17 de Marzo

Martes IV de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 17 marzo 2026

Ez 47, 1-9.12

         He aquí que "debajo del umbral del templo, salía agua", nos dice hoy el profeta Ezequiel. No hay que tomar todos los detalles en sentido material, pues son imágenes simbólicas. Pero sí saber que, a través de ellos, Dios anuncia unos tiempos maravillosos.

         En efecto, del templo (de Jerusalén) sale "un riachuelo" (nos sigue describiendo místicamente Ezequiel), cuyo curso crece hasta llegar a convertirse en "un torrente caudaloso". Se trata del tema de la abundancia, por medio del cual Ezequiel nos dice que Dios no retiene sus bienes, sino que los reparte a profusión y sin cesar.

         "¿Has visto, hijo de hombre?", sigue interpelando el profeta. Efectivamente, a menudo no veo. Pero trataré de ver ese río de gracia, y en mi oración de la noche trataré de recapitular. Mira, sigue diciéndonos Ezequiel: "A la orilla del torrente, a ambos lados, había gran cantidad de árboles, y toda clase de frutales, que todos los meses producirán frutos nuevos".

         Se trata de una visión maravillosa, con la que Ezequiel describe el comenzar de nuevo del paraíso terrestre. Y en la que nos dice, además, que sucederá en ¡el desierto de Judá!, el cual se cubrirá "de árboles de vida", que no sólo darán una cosecha, sino 12, ¡una por mes! Decididamente, no habrá hambre allí.

         En cuanto al agua, nos dice el profeta que "desembocará en el Mar Muerto, cuyas aguas quedarán saneadas", y que "por doquier resucitará la vida, por dondequiera que pase el torrente". Hay que conocer el Mar Muerto, y su paisaje desolado, para captar toda la metamorfosis prometida. Pues las aguas de este mar, verdaderamente muerto, tienen tal cantidad de sales, que ningún pez tiene vida en ellas, y en sus alrededores también reina la muerte. He aquí, pues, un agua nueva, que tiene como poder la resurrección (pues no sólo da vida, sino que suscita seres vivos en el Mar Muerto).

         Ese es el poder del agua divina, que nos hace renacer por el bautismo. ¿Creo yo en esa fuerza divina? ¿O no creo, acaso, que Dios es capaz de transformar el desierto de nuestros corazones en jardines florecientes de vida? ¡Oh Dios, impregna nuestras vidas de tu vida!

Noel Quesson

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         La 1ª lectura de hoy presenta ante nuestros ojos un imposible realizado: sanear al Mar Muerto. Sobre todo por lo de muerto, que no es un chiste ni una exageración, por los siglos de acumulación de sales minerales del Jordán, que han hecho de esta masa de agua una imagen de la muerte.

         El Mar Muerto, como sabemos, se encuentra a 600 m. por debajo del nivel del Mar Mediterráneo, de modo que las aguas que allí llegan no tienen adonde correr, y simplemente emergen por evaporación, dejando una acumulación creciente de sales que impiden la vida y que le dan el nombre que tiene: Mar Muerto.

         La radical soberanía de la muerte en ese inmenso charco salino es una imagen viva de lo irreversible. Todo el mundo sabe que el agua se puede salar, pero ¿cómo quitarle esa sal para hacerla potable y útil a la agricultura? No hay procedimiento sencillo que lo logre, sobre todo: no lo había cuando Ezequiel nos cuenta que hay un agua tan poderosa, tan sana y tan santa, que tiene fuerza para limpiar y sanear el agua muerta de ese mar.

         Agua limpia que limpia al agua sucia, algo que va contra nuestra experiencia. Lo que conocemos es que el agua sucia ensucia al agua limpia. Pero Dios puede transmutar la flecha del tiempo, por así decirlo, y vencer en las tierras de lo improbable y lo imposible. Y si puede hacerlo con esa agua muerta, ¿no lo podrá con nuestras vidas, que han acumulado la sal mortífera del pecado y que se han vuelto pozos de muerte?

Nelson Medina

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         El agua, como principio de vida, es una imagen que se encuentra con frecuencia en los libros sagrados (Jl 4,18 Zac 14,8; Is 35). No es de extrañar que Ezequiel use, pues esta imagen al hablar de los efectos vivificantes que produce la presencia de la gloria del Señor en el templo. Dado que la imagen del agua es tan frecuente, esta visión puede tener diversos puntos de referencia: las aguas de los cuatro ríos del paraíso (Gn 2,10-14); o los ríos y canales de Israel (Guijón, Cedrón...); o, tal vez, los mismos famosos canales de Babilonia, tantas veces contemplados por los desterrados.

