3 de Junio

Miércoles IX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 3 junio 2026

2 Tim 1, 1-12

         Comenzamos a leer hoy una de las últimas cartas del apóstol Pablo, dedicada a asegurar la solidez de sus comunidades, hacer frente a las desviaciones doctrinales y frenar las intrigas entre grupos.

         Como siempre, la carta comienza con el saludo inicial: "Yo Pablo, por voluntad de Dios apóstol de Jesucristo". Es decir, que su vida no había sido una pompa de jabón, ni el azar el causante de toda su obra apostólica. Sino que su vida había estado siempre en manos de Dios, y toda su obra había sido un continuo esfuerzo por corresponderle. Danos, Señor, a todos nosotros, esa fuerte convicción de que tenemos una vida, y una vocación, que vienen de Dios.

         Continúa diciendo Pablo que "doy gracias a Dios, con una conciencia pura, y sin cesar noche y día, por ti". Es decir, que el hombre ¡puede ponerse delante de Dios, y entrar en comunicación con é! ¿Qué densidad doy yo a mi vida?

         "Te recomiendo que avives el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos", comienza diciendo Pablo a Timoteo.

         Adivinamos así la verdadera preocupación de Pablo. Hasta ahora, él ha sido el responsable de las comunidades fundadas. Las tenía presentes, les escribía y les solucionaba las cuestiones que pudieran surgir. Pero Pablo presiente una importante mutación, y prevé la desaparición de los apóstoles. Así que es preciso establecer una jerarquía, y Timoteo será el 1º en esa línea sucesoria, como primer obispo de Efeso y primer sucesor de los apóstoles.

         No obstante, no consiste dicha sucesión en una transmisión de poderes o de organización, sino en una transmisión de la gracia recibida, conferida por la "imposición de las manos" y como puro "don de Dios". Y esto es importante recordarlo, sobre todo en un tiempo actual en que toda autoridad está pasando por un proceso de reconsideración, también en el seno de la Iglesia.

         Porque Dios, continúa diciendo el apóstol, "no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino un espíritu de fortaleza, de amor y de templanza". En efecto, ése debe ser el espíritu de todo obispo sucesor de los apóstoles (fortaleza, amor, templanza), como algo "dado por Dios" (o gracia episcopal) que ha de tratar circunscribirse en el ámbito de los valores humanos ordinarios.

         ¿Y para qué es necesario ese espíritu, y no otro? Lo contesta Pablo: para "soportar los sufrimientos por el anuncio del evangelio". No nos avergoncemos, por tanto, de dar testimonio, porque el 1º papel del cristiano es el servicio del evangelio, dando testimonio de nuestro Señor con fuerza, amor y templanza, por ese orden.

         "Yo sé bien de quien me he fiado", termina diciendo Pablo. Es decir, sufrimiento sí, pero no abatimiento; esfuerzo sí, pero no el desánimo. Y siempre por la misma razón: por una relación personal con alguien. "¡Yo sé en quien he puesto mi fe!". Pablo y Jesús, definitivamente, han vivido siempre unidos.

Noel Quesson

*  *  *

         Para entender la segunda Carta II a Timoteo es preciso tener en cuenta su circunstancia vital: Pablo, envejecido, se halla en una de las duras cárceles de Roma, sin aire ni luz suficientes, una de las húmedas y angostas cárceles que ya en aquellos tiempos fueron objeto de fuertes críticas. Además, allí espera angustiadamente un juicio del que sabe que no escapará con vida. Por si esto fuera poco, el Apóstol tiene la triste conciencia de que "todos los de Asia me han vuelto la espalda, como Figelo y Hermógenes" (v.15).

         Por eso, el tema que resuena en toda la carta es "ven cuanto antes" (v.4). Pero tal petición no obedece al designio de que Timoteo pueda escuchar personalmente las últimas instrucciones de Pablo. Si Timoteo debe ir a Roma no es para recibir la última voluntad del apóstol.

         Pablo expone sus últimas enseñanzas en la propia carta. Por tanto, la Carta II a Timoteo no es estrictamente un discurso de despedida, si bien contiene materiales de tal género literario. En una palabra: Pablo, a la hora de la muerte, busca simplemente compañía humana.

         Y este gesto del siempre austero Pablo no debería extrañarnos. Tenía derecho a esperar esta respuesta de amor humano. El austero apóstol había mostrado afecto muchas veces: "Recuerdos a María, que tanto ha trabajado por nosotros; a Ampliato, mi amigo en el Señor; a mi amiga Pérside; a Rufo, elegido del Señor; a su madre, que también lo es mía", dice en Rm 16,6. Esta carta es sólo un ejemplo de ello.

         Las penas del apostolado y las dificultades de la vida célibe no han de convertir al apóstol en un hombre seco e insensible al amor. De hecho, en las cartas pastorales (por citar otro ejemplo) Pablo muestra su amor a su discípulo predilecto: cada vez que pronuncia su nombre añade «mi amado hijo» (v.2), "verdadero hijo en la fe" (1 Tim 1,2).

         Fuera de las cartas pastorales, Pablo utiliza las mismas expresiones afectuosas (como "mi hijo muy amado y fiel en el Señor"; 1Cor 4,17), y Timoteo es el hijo que "tiene los mismos sentimientos" de Pablo (Fil 2, 20). Un autor que hubiese escrito ficticiamente a Timoteo no se habría molestado en inventar tantas variantes del rico lenguaje del amor.

