18 de Marzo

Miércoles IV de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 18 marzo 2026

Is 49, 8-15

         En el pasaje de hoy Isaías promete los bienes mesiánicos para la vuelta del exilio: "En tiempo favorable, te escucharé; el día de la salvación, te asistiré". Y empieza a detallar en qué consistirán: "Yo te formé para levantar el país, para repartir las tierras desoladas, para decir a los presos salid. No tendréis más hambre ni sed, ni os dañará el bochorno ni el sol".

         Imágenes que hablan aún a los que han conocido la deportación o el cautiverio. Anuncios de felicidad. Anuncios de libertad. Anuncios del Reino de Dios "en el que no habrá llanto, ni grito, ni sufrimiento, ni muerte". En medio de todas mis pruebas, ¿cómo vivir en ese clima? Y en el contexto del mundo, tan frecuentemente trágico, ¿cómo permanecer alegre, sin dejarse envenenar por el ambiente de derrota y de morosidad?

         Sión decía "el Señor me ha olvidado". Y por eso, contesta el profeta: "¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella llegase a olvidarlo, Yo no te olvidaré". Es la palabra del Señor todopoderoso, con declaraciones de amor maternal de parte de Dios. Así es amada la humanidad por Dios, así soy amado yo por él. Tratemos de meditar el texto con un largo silencio contemplativo. Dios no puede olvidarme. Tú no me olvidas jamás.

Noel Quesson

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         La 1ª parte del texto total (Is 48, 12-21) describe con tono enérgico, pero íntimo, la ejecución del plan redentor de Dios en favor de Israel por medio del escogido pagano: el persa Ciro. En la 2ª parte (Is 49, 9-13, la que hoy leemos), Dios se describe como un pastor que guía su rebaño a lo largo del nuevo éxodo.

         Retornan los momentos de las grandes confidencias de Dios con su pueblo, cuando las personas, los sucesos y sus circunstancias reciben el nombre debido. La identidad de Israel reside en escuchar y seguir la palabra creadora de Dios, el factor más importante de la fe bíblica. La fortaleza de Israel se apoya en Dios: "Escúchame, Jacob, Israel a quien llamé" (Is 48, 12a).

         El Dios de la alianza es el Dios de la creación. No hay ningún poder humano que escape a su control y, por eso, se sirve de Ciro para llevar a término el plan de amor a favor de Israel. Y hasta 3 veces repite enfáticamente este Yo de presencia de amor salvador: "Yo soy, Yo soy el primero, Yo soy el último" (Is 48, 12b).

         Dios es el principal motor de la historia. Y refiriéndose al escogido (Ciro II de Persia) para hundir el poder que usurpa el lugar de Dios (el Reino de Babilonia), Dios afirma: "Yo mismo he hablado, Yo lo he llamado, Yo lo he traído y he dado éxito a su empresa" (Is 48, 15). Este versículo contiene la idea de la contemporaneidad de la historia: Dios es el contemporáneo de todos los sucesos históricos.

         Esta es la base de la teología de la historia. A diferencia del movimiento cíclico e impersonal de los griegos, la historia de salvación tiene un comienzo, la alianza y la creación; un plan propuesto por Dios, y un fin. Dios es el gran inmanente: "Desde el principio no os he hablado en secreto; cuando las cosas se hacían, allí estaba Yo. Y ahora Dios me ha enviado" (Is 48, 16). El ahora es el adverbio técnico para significar esta presencia. Entre el tiempo de Moisés y el actual no ha habido simplemente historia, sino historia de salvación, porque Dios ha estado siempre presente.

         En todo caso, la larga historia de Israel es una prolongada y trágica serie de oportunidades desaprovechadas. El pasado es irreversible, pero Dios sale al encuentro de su pueblo invitando a celebrar el nuevo éxodo: "Exulta, cielo, y alégrate; romped en exclamaciones, montañas, porque ha consolado Yahvé a su pueblo, ha tenido compasión de los desamparados" (Is 49, 13).

Frederic Raurell

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         El pueblo de Israel está abrumado en su exilio de Babilonia, y Dios, a través de Isaías, le anuncia su liberación. Renueva su alianza con el pueblo y alienta su esperanza, para que siga caminando hacia la tierra prometida.

         En efecto, el cap. 49 de Isaías comienza un nuevo oráculo, y en él tiene papel muy importante el Siervo de Yahveh, pues por medio de él vendrá la salvación al pueblo elegido. Lo asegura Dios mismo, con entrañas de madre siempre fiel. Dios anuncia así, al Israel exiliado en Babilonia, el regreso a la patria, confirmando el amor misericordioso e indestructible del Señor para con su pueblo. Por eso, decimos con el Salmo 144 de hoy:

"El Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan. El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente".

         Se trata del amor misericordioso de Dios, que se realiza mucho más expresivamente en la venida de Jesucristo, en el perdón de los pecados por el sacramento del bautismo y de la penitencia. La liturgia cuaresmal en favor de los catecúmenos y de los penitentes nos anima a preparamos para la comunión pascual y la renovación de las promesas de nuestro bautismo. A ese respecto, San Agustín nos recuerda que:

"La penitencia purifica el alma, eleva el pensamiento, somete la carne al espíritu, hace al corazón contrito y humillado, disipa las nebulosidades de la concupiscencia, apaga el fuego de las pasiones y enciende la verdadera luz de la castidad" (Homilías, LXXIII).

         El profeta Isaías ha cantado gozoso la salvación que viene de Dios. La salvación ha sido posible porque el Señor es clemente y misericordioso, fiel a sus promesas, a pesar de las infidelidades de Israel, de nuestras propias infidelidades. Pero hemos de invocarle sinceramente.

Manuel Garrido

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         En la 1ª lectura de hoy el profeta Isaías describe el retorno del exilio de Babilonia con los temas y las imágenes renovados del antiguo éxodo de Egipto. El amor eterno del Señor por su pueblo, parecido al amor de una madre por sus hijos, se expresa de una manera concreta en toda su gratuidad y fidelidad indefectible.

         El poema de Isaías se encuadra dentro de uno de los 4 Cánticos del Siervo de Yahveh, y en él resalta el profeta el amor de un Dios que quiere a su pueblo, a pesar de sus extravíos. Un Dios que es pastor y médico, y hasta madre, que se prepara para salvar a los suyos del destierro, y restaurar a su pueblo: "Decid a los cautivos: salid. Y a los que están en tinieblas: venid a la luz". Dios no quiere que su pueblo pase hambre ni sed, o que padezcan sequía sus campos: "Los conduce el Compasivo, y los guía a manantiales de agua". Todo será alegría y vida.

         Y por si alguien en Israel había dudado pensando "me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado", que sepa que no tiene razón, pues "¿es que puede una madre olvidarse de su criatura? Pues Yo no te olvidaré". El salmo de hoy nos lo ha hecho repetir una vez más, para que profundicemos en el mensaje: "El Señor es clemente y misericordioso, es bueno con todos y es fiel a sus palabras; el Señor sostiene a los que van a caer".

         Dios tiene el deseo de podernos decir, como en la 1ª lectura a su pueblo: "En el tiempo de gracia te he respondido, en el día de salvación te he auxiliado". Y de liberarnos, si estamos con cadenas. Y de llevarnos a la luz, si andamos en tinieblas.

José Aldazábal

 Act: 18/03/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A