3 de Febrero
Martes IV Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 3 febrero 2026
2 Sam 18, 9-32; 19,1-3
El centro de interés del episodio de hoy no está en la guerra civil suscitada por Absalón contra su propio padre David (que así ocurrió), sino en la generosidad de David para con su hijo rebelde. Lo cual no hace en virtud de ninguna estrategia especial, sino porque le quiere extremadamente, por perverso y mal hijo que sea.
Y esto por la experiencia de perdón que había experimentado días atrás David por parte de Dios, que no le había retirado su amor a pesar de sus graves pecados. David no retira su amor a Absalón pese al asesinato del primogénito Amnón, y su posterior rebeldía. Y todos oyen cómo David da orden expresa a sus generales (Joab, Abisay e Itay) de que no hagan ningún daño a Absalón (2Sm 18, 5).
Pero el sanguinario y calculador Joab, que anteriormente había sido amigo y partidario del príncipe Absalón (2Sm 14), cuando éste nombra a Amasá jefe de sus tropas, se pasa a David y se venga matando a Absalón (v.14) y más tarde a Amasá (2Sm 20, 10), repitiendo lo que había pasado cuando David había aceptado a Abner como general suyo, de acuerdo con aquella política de reconciliación que siempre siguiera.
La angustia de David por su hijo Absalón es dramáticamente descrita. Más que el resultado de la batalla, lo que le interesa es saber si ha salido de ella con bien Absalón. Ajimás, que se había adelantado a llevarle la buena nueva de la victoria, no osa comunicarle que Absalón ha muerto. Un 2º mensajero se lo hace saber, y David hace un gran duelo por ello.
Mas en el triste espectáculo de su decrepitud, la bondad parece ser lo último que conserva David. Nunca, ni cuando Saúl lo perseguía a muerte, se nos había aparecido tan impotente como ahora, incapaz de castigar el crimen de Joab. Más aún, Joab le obliga a hacer de tripas corazón, a olvidar el dolor de padre y celebrar la victoria de rey, con la amenaza de que si no se muestra ante los soldados para compartir con ellos la alegría del triunfo, todos le abandonarán (2Sm 19, 6-9).
Tristemente vencedor, David ve volver a él, pidiéndole perdón, a cuantos le habían traicionado, atacado o insultado. A todos perdona, los restablece en sus cargos y bienes. En impresionante contraste con esta amnistía general después de la guerra civil, según 1 Re 2, da David antes de morir unas terribles instrucciones a Salomón, y le encomienda matar a cuantos antes había perdonado.
En realidad, según los mejores estudios recientes, se trata de una interpolación posterior. La primitiva historia de la sucesión de David dejaba bien claro que Salomón se había afirmado en el trono gracias a una purga implacable de enemigos políticos; un redactor posterior pro-salomónico habría añadido el testamento de David para atribuirle la responsabilidad moral y convertir la crueldad de Salomón en piedad filial y habilidad política.
Mientras David llora por su hijo muerto, el ejército vencedor no se atreve a celebrar el triunfo y entra en la ciudad "a escondidas, como se esconden abochornados los soldados cuando han huido del combate" (2Sm 19, 4). Como dice Valerio Máximo, "la más vergonzosa de las victorias es la obtenida en una guerra civil".
Hilari Raguer
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La insurrección de Absalón condujo a la victoria de su padre David. El pasaje de ayer nos mostraba al rey David acosado por su hijo y por sus enemigos, en el momento del duro fracaso. Y hoy escuchamos el momento de la victoria, cuando el rebelde es vencido y David podrá entrar en Jerusalén.
Meditemos ahora sobre el 1º de esos hechos: el fracaso, porque la debilidad no contrarresta el plan de Dios. Dios puede lograr su fin, incluso sirviéndose de apariencias contrarias. Toda la historia de la salvación es buena prueba de ello.
Meditemos sobre nuestros propios fracasos, y tratemos de comprenderlos a la luz del misterio de la cruz. Porque "nosotros predicamos un Cristo crucificado (1Cor 1, 22), y porque también Pablo pedía a Dios, como David, ser liberado de sus debilidades: "El Señor me declaró mi gracia te basta, porque su poder se muestra perfecto en la flaqueza" (2Cor 12, 9-10).
Pero David no se alegró porque su hijo Absalón había muerto. David acaba de ganar una batalla y se ha dominado una insurrección, y esto podría alegrarle. Pero todo ello se esfuma ante el dolor de haber perdido a su hijo. No obstante, los allegados a David sólo ven la eficacia del resultado: que se ha batido al oponente, que se ha destruido al usurpador... y van a anunciarlo al rey como una buena noticia.
