus consecuencias al día siguiente) es el típico que pronunciará cuando sus oyentes son los judíos, cuando es invitado a predicar en la sinagoga: la historia de Israel según el AT. Igual que había hecho, en su largo discurso en Jerusalén (y con Pablo de testigo), el diácono Esteban.
Con un recorrido que va desde la salida de Egipto y la conquista de la tierra prometida, hasta Jesús de Nazaret como el Mesías enviado por Dios, pasando por la figura de David y la de Juan, el precursor inmediato, Pablo presenta a Jesús como la respuesta de Dios a las esperanzas y las promesas de toda la historia de Israel: "Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un salvador para Israel, Jesús".
Nombrando a David, capta Pablo la atención y la simpatía de la sinagoga. Y describiendo al Bautista como precursor del verdadero Mesías, sale al paso de algunos que, posiblemente, todavía seguían considerándose discípulos del Bautista.
En líneas generales, San Pablo anuncia siempre a Jesús como la respuesta plena de Dios a las esperanzas humanas, partiendo del AT (si eran judíos) o citando autores clásicos (si eran paganos), apelando a una búsqueda espiritual del sentido del AT (si eran judíos) o de la vida (si eran paganos). ¿Sabemos nosotros sintonizar con las esperanzas y deseos de nuestros contemporáneos, creyentes o alejados? ¿Somos valientes a la hora de presentar a Jesús como la Palabra decisiva y el Salvador único, y aquél en quien hay que creer y seguir?
José Aldazábal
Act: