23 de Febrero
Lunes I de Cuaresma
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 23 febrero 2026
Lev 1, 1-2.11-18
En la 1ª lectura de hoy leemos cómo Dios dio al pueblo elegido un código de santidad y justicia: "Seréis santos porque yo, vuestro Dios, soy santo". Muchas prescripciones del AT siguen siendo válidas para nosotros, como las de esta lectura. Por ello, hemos de cumplirlas con mayor razón que los antiguos, desde la perfección y ayuda sobrenatural del NT.
En el AT el concepto de santidad es totalmente trascendente, único y distante, y no se puede llegar jamás a la santidad de Dios, pues él es el absolutamente Otro, separado y único. No obstante, nosotros sí podemos acercarnos algo más a él, e incluso tratar con él, ya que Cristo nos enseñó el camino y la forma de hacerlo: el amor. Pero un amor que no parte de nosotros, sino de él: "El amor de Dios ha sido derramado en vuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rm 5, 5).
Este amor se manifiesta en nuestras relaciones con los demás, como se indica la lectura de hoy del Levítico. Y eso sí es un signo de la santidad, procedente del mismo Dios, según relató el profeta Oseas: "No ejecutaré el ardor de mi cólera, porque yo soy Dios y no hombre; en medio de ti, Yo el Santo" (Os 11, 9). La tendencia a la santidad ha de ser, pues, nuestra tarea principal.
Como dice a este respecto San Agustín: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti" (Confesiones, I, 1). O como explica Casiano:
"Este debe ser nuestro principal objetivo y el designio constante de nuestro corazón; que nuestra alma esté continuamente unida a Dios y a las cosas divinas. Todo lo que se aparte de esto, por grande que pueda parecernos, ha de tener en nosotros un lugar secundario, por el último de todos. Incluso hemos de considerarlo como un daño positivo" (Colaciones, I).
El Señor quiere que no sólo estemos atentos a su ley, sino que hagamos de ella nuestro alimento cotidiano, nuestra delicia. Y por ese camino alcanzaremos la santidad. Para esto, resulta utilísimo meditar el Salmo 18, que hoy presenta la liturgia:
"Tus palabras, Señor, son espíritu y vida. La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. Que te agraden las palabras de mi boca, y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón, Señor, roca mía, redentor mío".
Manuel Garrido
* * *
En el libro del Levítico, Moisés presenta hoy al pueblo de Israel un código de santidad, para que pueda estar a la altura de Dios, que es el todo Santo.
En efecto, en el AT hay mandamientos que se refieren a Dios (no jurar en falso...), pero también los hay que insisten en la caridad y la justicia con los demás. La enumeración es larga, y afecta a aspectos de la vida que todavía siguen teniendo vigencia hoy: no robar, no engañar, no oprimir, no cometer injusticias en los juicios comprando a los jueces, no odiar, no guardar rencor. Sobre todo, hay 2 detalles concretos muy significativos: no maldecir al sordo (que no puede oír) ni poner tropiezos ante el ciego (que no puede ver).
La consigna final es bien positiva: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo", ya que "Yo soy el Señor". Dios quiere que seamos santos como él, y que le honremos con las obras (y no sólo con los cantos o las palabras). El salmo de hoy nos hace profundizar en esta clave: "Tus palabras, Señor, son espíritu y vida. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón".
José Aldazábal
Act:
23/02/26
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