6 de Febrero

Viernes IV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 6 febrero 2026

Eclo 47, 2-11

         Mucho tiempo después de la muerte de David, los libros sagrados siguieron haciendo su elogio. En el Eclesiástico, llamado también Libro de Sirac (o Sirácida) está la página que leemos hoy.

         En tiempos de Ben Sirac, no había ya reyes en Israel, y aparentemente la profecía de Natán no se había cumplido. Por tanto, Sirac encauza de nuevo la esperanza nacional hacia los sacerdotes Aaron y Fineas. El sacerdocio ocupa el lugar de la realeza, y el Templo de Jerusalén es el único lugar de unidad del pueblo de Dios, mucho más que el trono real vacío. Es por ello que Sirac hace el elogio del rey David, dándole una fisonomía casi sacerdotal.

         Y nos viene a decir Sirac que David "fue elegido entre los hijos de Israel, e invocó al Señor Altísimo", que sus victorias humanas fueron un "don de Dios" (como un fruto de la oración), y que si abatió la arrogancia de Goliat no fue por la fuerza de su brazo (sino por esperar sólo de Dios la victoria). ¿Y yo? ¿Invoco al Señor Altísimo?

         Escogido, elegido, ungido y Cristo son palabras equivalentes. David fue el escogido por Dios y el ungido del Señor, lo que en griego se traduce por christos. Dios toma la iniciativa, Dios escoge. ¿Sé yo responder y corresponder? Porque todo cristiano es "otro Cristo".

         David "glorificó al Altísimo en toda sus obras, y con todo su corazón entonó himnos y amó a su Creador". Es el más hermoso elogio que Ben Sirac pueda hacer. De hecho, sabemos que varios de nuestros salmos han sido compuestos por David. Por lo que se ve, no sólo fue David rey, sino también poeta, que exultaba y danzaba delante del Arca de la Alianza.

         Ante el altar, "instituyó David salmistas, y con sus voces dio dulzura a los cantos. Dio esplendor a las solemnidades, y a las fiestas dio belleza y perfección". La fiesta es esencial para la humanidad, y la alegría es esencial para el hombre.

         Una vez más me interrogo sobre este asunto. Por su resurrección, Cristo instituyó una fiesta en el corazón del hombre, al revelarle el sentido de su vida. ¿Soy consciente de que soy un salvado? ¿Tengo dentro de mí la alegría de la resurrección prometida? Y mi vida, ¿es toda ella un canto?

         ¿Participo en la liturgia de la Iglesia? ¿Contribuyo a dar esplendor a las solemnidades? Pues David la instituyó "para que fuera una alabanza al nombre del Señor, y para que resonara el santuario desde la aurora". La palabra eucaristía significa "acción de gracias" o alabanza. ¿Es mi vida entera una eucaristía? Porque todo el pueblo de Dios tiene un oficio sacerdotal: ofrecer a Dios el culto espiritual, y la ofrenda de nuestra vida.

Noel Quesson

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         Antes de seguir con la historia de Salomón, hoy hacemos una breve incursión en el libro del Eclesiástico para escuchar un canto de alabanza a la figura de David, cuya historia hemos ido leyendo durante 2 semanas. El Canto de Ben Sirac resume lo que representa David para la historia de este pueblo de Israel, y por tanto también para nosotros sus herederos. No podemos olvidar que Jesús de Nazaret, el Mesías, ha venido de la casa de David y los evangelios le llaman muchas veces "hijo de David".

         Además de recordar episodios más o menos llamativos de su vida (de niño, de joven, de rey, con una rápida alusión a su pecado y a su perdón), el autor del libro sapiencial resalta sobre todo lo litúrgico y cultual que realizó David en su papel sacerdotal al frente del pueblo: daba gracias y alababa a Dios, entonaba salmos cada día, componía música para el culto e introdujo instrumentos, celebraba solemnes fiestas y ordenaba el ciclo del año litúrgico. Política y socialmente fue decisiva la obra del rey David, y también en cuanto a la vida religiosa de su pueblo.

         Resume bien esta historia una de las estrofas del salmo responsorial de hoy: "Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu ungido, de David y su linaje por siempre". Con sus defectos y fallos David fue un gran hombre y un creyente, y Dios no le retiró su favor. Es una buena figura precursora del Mestas, el "hijo de David", Cristo Jesús.

         Sería presuntuoso por nuestra parte si quisiéramos compararnos con David en cuanto a la importancia histórica de nuestra vida. No podríamos asegurar que nosotros somos lo mejorcito de la Iglesia, "como la grasa es lo mejor" de la carne sacrificada a Dios en el templo. Pero sí podemos espejarnos en él, salvadas las diferencias históricas y sociales, en cuanto a los defectos y virtudes, en cuanto a los aciertos y los fallos, en cuanto a las actitudes cara a Dios y a los demás.

         Seguramente también nosotros hemos tenido caídas y ojalá hayamos reaccionado con humildad ante Dios. Habremos tenido ocasiones de perdonar a los que no nos miraban bien, como David. Tenemos alguna de sus cualidades (buen corazón, visión de fe) y por desgracia también alguno de sus defectos: momentos de debilidad pasional, métodos no siempre limpios de conseguir lo que pretendemos.

         Ojalá que se pueda resumir nuestra vida diciendo que, a pesar de nuestras debilidades y caídas, hemos tenido buena voluntad, hemos amado a Dios, le hemos cantado y celebrado, hemos confiado en él y hemos hecho el bien a nuestro alrededor, perdonando cuando había que perdonar. Que hemos sido buenas personas y buenos cristianos.

José Aldazábal

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         El Eclesiástico nos presenta hoy una imagen deslumbrante de David: "lo mejor de Israel". Nada se le ponía por delante en las batallas. Incluso, con solo la ayuda de una honda, mató al gigante Goliat, orgullo y fortaleza de los filisteos. David fue, dice el escritor, "adorador fiel del Dios Altísimo, al cual daba gracias por todas sus empresas". Y aunque estuvo envuelto en pecados, pidió humildemente perdón a Dios; por lo cual "Dios exaltó su poder para siempre".

         En efecto, David invocó al Señor Altísimo, y él le dio vigor a su diestra para aniquilar a un potente guerrero y reafirmar el poder de su pueblo. Por eso sólo a Dios sea dado todo honor y toda gloria. Él ha hecho suyo lo que a los ojos del mundo era poca cosa y lo elevó para sentarlo entre los grandes de su Pueblo.

         Lo único que espera Dios de nosotros es que nos dejemos amar por él; que nos pongamos en sus manos como el barro tierno está en las manos del alfarero; que pase lo que pase, confiados en él, sepamos que él llevará a cabo en nosotros su obra de salvación. Al final, aun cuando hayamos tenido que pasar por el crisol de la prueba, a pesar de que hayamos sido despreciados, perseguidos, calumniados y asesinados por el evangelio, entenderemos que Dios tenía la razón. Pues "era necesario todo eso para entrar en la gloria".

         David, a pesar de haber andado detrás de las ovejas, a pesar de su grandes pecados, puesto que supo arrepentirse, pedir perdón y humillarse ante Dios, fue amado por el Señor que lo separó para sí como grasa separada para Dios en el sacrificio de comunión. Viendo este testimonio aprendamos a volver a Dios y a poner en él toda nuestra vida y nuestra confianza.

Dominicos de Madrid

 Act: 06/02/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A