6 de Abril

Lunes I de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 6 abril 2026

Hch 2, 14.22-33

         Durante la cincuentena pascual, que sigue a la cuarentena de la cuaresma, nos introduciremos en el ámbito de la Iglesia naciente. San Lucas, como prolongación de su evangelio, nos relata los 30 primeros años de la Iglesia, hasta el año 63. En los cap. 1-5 veremos el nacimiento de la Iglesia en Jerusalén, en los cap. 6-11 contemplaremos la expansión de la Iglesia hacia Oriente Medio, y tras el cap. 12 conectaremos con la actividad misionera de San Pablo hacia el Occidente.

         Hombres y mujeres, apóstoles y cristianos han vivido esa sorprendente epopeya misionera. Pero tras los hechos de los apóstoles, se halla un solo actor: el Señor Jesús viviente, que actúa por su Iglesia en la potencia del Espíritu. El dinamismo extraordinario de la Iglesia de los primeros tiempos proviene, por tanto, de una convicción: Jesús ha resucitado, está vivo y presente entre nosotros.

         Por esta razón se leen los Hechos de los Apóstoles como prolongación de la Pascua, invocando al Espíritu de Dios que venga a nosotros y abra nuestros corazones. Durante estos 50 días descubriremos que la resurrección no es sólo un maravilloso hecho histórico del pasado, que tuvo lugar en una fecha y lugar concreto. Sino que esta Resurrección es un misterio actual que perdura siempre, con un dinamismo vital que sigue actuando todavía hoy.

         "Pedro, de pie en medio de los once, decía con voz fuerte: Escuchad". Imagino la escena. Es el 1º día de la Iglesia, y los apóstoles acaban de ser sorprendidos, embargados por el Espíritu. Salen a la entrada de la casa, y Pedro, rodeado de los 11, toma la palabra y en voz alta proclama: "Jesús el Nazareno, el que matasteis en una cruz, ha resucitado".

         Los acontecimientos son recientes, y en una ciudad limitada como Jerusalén, se conservan en el recuerdo de todos. De hecho, un condenado a muerte ¡no es cosa de cada semana! Se le recuerda. Muchos de los auditores de Pedro debieron haber ido a ver la ejecución de Jesús en el Gólgota. Debieron haber visto su cadáver (colgado por los clavos en el patíbulo) y hasta el lanzazo final que abrió su corazón. Y después de todo esto, ¿Pedro se pone en pie para decirles decirles "nosotros lo hemos vuelto a ver"?

Noel Quesson

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         Comienza hoy Pedro a anunciar a todos la resurrección de Jesucristo, en quien se cumplieron las profecías de la Escritura. Este es el tema central de la 1ª proclamación del mensaje cristiano: el misterio de Cristo muerto y resucitado, según el plan de salvación de Dios. La celebración eucarística, al hacer presentes de nuevo los acontecimientos salvíficos, enrola y compromete toda nuestra vida actual en el plan salvífico de Dios, que se manifestará en plenitud cuando experimentemos la liberación definitiva en la vida gloriosa.

         Las palabras de Pedro declaran, recuerdan y testifican (dirigiéndose a los judíos) la verdad de fe que los discípulos confiesan abiertamente, y que a nosotros nos ilumina con su resplandor: Cristo es Hijo del Padre, y se encarnó para vivir como uno de nosotros, siendo juzgado inicuamente y condenado, y muriendo por nuestra liberación. Tras lo cual, resucitó por la fuerza del Espíritu, y ahora vive con el Padre, animando toda nuestra existencia. Pues Cristo es todo en todos.

         A este respecto, dice San Juan Damasceno que "el Señor recibió en herencia los despojos de los demonios, o sea, aquellos que desde antiguo habían muerto, y liberó a todos los que se hallaban bajo el yugo del pecado. Habiendo sido contado entre los malhechores, él fue quien implantó la justicia. La semilla de los incrédulos se abolió; el luto se cambió en fiestas y el llanto en himnos de gozo. En medio de las tinieblas brilló para nosotros la luz; de un sepulcro surgió la vida y del fondo de los infiernos brotaron la resurrección, la alegría, el gozo y la exultación" (Homilía de Sábado Santo, 27).

         La resurrección de Cristo, en efecto, es esperanza de incorrupción. Y hace posible que las afirmaciones del autor del Salmo 15 de hoy tengan plenitud de sentido en los labios cristianos. Pues por Cristo, el cristiano puede vivir su vida en esperanza de inmortalidad:

"Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti, pues tú eres mi bien. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en su mano. Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena; porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha".

Manuel Garrido

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         ¡Qué valentía la de Pedro! Pues en el pasaje de hoy, y puesto en pie, proclama ¡la resurrección de Jesús! Y eso que él mismo le había negado pocos días antes (asustado ante una criada de Pilato), y había jurando que no le conocía. Y ahora, ante todo el pueblo (y poco después ante las autoridades), se pone a dar testimonio de la resurrección de Jesús. Evidentemente, Pedro y los suyos han madurado mucho en la fe.

         Esta 1ª predicación de Pedro es una catequesis clara y contundente sobre la persona de Jesús, dirigida precisamente a los habitantes de Jerusalén, los que habían estado más directamente implicados en su muerte: "Vosotros lo matasteis en una cruz, pero Dios lo resucitó, y nosotros somos testigos".

         Pedro centra con decisión su anuncio en la muerte y resurrección de Jesús. Cuando le vieron morir, parecía como que Dios le abandonaba: "Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo; si confía en Dios, que le salve, porque ha dicho que es el Hijo de Dios" (Mt 27, 42). En efecto, el mismo Jesús había gritado desde la cruz: "Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Pero Dios le resucitó, y ahora Pedro y los suyos son testigos de cómo le ha reivindicado delante de todos.

         En la lectura de hoy, y también en el salmo responsorial, tenemos un ejemplo muy claro de cómo la 1ª generación cristianizaba los salmos, cómo los interpretaba desde Cristo. También nosotros, como el salmista creyente y como Jesús en el trance de su muerte, podemos decir el Salmo 15 con sentido.

         Si estamos experimentando momentos de desconcierto o de dolor, digámosle a Dios, al inicio de la Pascua: "Con él a mi derecha no vacilaré". Las dificultades de la vida pertenecen a nuestro seguimiento de ese Cristo que llegó a la nueva existencia a través de la pasión y de la muerte. Con él estamos destinados todos a la vida.

         Allí donde el salmista, un judío creyente sumido en el dolor pero lleno de confianza, afirmaba: "Con él a mi derecha no vacilaré, y mi carne descansará serena. Porque no me entregará a la muerte ni dejará a su fiel conocer la corrupción, sino que me enseñará el sendero de la vida". Pedro, y con él la comunidad cristiana, ponen estos sentimientos en boca del mismo Cristo Jesús. Consideran que la resurrección de Jesús ya estaba anunciada proféticamente en este salmo, que ahora resulta un verdadero Magnificat puesto en boca del Resucitado.

José Aldazábal

 Act: 06/04/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A