Entonces el rey David se estremeció, subió a la estancia alta y rompió a llorar, diciendo entre sollozos: "Hijo mío, Absalón; hijo mío, hijo mío Absalón. ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!". Dolor punzante, que le hace retirarse a solas a su cuarto, para llorar.
Se trata de una de las imágenes de Dios. Porque nuestro Padre celestial, aun cuando somos rebeldes y nos oponemos a él, sigue amándonos: "Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva" (Ez 33, 11).
Si David ha comprendido el perdón hacia su hijo, es porque él mismo había experimentado el perdón de Dios ante el homicidio de Urías, cuando el profeta Natán había ido a su palacio y le había revelado su falta. El contagio de la misericordia divina había comenzado en el corazón de Dios, y ¡acaso podría David ser menos misericordioso! El propio Jesús también recordará esta ley: "Si no perdonáis vosotros, tampoco Dios os perdonará". ¿A quién tengo que perdonar también?
En ese estado de cosas, "la victoria se trocó en duelo aquel día, para todo el ejército y el pueblo". Poco a poco, el pueblo de Dios llegará a entender que no necesita de técnicas militares para acabar con sus enemigos: el verdadero combate se da "contra las fuerzas del mal que alienan a la humanidad". Perdonar es siempre una victoria, mucho mayor que vencer en la batalla. ¿Cuál será mi victoria interior?
Noel Quesson
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De nuevo escuchamos hoy una escena conmovedora: las lágrimas de David por la muerte de su hijo Absalón.
Con astucia y con habilidad militar, el ejército del rey David ha logrado derrotar al hijo rebelde, y éste muere trágicamente entre los árboles del bosque. Pero lo que podría haber sido una victoria, y el final de una rebelión incómoda, llena de dolor a David, que muestra una vez más un gran corazón. Había dado órdenes de respetar la vida de su hijo, pero su capitán Joab aprovechó para saldar viejas cuentas, y mató al rebelde.
Al igual que había llorado sinceramente David por la muerte de Saúl (aunque se había portado tan mal con él), ahora David llora por su hijo. No hay fiesta para celebrar esta triste victoria. Y aunque luchaba contra el rebelde, ha seguido queriendo a su hijo y llora por él desconsoladamente: "Hijo mío Absalón, ojalá hubiera muerto yo en vez de ti". El salmo responsorial de hoy pone en labios de David una súplica muy sentida a Dios para que le ayude en este momento de dolor: "Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado".
El buen corazón de David nos recuerda la inmensidad del amor de Dios, que se nos ha manifestado ya en el AT y de modo más pleno en Cristo Jesús, siempre dispuesto a perdonar. Como David no quería la muerte del hijo, por rebelde que fuera, así Dios nos dice: "Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva". Y Cristo nos retrata el corazón de Dios describiéndolo como un padre que celebra una gran fiesta por la vuelta del hijo pródigo.
¿Tenemos nosotros un corazón así? ¿Sabemos perdonar a los que nos ofenden, o creemos que nos ofenden? ¿Y si nos persiguen? ¿Cuánto tiempo dura el rencor en nuestro corazón?
José Aldazábal
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Escuchamos hoy cómo muere Absalón, bajo el filo de la espada. Pero ¿era rebelde? Sí, pero mucho más era hijo, y en esa muerte le salvó el amor de su padre David. No importa que el hijo muerto fuera un traidor. Ante todo era un hijo; y un hijo vale más que todos los reinos del mundo. Por eso David llora amargamente su muerte, pues ¿qué importan la victoria de la armas y la consolidación de un reino si el hijo de las entrañas, el hijo del amor, ha muerto?
Realmente, David es un signo profético del gran amor que Dios nos tiene, pues cuando aún éramos pecadores y enemigos de Dios, nos envió a su propio Hijo, el cual entregó su vida para el perdón de nuestros pecados. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Dios nos ha amado con un amor eterno; y podrán desaparecer los montes y retirarse los mares, mas el amor que Dios nos tiene permanecerá para siempre.
Por eso nosotros no podemos perseguir a los pecadores para acabar con ellos; sino que hemos de salir a su encuentro, buscándolos como hizo David con su hijo Absalón.
Sólo cuando el hombre rechaza frontalmente a Dios, él mismo se condena a sí mismo, pues no aceptó para sí la oferta de salvación que Dios le ofreció. Entonces el Señor podrá decirle, como el rey David: Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar, pero tú no quisiste pues te buscaste a ti mismo queriendo conservar tu vida, y finalmente la perdiste. Abramos nuestro corazón al amor de Dios, escuchemos hoy su voz y no endurezcamos ante él nuestro corazón.
Dominicos de Madrid