         El agua que sale del templo (hacia el oriente, quizá es la zona más árida) y que comienza siendo una fuente y un riachuelo, luego se hace un río caudaloso a pocos km de su nacimiento. Es decir, el poder vivificante se ha ido desarrollando ganando en fecundidad y en calidad. Su salubridad llega hasta curar todo lo que toca, incluido el Mar Muerto (v.8), a que broten gran cantidad de árboles que producen toda clase de frutos y hasta una cosecha por mes; y en ella viven gran cantidad y variedad de peces.

         Y todo por el hecho de brotar del templo, donde está la presencia del Señor, que fecunda al pueblo en continua fidelidad a la alianza (v.7). En definitiva, dar fecundidad, crear vida, es trabajar por la justicia, por el bienestar por el bien; el egoísmo, en cambio, crea muerte, crea aridez.

         El agua de Ez 47 es prototipo de la de los últimos tiempos abiertos por Cristo: "Quien tenga sed, que se acerque a mí y beba. Quien crea en mí, ríos de agua viva brotarán de su entraña" (Jn 7, 37-38). En él se ha cumplido esta profecía de Ezequiel; de él nos viene la gran efusión del Espíritu que simbolizaba el agua. Únicamente de él nos puede venir la fecundidad, la vida, a nivel personal y a nivel colectivo. Todo ha de pasar forzosamente a través de él.

         La única salvación, la única solución se encuentra en Cristo, según indicó Pedro al pueblo de Jerusalén: "La salvación no está en ningún otro, es decir, que bajo el cielo no tenemos los hombres otro diferente de él al que debamos invocar para salvarnos" (Hch 4, 12).

José Manglano

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         En la 1ª lectura de hoy el profeta utiliza la imagen del torrente. Los torrentes son en el AT símbolo de la vida que Dios da, especialmente en los tiempos mesiánicos. Ezequiel utiliza la imagen de la corriente de agua milagrosa que mana del lado derecho del templo (el lugar de la presencia de Dios y el centro del culto que le es agradable), y todo lo inunda con su salud y fecundidad. En el NT (Jn 7, 35-37) este agua es el Espíritu que mana de Cristo glorificado.

         Pero centrémonos en el simbolismo del agua. Porque el agua es vida, purificación, bautismo, sanación y fecundidad; es chorro que salta a la vida eterna; es gracia y novedad. Con ella (el agua) recordamos que en el delicioso Jardín del Edén, es decir, en la obra de la creación , morada del hombre, había cuatro ríos que regaban las tierras y las hacían fecundas y daban pan a las criaturas. Así en el amor divino que se derrama sobre nosotros.

         Pues bien, Ezequiel recompone en cierta forma aquella escena bíblica y hace salir el torrente de vida y gracia por medio de cuatro canales que distribuyen el agua de un manantial que ahora brota del umbral del templo de Dios para regar y hacer fecundo todo.

         Descripción idealizada de la fuente Guijón, en Jerusalén, cuyas condujo Ezequías I de Judá a la Piscina de Siloé. El profeta ve sus aguas manando del templo, corriendo luego por el Jordán, regando y fecundando sus riberas, hasta el Mar Muerto. Para nosotros es ‘la fuente de gracia que mana del tempo y vida en Dios. ¡Fantasía prodigiosa, gracia prodigiosa, significación prodigiosa del bautismo y de la vida en Dios!

José A. Martínez

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         El profeta Ezequiel nos habla hoy de aguas salvíficas, de las acequias que corren alegrando la ciudad de Dios, que simbolizan a las aguas bautismales que, limpiándonos del pecado, nos han dado la alegría de la salvación. El agua que corre es signo de la especial protección de Dios en el AT, en el NT y en la vida de la Iglesia. El Salmo 45 de hoy reconoce esta predilección y cuidado:

"Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro. Por eso no tememos aunque tiemble la tierra y los montes se desplomen en el mar. El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada. Teniendo a Dios en medio no vacila, Dios la socorre al despuntar la aurora. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob. Venid a ver las obras del Señor, las maravillas que hace en la tierra".

         "Por debajo del umbral del templo manaba agua e iba bajando, y a cuantos toquen este agua los salvará", repite el profeta Ezequiel. Se trata de una prefiguración del agua que salió del costado de Cristo en la cruz por la lanzada del soldado, como símbolo del Espíritu Santo que brota del Resucitado, y también del agua purificadora del bautismo.

         Nosotros estamos bautizados, somos hijos de Dios, herederos del cielo. Seamos fieles a nuestro bautismo, para que podamos oír un día estas palabras: "Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino que os está preparado desde el comienzo del mundo" (Mt 25, 34).

Manuel Garrido

 Act: 17/03/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A