21 de Mayo
Jueves VII de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 21 mayo 2026
Hch 20, 30; 23, 6-11
En Pentecostés del año 57, Pablo ha llegado a Jerusalén. Los hermanos le anuncian que algunos judíos le acusan de incitar a la defección respecto las costumbres de Moisés, abandonando la circuncisión y otros ritos ancestrales (Hch 2, 21). De hecho Pablo, estando en el Templo de Jerusalén (donde había ido a orar), es perseguido a gritos: "¡Éste es el hombre que enseña contra nuestro pueblo, contra la ley y contra este lugar".
La policía romana decide entonces intervenir, como es su costumbre en todo motín, y conduce a Pablo a la fortaleza. Esta vez su cautiverio durará varios años, en Jerusalén, en Cesarea (capital romana de Israel) y después en Roma.
El oficial romano, queriendo saber con certeza de qué acusaban los Judíos a Pablo, mandó que le quitaran las cadenas, convocó el Gran Consejo judío e hizo que Pablo compareciera ante ellos. Imagino la escena. La convocatoria de las más altas autoridades judías, el acusado sin esposas, el interrogatorio y los testigos de cargo. Viendo a Pablo, vuelvo a ver a Jesús en la misma situación.
Entonces, Pablo pasa al ataque: "Yo soy fariseo e hijo de fariseo, y se me juzga por mi esperanza en la resurrección". Pablo sabe que es una cuestión de controversia entre las dos grandes corrientes religiosas de la época: el Partido Saduceo no cree en la resurrección, mientras que el Partido Fariseo sí cree en ella. Esto provoca un barullo en el Gran Consejo, y "se pusieron a disputar los fariseos y saduceos entre sí, y la asamblea se dividió entre un gran clamor".
Como el altercado iba creciendo, el oficial romano temiendo que Pablo fuese despedazado por ellos, mandó a la tropa que bajase, que lo arrancase de entre ellos y lo llevase de nuevo a la fortaleza. La camorra comienza, como sucedió antaño con Jesús.
A la noche siguiente, se apareció el Señor a Pablo y le dijo: "¡Animo! Igual que has dado testimonio de mí en Jerusalén, así debes darlo también en Roma". Pablo debió de tener también sus horas de angustia, sus horas negras. Jesús siente la necesidad de ir a reconfortarle, y por eso le remonta la moral: "¡Ánimo!".
El tema de la aflicción es uno de los temas dominantes de las epístolas de Pablo. Pero no sólo a nivel intelectual, o como algo teórico propio de un sermón. Sino que era una experiencia vivida. Los Hechos de los Apóstoles que venimos leyendo durante 7 semanas, nos dan el clima habitual de la vida de Pablo, en el momento en que escribía sus grandes epístolas: su valentía en las cuestiones de la fe.
Noel Quesson
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La historia de Pablo se precipita hacia su fin, y a su regreso a Jerusalén (del 3º viaje) es detenido por las autoridades romanas, entre otras cosas para protegerle del motín que contra él han sabido levantar los judíos (y que amenaza con lincharlo). Y está ahora en presencia del Sanedrín y del tribuno romano, que quiere enterarse de los motivos de tanto odio contra Pablo.
La astucia de Pablo le va a salvar también esta vez. Ante todo porque, conocedor de que en el Sanedrín hay un fuerte grupo de saduceos (que niegan la resurrección como imposible) y otro de fariseos (que sí admiten la posibilidad de la resurrección), provoca Pablo una discusión entre los 2 grupos, que se enzarzan entre sí olvidándose de Pablo. Y además, porque apela al césar.
Efectivamente, como ciudadano romano, y al ver que en Jerusalén va a ser difícil salir absuelto por la tensión que se ha creado en torno a él, Pablo invoca su derecho de ser juzgado en Roma. De noche oye en visión la voz del Señor: "Ánimo. Lo mismo que has dado testimonio a favor mío en Jerusalén, tienes que darlo en Roma".
