26 de Mayo
Martes VIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 26 mayo 2026
1 Ped 1, 10-16
Nos dice hoy Pedro que "sobre esta salvación investigaron e indagaron los profetas, que anunciaron la gracia destinada a vosotros". Y eso porque "el Espíritu de Cristo estaba presente en ellos". En efecto, tanto en el ritual judío como en la celebración cristiana de la vigilia pascual, se lee el pasaje de Éxodo (Ex 12): la comida pascual, y el cordero inmolado cuya sangre salva de la esclavitud y de la muerte.
El apóstol Pedro, en su homilía de hoy, actualiza ese mensaje: "Lo que los antiguos profetas anunciaban, sucede hoy y se realiza para vosotros". Y siguiendo la costumbre de los primeros apóstoles, afirma la continuidad absoluta del AT y del NT: es el mismo Espíritu el inspirador de los profetas antiguos, y el de los predicadores actuales del evangelio.
En mi vida, ¿creo yo de veras que el Espíritu Santo está ahí, presente en estas palabras divinas escritas, y que está presente también en mi corazón para que yo las comprenda? ¿Qué espera de mí el Espíritu Santo?
Por lo tanto, continúa diciendo Pedro, "tened alertado vuestro espíritu como servidores preparados para el servicio". El cristiano es ante todo un hombre siempre alerta, siempre atento al Espíritu, disponible y despierto, vivo y vigilante. Y para expresar esto Pedro utiliza espontáneamente una imagen de Jesús que recuerda bien: "Manteneos bien ceñida la cintura y con vuestras lámparas encendidas, como el servidor siempre pronto a la acción". Es por nuestro propio espíritu vigilante como podremos captar al Espíritu.
Se trata de una imagen viva y muy simpática. Pero ¿ocurre siempre así? ¿O vivimos medio dormidos, aburridos, dejándonos llevar por la pasividad? Ven Señor, mantén mi mente despierta, y hazme vigilante y disponible.
No hay ninguna razón, por tanto, para hundirse en el pesimismo, sobre todo si ponemos "toda nuestra esperanza en la gracia, que se nos procurará mediante la revelación de Jesucristo". Pedro no habla de desesperanza sino de esperanza perfecta. El mundo no se dirige hacia la nada o la perdición, sino hacia la "revelación de Jesucristo".
Pedro recuerda que había visto y oído a Jesús en Israel, y que vivía en la esperanza de volver a verle. Y trata de comunicar esa esperanza a sus oyentes. En griego la palabra revelación es el término apocalipsis, lit. "levantar el velo que cubre una cosa".
Sí, Señor Jesús, tú estás ahí presente, pero escondido bajo un velo. Y un día ese velo se rasgará y te veré. Haz que te encuentre hoy en mi vida y en mi oración. Y que la espera de tu encuentro, cara a cara, al final de mi vida, ilumine de esperanza y de alegría cada uno de mis días en la tierra.
Para concluir, nos amonesta Pedro a que "no os amoldéis a las apetencias de antes, del tiempo de vuestra ignorancia", sino que "como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta".
He ahí la espiritualidad aconsejada a esos recién bautizados, que están escuchando a Pedro. El ideal es muy alto (imitar a Dios), y en eso también Pedro repite lo que había oído decir a Jesús: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto". La gracia de mi bautismo es una llamada a la perfección, es una maravillosa aventura y es la 1ª piedra del edificio del "hombre perfecto".
Noel Quesson
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Si ayer hablaba Pedro de la herencia y la esperanza que nos concede Dios en su misericordia, hoy sigue con el mismo tema, pero situándolo en 3 etapas:
-en el pasado, en el que los profetas del AT estuvieron inspirados ya por el Espíritu de Jesús, escrutaban el futuro y "predecían la gracia destinada a vosotros", porque "se les reveló que aquello no era para su tiempo, sino para el vuestro";
-ahora, en el que los predicadores cristianos, también inspirados por el Espíritu, nos anuncian la buena noticia de que "en Cristo Jesús, y en su muerte y resurrección, se cumple todo lo anunciado antes";
-en el futuro, desde la perspectiva de "estar interiormente preparados para la acción, a la expectativa del don que os va a traer la revelación de Jesucristo".
Mientras tanto, el apóstol Pedro quiere que los cristianos se controlen, que vivan en la obediencia y que no se amolden a los deseos de antes. Sino que vivan en santidad e imiten la santidad del mismo Dios: "Seréis santos porque yo soy santo".
Los cristianos vivimos entre la memoria y la profecía, entre el ayer y el mañana. Y sobre todo en la vivencia del presente y del hoy, atentos a los valores fundamentales de nuestra salvación (la que nos ofrece Dios por Cristo) y a la comunión en su vida.
Si miráramos más de dónde venimos y a dónde vamos, viviríamos más lúcidamente nuestro presente. No sólo porque nuestra existencia estaría transida de esperanza, sino también porque asumiríamos con decisión el compromiso de vivir vigilantes, no dormidos ni indolentes, sino con disponibilidad absoluta, guiados por Cristo, con la consigna de no amoldarnos ya a los criterios de este mundo sino a los de Dios.
Cada eucaristía nos hace ejercitar esta actitud de memoria del pasado, de profecía abierta al futuro y de celebración vivencial del presente: "Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa (hoy), anunciáis la muerte del Señor (ayer) hasta que venga (mañana)" (1Cor 11, 26).
Por eso la eucaristía, con la luz de la Palabra y la fuerza de la comunión, nos va ayudando a ordenar nuestros pensamientos, y a ir creciendo en la unidad interior de toda la persona. Y esto en marcha desde el ayer al mañana, viviendo el hoy con serenidad y empeño. La eucaristía es nuestro mejor viático, nuestro alimento para el camino.
José Aldazábal