18 de Mayo
Lunes VII de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 18 mayo 2026
Hch 19, 1-8
A lo largo de su 3º viaje misionero, Pablo se plantea como objetivo no tanto revivir otra época heroica de fundaciones (con métodos simples de 1ª evangelización), sino abordar la consolidación doctrinal y funcional de sus comunidades, previendo futuras desviaciones.
Y tras atravesar desde Antioquía las altas regiones de Anatolia, llegó finalmente a Éfeso, capital del Asia Menor. Allí se va a establecer el apóstol durante un periodo de 3 años, con el objetivo de estabilizar la importante comunidad del Asia Menor. Estamos entre los años 53 y 56, y en dicha estancia escribirá Pablo su Carta a los Gálatas y su Carta I a los Corintios.
Éfeso era una de las ciudades más importantes del Imperio Romano, capital de la provincia de Asia Menor. Como ciudad libre, tenía su propio Senado y Asamblea Popular, y era gobernada por un procónsul. Era un centro comercial importante (situado en la ruta principal entre Roma y el Oriente), y en él vivía gran cantidad de judíos.
Lo 1º que en Éfeso encontró Pablo es que la mayoría de los cristianos (evangelizados al barullo, y tan sólo visitados por él en una pasada fugaz, en su vuelta del 2º viaje) le confiesan no haber recibido (ni haber oído hablar) al Espíritu Santo, ni tampoco haber recibido el bautismo cristiano (sino sólo el de Juan Bautista).
Era Éfeso otra de esas ciudades cosmopolitas, y en ella las más variables sectas religiosas se disputaban los clientes. Los bautistas, ¿eran simplemente esenios? Porque entre esta secta y los cristianos discutían sobre la eficacia de sus bautismos respectivos.
Pablo, entonces, les dijo: "Juan bautizó con un bautismo de conversión diciendo que creyesen en el que había de venir después de él, o sea, en Jesús". Efectivamente, el bautismo de Juan era simplemente un signo de conversión, que se esforzaba en el cambio de vida humana. Mientras que la novedad del bautismo cristiano era una cuestión de fe, incorporando al orden nuevo de la gracia divina.
Los bautistas quisieron ser bautizados en nombre del Señor Jesús. Y cuando Pablo les impuso las manos, "el Espíritu Santo vino sobre ellos, y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar". En total, eran 12 hombres. ¿Estaríamos nosotros dispuestos a avanzar por una nueva etapa de la vida?
En definitiva, la enseñanza de Éfeso es que Dios actúa por etapas, y sus llamadas a una mayor perfección son sucesivas. Si quisiéramos quedarnos en la etapa a la que hemos llegado, podríamos rehusar esas nuevas llamadas de Dios. En este momento, ¿hacia qué progreso me empuja el Espíritu?
Para llegar a esa perfección, los discípulos del Bautista en Éfeso renunciaron a sus certezas y seguridades anteriores, y tuvieron que aceptar dar un nuevo paso. El milagro de las lenguas (o glosolalia, en que los nuevos confirmados se ponían a hablar lenguas incomprensibles) es un fenómeno significativo. Seguir al Espíritu es dejarse introducir por él en las zonas imprevistas de la aventura espiritual.
Noel Quesson
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El escenario geográfico de la narración de hoy pasa a ser Éfeso, la gran metrópoli de Asia y una de las ciudades más importantes del Imperio Romano, capital de la provincia romana y punto de confluencia entre el Occidente y las vías de comunicación hacia las regiones interiores de Asia. En este nuevo centro estratégico trabaja Pablo 3 años, funda una Iglesia (destinataria de una de las epístolas del corpus paulino) y hace de ella un punto de irradiación "para todos los habitantes de Asia" (v.10).
El relato de Lucas es un tejido de episodios llamativos: el caso de los discípulos que sólo conocían el bautismo de Juan Bautista (vv.1-6), las peripecias acostumbradas de la ruptura con la sinagoga judía, que determina el paso de Pablo a los gentiles (vv.8-10), la figura taumatúrgica de Pablo y los exorcistas judíos (vv.11-17) y la victoria de la nueva fe sobre las prácticas de magia, tan inveteradas en Éfeso (vv.18-20).
Los 12 discípulos de Éfeso que sólo conocían el bautismo de Juan representan un caso curioso. El episodio evoca el paralelo análogo de los bautizados de Samaria que todavía no habían recibido el Espíritu Santo (Hch 8, 14-17) y resalta que el Espíritu Santo, con sus carismas, es el rasgo que caracteriza a la comunidad de Cristo frente a la de Juan Bautista (vv.4-6).
Sin embargo, tenemos una vía mejor de explicación en la estrecha afinidad con el caso Apolo (Hch 18, 24-28), y parece plausible la hipótesis de ver ahí un resto del movimiento del Bautista, que se habría prolongado como un movimiento paralelo y acaso rival del cristianismo. ¡Una lección de ecumenismo! Una Iglesia viva y plural ejerce una atracción espontánea sobre los grupos marginales, que ven en la incorporación una posibilidad de crecimiento.
Fernando Casal
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Nos detenemos hoy a meditar el encuentro de Pablo con unos discípulos de Juan el Bautista, tenido lugar en Éfeso. Éstos habían recibido el bautismo penitencial del Bautista y, como buenos discípulos, recordaban a su maestro penitente y asceta, como norma de vida. Alabemos su fidelidad.
Pablo percibe que éstos están bien dispuestos y abiertos a cualquier novedad que venga del Señor, y se siente impulsado a decirles que den un paso más en su vida. Vosotros, les dice Pablo a los discípulos de Juan, ¿no habéis recibido aun la Buena Noticia de Cristo? ¿O es que no habéis recibido todavía la gracia del Espíritu Santo, que supera a la de Juan y transforma nuestras vidas?
Aquellos 12 bautistas se quedan sorprendidos, pues para ellos no había nada más profundo y purificador que su Bautismo de Penitencia. Sí, les responde Pablo, hay algo más: el Bautismo de Gracia del Señor Jesús. Y en cuanto les impuso las manos, dichos bautistas fueron tomados por el Espíritu, y lanzados a la nueva vida y misión.
Apolo, Pablo, tú y yo, todos somos creyentes por la gracia de Cristo, cada cual desde su peculiar iluminación. El detalle personal puede quedar en 2º plano. Lo importante es que siempre hablemos y actuemos con discernimiento según el Espíritu para que el don de Dios (fe, esperanza, amor, prudencia, fidelidad) quede de manifiesto a favor del reino de Dios entre los hombres.
José A. Martínez
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Pablo ha llegado a Éfeso en su 3º viaje misionero, y encuentra a un grupo de personas bautizadas sólo con el bautismo de Juan. Y se pone a conversar con ellos, subrayando que el signo distintivo de los cristianos es la activa presencia en ellos del Espíritu Santo.
Tras este diálogo con Pablo, aquellos bautistas se bautizan "en el nombre del Señor Jesús" (v.5), y reciben la imposición de manos de Pablo (en que acontece la efusión del Espíritu Santo sobre ellos). Se trata, pues, del Pentecostés de Éfeso, en línea con el de Jerusalén (Hch 2, 4) y Samaria (Hch 8, 17).
La importancia de la misión de Pablo en Éfeso queda consignada en el libro de Hechos por esa efusión del Espíritu Santo, que por lo visto consagró proféticamente a esa comunidad, para que fuese centro de irradiación del evangelio "en toda la provincia de Asia". El apunte final de Lucas sobre los 3 años de Pablo "hablando en público del reino de Dios" (v.8) también cualifican esa misión.
La vida del Espíritu huye de cualquier tufo de espiritualismo volátil, y basta con recurrir al viejo catecismo, en la página que enumera los dones y frutos del Espíritu, para comprobarlo. No obstante, la palabra de hoy recala en los frutos precisos de esta vida espiritual. Veamos esos 2 principales frutos.
En 1º lugar, "tener valor", porque el Espíritu es fuego, aliento y fuerza, y porque una vida eclesial a la defensiva no es vida según el Espíritu. Y en 2º lugar, saber que "el Padre está conmigo", como experiencia fundante que nos lleva a estar gustosamente en las cosas del Padre, sentir que somos objeto de la ternura de Dios. Esto parece fácil, pero no siempre empapa la espiritualidad cristiana.
Finalmente, nos dice el pasaje que aquellos 12 hombres (los bautistas) "se pusieron a profetizar". Sin muchas clases de teología, aquellos bautistas de Éfeso pasaron pronto de la ignorancia del Espíritu a profetizar, inspirados y empujados por ese mismo Espíritu. Lo contrario de esos cristianos que "prefieren ser buenecicos y no hacer ruido", pues el Espíritu es "ruido de cielo, como viento recio".
Conrado Bueno
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A lo largo de su 3º viaje misionero, Pablo llega a Éfeso, una de las ciudades más importantes del Oriente. Y allí estuvo más de 3 años, fundando una comunidad a la que luego le escribiría una de sus cartas. En Éfeso, como siempre, predica 1º Pablo a los judíos, en la sinagoga.
Como siempre ocurría en las estancias de Pablo, también en ésta de Éfeso empiezan a suceder cosas extrañas o sorprendentes. En este caso, nos dice el cronista que 12 hombres decían ser creyentes en Jesús, pero que no habían sido bautizados (sino sólo recibido el bautismo de Juan Bautista) y no conocían al Espíritu Santo. Probablemente, se cuenta este caso para dar a entender lo que tendría que hacerse en casos similares (por lo visto generalizados), en este caso ante los discípulos del Bautista.
Tras la sorpresa inicial, Pablo se pone a instruir amablemente a aquellos 12 hombres, sobre la relación entre el bautismo de Juan y el bautismo de Jesús. Y los 12 aceptan las recomendaciones, son bautizados de nuevo (esta vez "en el nombre de Jesús"), y reciben el Espíritu con la imposición de manos de Pablo. El Espíritu suscita en ellos el carisma de las lenguas, y empiezan a profetizar.
Como en Éfeso, también entre nosotros hay situaciones muy dispares a la hora de acercarse a la fe en Jesús. De todo el libro de los Hechos tendríamos que aprender cómo ayudar a cada persona, desde su situación concreta, a llegar hasta Jesús (como el eunuco que viajaba en carroza a Etiopía, o los filósofos del Areópago de Atenas, o las mujeres que iban a rezar al río de Filipos, o estos bautistas de Éfeso que se habían bautizado en el bautismo de Juan y no de Jesús).
Para todos tiene respuesta amable la comunidad cristiana. Para todos sabe encontrar el lenguaje adecuado, a partir de lo que ya conocen y aprecian. En concreto Pablo nos da un ejemplo de adaptación creativa a cada circunstancia que encuentra. En este caso, no condena el bautismo de Juan, sino que les conduce a su natural complemento, que es la fe en Jesús, el Mesías al que anunciaba el Bautista.
También nosotros deberíamos evangelizar con esta pedagogía, respetando en cada caso los tiempos oportunos, no desautorizando sin más la situación en que se halla cada persona, partiendo de los valores ya asimilados, y que seguramente constituyen un buen camino hacia el valor supremo que es Cristo. Como lo tendremos que hacer antes o después, tanto en América como en Africa o Asia.
Si lo hiciéramos así, el Espíritu subrayaría, incluso con carismas, como en Éfeso, este carácter de universalidad y pedagogía personal. Porque es él quien regala a su comunidad todo lo que tiene de vida y de imaginación y de animación, evangelizando toda cultura y toda situación personal.
José Aldazábal