21 de Marzo

Sábado IV de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 21 marzo 2026

Jer 11, 18-20

         La lectura de hoy se compone de 3 partes. En 1º lugar, una confesión del profeta a causa de una persecución de sus compatriotas y familiares (Jer 11,18; 12,6; 11,19-20; 12,3; 11,20-22); en 2º lugar, una cuestión planteada por Jeremías sobre la felicidad de los impíos (sus perseguidores) y la aparente desventura de los buenos (la muerte repentina del rey Josías; Jer 12, 1-2.4-5); y en 3º lugar, una lamentación del mismo Dios porque le han forzado a abandonar a su pueblo (Jer 12, 7-13).

         El profeta experimenta profundamente la persecución que, a causa de su predicación radical, están tramando contra él incluso sus familiares y sus amigos. Y consciente de su propia debilidad, pide ayuda a Dios. Una persecución, y tal vez la experiencia de otros casos de justos que sufren y de impíos que viven felices, que le mueve a preguntar a Dios por qué los malos viven llenos de bendiciones.

         La respuesta de Dios desconcierta a Jeremías, pues le contesta que verá cosas todavía peores, y que tendrá que resistir firmemente, y cumplir su deber entre inseguridades. El mismo Dios se debate entre su deseo (de salvar y demostrar positivamente su amor) y su deber (de la justicia, que le obliga a castigar y corregir a su pueblo). Si el mismo Dios sufre por su relación con los hombres, ¿cómo puede pretender Jeremías vivir tranquilo y sin dificultades?

         El profeta lucha sinceramente entre su modo de ser y la misión encomendada, que él encuentra plenamente desconcertante y contraria a su mentalidad. Incluso llega a pensar que su mensaje es contraproducente, ya que provoca reacciones violentas contra el mensajero de la palabra de Dios. Pero recibe una respuesta: el mismo Dios tiene que hacerse violencia a sí mismo, a la hora de poner en práctica su plan de salvación.

         Está claro que leer esta confesión, en momentos en que nos preparamos a revivir la Pascua del Señor, obedece a la idea de que en esta Pascua se juega algo muy fundamental: el sufrimiento de Dios a causa de sus hijos, y del Hijo a causa de sus hermanos.

         La salvación siempre pasará por el desconcierto, la cruz y la oscuridad de la fe. Pero el cristiano que se dispone a rememorar y revivir la Pascua ve, a través de la incertidumbre, la claridad y la luz de la nueva vida que el Señor instaura venciendo a la muerte.

Rafael Sivatte

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         El profeta Jeremías, como cordero enmudecido, ha de saber caminar incluso hacia la muerte de sí mismo, traicionado y vendido,  si en ello culmina su destino. El profeta, con mirada lanzada al futuro, augurará siempre que todo mesías venidero habrá de sufrir tratamiento parecido al de Jesús y al del Justo, hasta ser elevado a la cruz.

         En el profeta descubrimos una concienciación sobre la situación, la asunción de su responsabilidad y misión, confianza en el Señor al que se debe totalmente, y convicción de que al final resplandecerá la luz de la verdad. Ése es un buen camino a seguir.

         Tomemos a Jeremías en su papel de prefigurador del Mesías Jesucristo, y tomemos de sus palabras el importantísimo mensaje de aceptación de la voluntad de Dios (con sus gozos y tribulaciones), dentro de la peculiar vocación asumida por cada cual, como pequeño profeta.

         En perspectiva de fe, esto significa sencillamente que nuestra vida en Cristo Mesías  no ha de ser camino de rosas sino de dificultades, de entereza, de riesgo, de entrega y de triunfo final. ¿No tenemos constancia de que ha sido así en toda la historia? ¿No prevemos que seguirá siéndolo en el futuro de la humanidad? La vida es lucha, valor y victoria.

José A. Martínez

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         En el s. VI a.C. Jeremías fue perseguido por haber sido fiel a la Palabra de Dios. Y él refleja esta persecución bajo la imagen del cordero, inocente y pequeña víctima que no merece ser sacrificada.

         Las persecuciones sufridas por Jeremías profeta le convierten en una imagen de Cristo durante su pasión. Su dolor es símbolo del de Cristo, a cuya pasión aplica la Iglesia en su liturgia la imagen del árbol derribado en pleno vigor.

         Pero en el profeta aún no se ve la imagen plena del amor para con los enemigos (que Cristo enseñará con su palabra y ejemplo). Prevalece la confianza y la imagen emocionante del "cordero manso, llevado al matadero", que ha inspirado el Canto del Siervo de Dios en Isaías (Is 53, 6-7) y le ha hecho símbolo de la pasión del Cordero de Dios (Mt 26,63; Jn 1,29; Hch 8,32).

         Oigamos a San Juan Crisóstomo, que dice que "la sangre derramada por Cristo reproduce en nosotros la imagen del rey: no permite que se malogre la nobleza del alma; riega el alma con profusión, y le inspira el amor a la virtud. Esta sangre hace huir a los demonios, atrae a los ángeles; esta sangre ha lavado a todo el mundo y ha facilitado el camino del cielo" (Homilías sobre el evangelio de Juan, XLV).

         Y a San León Magno, que dice que, "efectivamente, la encarnación del Verbo, lo mismo que la muerte y resurrección de Cristo, ha venido a ser la salvación de todos los fieles, y la sangre del único justo nos ha dado, a nosotros que la creemos derramada para la  reconciliación del mundo, lo que concedió a nuestros padres, que igualmente creyeron que sería derramada" (Homilías sobre la Pasión, XV).

         El Salmo 7 de hoy es muy apropiado para la lectura anterior, pues expresa la súplica del justo por antonomasia, condenado injustamente. El Padre lo deja morir para mostrar su extremada misericordia y su amor para con los hombres, a quienes redime del pecado, conduciéndolos a la gloria eterna:

"Señor, Dios mío, a ti me acojo, líbrame de mis enemigos y perseguidores y sálvame, que no me atrapen como leones y me desgarren sin remedio. Júzgame, Señor, según mi justicia, según la inocencia que hay en mí. Cese la maldad de los culpables y apoya tú al inocente, tú que sondeas el corazón y las entrañas, tú, el Dios justo. Mi escudo es Dios que salva a los rectos de corazón. Dios es un juez justo. Dios amenaza cada día".

Manuel Garrido

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         En esta 1ª lectura Jeremías utiliza la imagen del "cordero manso llevado al matadero", para referirse a sí mismo. Por el hecho de cumplir su misión y llamar al pueblo a la conversión, el profeta se ve rechazado y traicionado por sus propios hermanos. Es imagen de Jesús que, como un cordero, morirá para quitar el pecado del mundo.

         Jeremías aparece hoy como un justo perseguido por su condición de profeta valiente, que de parte de Dios anuncia y denuncia a un pueblo que no quiere oír sus palabras. Jeremías se da cuenta de "los planes homicidas" que están tramando los que le quieren ver callado. Y se dirige con confianza a Dios pidiendo su ayuda para que no prosperen los planes de sus enemigos: "A ti he encomendado mi causa, Señor Dios mío".

         El drama de Jeremías es estremecedor. La suya es una figura patética, por haber sido llamado por Dios para ser profeta en tiempos muy difíciles. Pero prevalece en él la confianza, como se ha encargado de recoger el salmo de hoy: "Señor, Dios mío, a ti me acojo, líbrame de mis perseguidores y sálvame, apoya al inocente, tú que sondeas el corazón, tú, el Dios justo".

José Aldazábal

 Act: 21/03/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A