Enric Cortés

*  *  *

         Dios quiso confiar el evangelio a Pablo, para que no sólo sea apóstol y heraldo, sino maestro del mismo. El evangelio es la fuerza de Dios que da la salvación no por las obras sino por la gracia manifestada en Cristo, el cual aniquiló la muerte y ofrece la vida inmortal.

         Este depósito de fe que Dios confió a Pablo, ahora él lo ha confiado a Timoteo, para que dé testimonio del mismo con la fuerza y el poder de Dios; por eso Timoteo no puede actuar con temor, pues Dios estará siempre con él como lo ha estado con Pablo, ahora prisionero de Cristo, no tanto de los romanos, pues la vida del hombre de fe está en manos de Dios y no de los hombres.

         Quien sufra por el evangelio estará manifestando que en verdad va por los caminos de Dios y que es fiel a la misión que se le ha confiado. Quien amolde su vida a los criterios de este mundo y se gane la complacencia de los poderosos y malvados dejándolos hundidos en su pecado, será un mercader del evangelio, pero no apóstol, ni heraldo, y mucho menos maestro del mismo. Vivamos con lealtad la confianza que Dios ha tenido para con su Iglesia al confiarle el evangelio y su anuncio al mundo entero para salvación de todos.

Javier Soteras

*  *  *

         Leeremos durante los próximos 4 días una nueva carta del NT, la 2ª carta de Pablo a Timoteo. Se trata del testamento espiritual de Pablo, que escribe desde la cárcel (la "penosa situación presente") a su discípulo Timoteo, compañero de misión en los viajes II y III y ahora responsable de la comunidad de Efeso. Pablo aparece cansado pero no derrotado, todavía lleno de energía, esperando un juicio que no llega, abandonado de todos, en puertas ya del sacrificio supremo de su vida.

         Hoy leemos el saludo de Pablo, que tantas veces repetimos al inicio de la misa: "La gracia, la misericordia y la paz de Dios Padre y de Cristo Jesús".

         Pablo recuerda con cariño a Timoteo, que le ha ayudado tanto. Le encomienda que siga adelante con valentía en su ministerio: "Aviva el fuego de la gracia" que recibiera el día de su ordenación, que no sea cobarde, sino que actúe con energía, amor y buen juicio, "no tengas miedo de dar la cara", "toma parte en los duros trabajos del evangelio".

         Vigoroso programa para todos los que de alguna manera somos apóstoles, testigos de Cristo en el mundo, evangelizadores en medio de esta sociedad.

         El modelo de esta actitud, aparte de Cristo Jesús, el apóstol auténtico y testigo fiel de Dios, puede ser el mismo Pablo, el viejo luchador y apóstol, que a lo largo de toda su vida se ha entregado de lleno a su ministerio. Y que ahora, en la cárcel, no cede en su empeño de anunciar a Cristo ("no me siendo derrotado", "sé de quién me he fiado"). Todavía le quedan fuerzas para preocuparse de las comunidades y aprovechar hasta las últimas energías para evangelizar.

         También nosotros, tanto los ministros ordenados como los religiosos y todos los cristianos, somos invitados por Pablo a agradecer a Dios nuestra fe, a crecer en ella, a dar la cara con nuestro testimonio en medio del mundo, a no ser cobardes en la vivencia de nuestra fe cristiana, a gastar todas nuestras energías trabajando por el evangelio. Es un testamento de Pablo y un programa estimulante para nosotros.

José Aldazábal

*  *  *

         "Tengo siempre tu nombre en mis labios cuando rezo, de noche y de día", confiesa hoy San Pablo a su discípulo y sucesor Timoteo. Al respecto, hay una expresión que hoy día se utiliza muy poco: la "comunión de los santos". Con estas palabras la Iglesia ha querido enseñar la eficacia de la oración. No se trata vivir grandes experiencias místicas, ni cosas fuera de lo normal, sino que es la comunicación que, de la manera más sencilla, se produce entre aquellos que compartimos una misma fe.

         Cuando San Pablo dirige su carta a Timoteo, le está recordando que no se encuentra solo. Gracias al poder de la oración somos capaces de crear la gran red entre los hijos de Dios. Y me río de la tan manida globalización, o los que se quedan pasmados ante el milagro de internet.

         Lo que tenemos entre manos es mucho más radical, ya que es el mismo Dios quién se ha comprometido a entrar en semejante dinámica comunicativa. ¿Cuál es nuestra fuerza?, nos interroga Pablo, aportando él mismo la causa de esa pregunta: "Porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio".

         Desde hace algunos años nos venimos asombrando de la renovación constante de las tecnologías en el mundo de la comunicación. El mundo se nos ha quedado pequeñito porque podemos comunicarnos con cualquiera y en cualquier parte. Con un diminuto teléfono podemos mantener una conversación sea la distancia que sea.

         Satélites, antenas, cable, ondas... todo está dispuesto para que el hombre no se sienta solo. Pero, curiosamente, el resultado suele ser el contrario. Cuanto más avance hay en la técnica, más soledad hay en los corazones. ¿Dónde está, entonces, el problema? En que el hombre parece estar al servicio de esas nuevas tecnologías, y no al revés.

         Pero "yo no me siento derrotado", nos dice hoy al respecto Pablo, pues "sé de quién me he fiado, y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio".

         Fiarse de Dios es poner todas las demás cosas como medios, no como fin. El brillo que puede producirnos una gran avance tecnológico quedará oscurecido por un nuevo descubrimiento, y así consecutivamente. Lo que viene de Dios, en cambio, nunca se agota, y la oración es la que nos hace permanecer siempre en comunicación con él y con todos los hombres... nunca envejecerá semejante instrumento divino.

Diócesis de Madrid

 Act: 03/06/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A