En el fondo, ir a Roma (capital del Imperio) ha sido desde hace años para Pablo un sueño personal y también apostólico. Por eso apela al césar, y por eso hace lo posible para salir ileso del tumulto de Jerusalén contra él. Una cosa es dar testimonio de Cristo, y otra, aceptar la muerte segura en manos de los judíos. Más tarde, ya en Roma, en su segundo cautiverio, sí será detenido y llevado a la muerte, al final de su dilatada y fecunda carrera de apóstol.
A veces la comunidad cristiana tiene que saber también defender sus derechos, denunciando las injusticias y tratando de superar los obstáculos que se oponen a la evangelización, que es su misión fundamental. Y eso, no tanto por las ventajas personales, sino para que la Palabra no quede encadenada y pueda seguir dilatándose en el mundo. El mismo Jesús nos enseñó a conjugar la inocencia y la astucia para conseguir que el bien triunfe sobre el mal. Pablo nos da ejemplo de una audacia y una listeza que le permitieron hacer todo el bien que hizo.
José Aldazábal
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El conflicto de Pablo con las autoridades oficiales del mundo judío (las de Jerusalén) no se hizo esperar. Aunque el grupo apostólico intentó ocultar la presencia de Pablo, no lo consiguió, y algunos de los judíos venidos de la diáspora dieron cuenta a los jefes del Templo de Jerusalén de la presencia del apóstata. Pablo fue conducido a la cárcel, y no pereció en manos judías gracias a su ciudadanía romana.
Se trata de la 4ª comparecencia ante el Sanedrín (Consejo Supremo de los judíos) relatada en Hechos. Pablo sigue así los pasos de Pedro y de Juan (Hch 4, 5-22), de los apóstoles (Hch 5, 26-40) y de Esteban (Hch 6, 12-7,60). Y todos ellos siguen los pasos de Jesús (Lc 22, 66-71).
De esta manera, alude el cronista Lucas a que la persecución no detiene el testimonio del anuncio del evangelio del Reino, sino que lo estimula y lo extiende, según la promesa de Jesús. Y esto pretende la visión en que el Señor conforta a Pablo, y le anima a llevar su testimonio hasta Roma (Hch 23, 11).
Pablo aún se siente un judío con pleno derecho (Hch 23, 5). Para favorecer su precaria situación tercia a favor de su partido fariseo, lo que ocasiona una revuelta tremenda entre los asistentes. Los temas defendidos por Pablo eran en el momento motivo de disputa entre las diferentes corrientes políticas y teológicas.
Por fortuna y a pesar de la obstinación de Pablo, el Espíritu no lo abandona y lo insta a continuar el testimonio en el lugar al que estaba destinado: Roma, nuevo centro de la evangelización cristiana.
Servicio Bíblico Latinoamericano
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Pablo ha regresado a Jerusalén movido por el Espíritu, y allí los hermanos le han aconsejado realizar ciertos ritos de purificación en el templo, junto con sus acompañantes. Mientras hacía como le habían aconsejado, se suscitó un motín contra él, y a punto estuvo de ser linchado acusado de haber profanado la santidad del santuario. A duras penas la guarnición romana logró rescatarlo de sus enemigos (Hch 21, 17-40).
Pero el tribuno quiere poner en claro la causa de la hostilidad de los judíos contra Pablo y que para el efecto, lo hace comparecer ante el sanedrín, el máximo tribunal religioso de los judíos, el mismo ante el que habían comparecido, primero Jesús, y luego sus apóstoles, en los tiempos de la fundación de la Iglesia.
Pablo aprovecha las divisiones doctrinales y disciplinares de los judíos para escapar a un juicio que le hubiera resultado contrario: proclama ante el Sanedrín que ha sido arrestado por predicar la resurrección de los muertos, y así enfrenta a los fariseos y a los saduceos, en torno a sus diferencias en cuanto a la fe en la resurrección.
Pero el Espíritu Santo tiene otros planes para Pablo, como se le revelan en la visión nocturna: debe ir a Roma, la capital imperial, la ciudad más importante del mundo conocido en esa época. Una ciudad de 2 millones de habitantes, la sede del poder y de la civilización mundial. Hasta allí ha de llevar Pablo el evangelio de Jesucristo, ¡a la misma Roma!
Confederación Internacional Claretiana
Act: