26 de Febrero
Jueves I de Cuaresma
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 26 febrero 2026
Est 4, 17-19
Preparada por el ayuno, la judía y reina Ester se entrega en el pasaje de hoy, con sus sirvientas, a una plegaria insistente. Se trata de una plegaria de total apertura a Dios, en la que su conciencia (sobre la explotación real persa a los judíos, sus hermanos) y facultades (su belleza y posición de prestigio, como reina de Persia) son puestas en manos de Dios, y se dejan iluminar por él.
En efecto, la inminencia del gran peligro, así como el reconocimiento de su propia flaqueza, despiertan en la reina una ferviente súplica a Dios, y un intenso deseo de quedar inundada por su presencia, su ayuda y su perdón.
La plegaria de Ester se halla totalmente impregnada de la confianza en Dios. Y en sus momentos de desgracia, y de peligro para su pueblo de sangre, pide a Dios que se muestre salvador, y defienda a los judíos frente ante los opresores (su propio marido y rey de Persia, Jerjes I). Ya que él ha escogido a Israel por heredad, y ahora (en pleno destierro en Persia, tras la deportación del 589 a.C) no lo puede dejar sucumbir.
La plegaria de Ester es vivida desde el fondo de su corazón, y se muestra dispuesta a la acción más comprometida y eficaz, que pueda ayudar a Dios a llevar a cabo sus planes. Pero ella sabe que dicha plegaria le ha de transformar a ella en 1º lugar, mediante una consagración y dedicación sagrada. Y para ello ve necesario sobrepasar las inercias y rutinas de su mente, salir del círculo obsesivo de sus propios proyectos, y sintonizar armónicamente con el tono de Dios. Por otro lado, la plegaria de Ester es penitencial, y su forma de expresarse está despojada de todo elemento superficial (v.2).
La forma literaria más bella de esta plegaria se conserva en su versión antigua, mucho más que la modificación griega de los LXX. En ella, Ester tiene necesidad de expresar a Dios todo lo que ella sabe que él sabe, y por eso empieza exponiendo su situación: sola ante el único, y dispuesta a dar su vida (vv.3-4).
Recuerda así Ester las gestas de Dios en favor del pueblo, y también reconoce el justo castigo de Dios. Pero la total exterminación del pueblo elegido sería un triunfo de los falsos ídolos, y por eso pide a Dios que no cierre la boca de quienes lo alaban (vv.5-11): "Pon en mis labios un discurso acertado" (vv.12-13).
Finalmente, apela Ester a la omnisciencia divina, que conoce su inocencia (vv.14-19) y que la dotará de valentía y profundidad para superar cualquier temor, a la hora de reclamar al rey de Persia una condonación de la deuda judía. La actividad de la plegaria, vivida intensamente, engendra en Ester confianza y valor.
Basili Girbau
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Es admirable la oración que la 1ª lectura de hoy pone en boca de la reina Ester, dentro de un libro (el Libro de Ester) escrito con una intención religiosa muy concreta: animar a los judíos a tener confianza en Dios, porque él siempre está dispuesto a ayudarlos y librarlos del mal.
Ester es una muchacha judía que ha logrado pertenecer al grupo de esposas del rey de Persia (Jerjes I), y que ahora está temblando porque su pueblo (y ella misma, por tanto) corre peligro de desaparecer físicamente, víctima de las intrigas de los ministros del rey. Por ello, la reina (Ester) toma la atrevida decisión de presentarse ante el rey sin haber sido llamada, fiándose no de sus fuerzas sino de la voluntad de Dios.
En su oración de invocación a Dios, antes de cometer tal actuación, reconoce Ester ante todo la grandeza de Dios, y su cercanía para con el pueblo elegido. Reconoce también que "hemos pecado contra ti" y hemos "dado culto a otros dioses". Y le pide que, una vez más, que les siga protegiendo. Se trata de una oración humilde y confiada, que resultó eficaz porque el rey persa accedió a su petición, el pueblo judío se salvó de la esclavización, y el ministro enemigo (no sin cierta dosis de astucia, por parte de Ester y los suyos) pagó su ambición con la vida.
La oración de Ester fue escuchada, lo que nos hace pensar que, aunque a veces no se nos conceda exactamente lo que pedimos (ni tal como nosotros lo pedimos), nuestra oración tiene otra clase de eficacia. Como decía san Agustín, "si tu oración no es escuchada, es porque no pides como debes, o porque pides lo que no debes". O como sucede a todo padre, éste no concede siempre a su hijo todo lo que pide, porque puede que eso no le convenga. Aunque no lo dudemos: siempre nos escucha Dios, y siempre y nos concede lo mejor.
Así, nuestra oración no debe ser la 1ª palabra sino la 2ª, en respuesta a la oferta de Dios, que es la 1ª palabra y que se adelanta a buscar nuestro bien, más que nosotros mismos. Cuando nosotros pedimos algo a Dios, estamos diciéndole algo que él ya sabía, estamos pronunciando lo que él aprecia más que nosotros con su corazón de Padre. Pero nuestra oración es en ese mismo momento eficaz, porque nos hemos puesto en sintonía con Dios y nos hemos identificado con su voluntad, y su deseo de salvación para todos. De alguna manera, además, nos comprometemos a trabajar en lo mismo que pedimos.
José Aldazábal
Act:
26/02/26
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