17 de Febrero
Martes VI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 17 febrero 2026
Sant 1, 12-18
Nos interpela hoy Santiago con unas palabras de ánimo: "Feliz el hombre que soporta la prueba". Porque superada esta prueba, recibirá la "corona de la vida" que ha prometido el Señor a los que le aman.
La tentación, el mal, la prueba... Hoy, más que nunca, es ésta una de las objeciones más corrientes contra Dios: Si Dios es bueno, ¿por qué el mal? Santiago contesta: el mal, o lo que daña, es pasajero, y una prueba en el sentido moderno de la palabra, cuando se pone a prueba una máquina, o cualquier elemento técnico, para asegurarse de su cualidad y buen estado.
Lo mismo ocurre con el hombre, que destinado al gozo y a la felicidad eterna, ha de pasar por la prueba. Tras lo cual recibirá la "corona de la vida", una vez reconocido su valor. Si cree en ello, ya desde ahora el hombre puede hallar gozo en sus pruebas, sabiendo lo que "Dios ha prometido". Se trata, por tanto, de la virtud de la esperanza, sobre todo porque una "corona de la vida" (1Cor 9,25; Ap 2,10) es símbolo de alegría, de felicidad y de victoria, y una recompensa mesiánica, prometida para los últimos tiempos.
Por tanto, sigue razonando Santiago, "cuando uno se ve tentado, no diga que Dios lo tienta, porque lo malo no tienta a Dios, y él no tienta a nadie". La interrogación, pues, vuelve de nuevo: ¿Por qué nos somete Dios a veces a tales pruebas? Santiago contesta: "La prueba forma parte del designio de Dios", como fase pasajera y misteriosamente útil, aunque no es directa ni inmediatamente querida por Dios. Dios "no nos afrenta", sino que sólo esparce bondades. Y Santiago continúa argumentando: "Dios es santo, inaccesible al mal, no puede querer el mal ni puede proponerlo al hombre".
Luego, ¿de dónde viene la tentación? Viene de la naturaleza de las cosas de la creación que no son Dios, y del deseo del hombre, imperfecto también.
Pero si se analiza el 1º párrafo ("Dios se sirve de las pruebas para probar nuestro valer, y para conducirnos a la corona de la vida"), y si se analiza el 2º párrafo ("Dios no nos prueba directamente"), ¿se puede concluir que Dios me ha enviado esta prueba? ¿O bien que no es Dios quien me ha enviado esta prueba?
En el contexto ateo del mundo contemporáneo, es sin duda prudente no emplear la 1ª fórmula, que podría dar a entender que Dios no es verdaderamente bueno. De otra parte, resulta indispensable saber tomar las cosas con cierta filosofía, y aceptar los golpes de la fortuna, o las desventuras de la existencia, o las malas consecuencias de las leyes naturales... viendo en todo ello una ocasión de profundización. Desde este punto de vista las permite Dios. Y Jesús no ha estado tampoco exento de ellas.
Con todo ello, concluye Santiago: "No os engañéis, hermanos queridos, pues toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo alto y descienden del Padre, creador de las estrellas". Santiago insiste en ello, y Dios es todo bondad, todo amor y todo luz. En él no hay tiniebla alguna, y sólo puede querer el bien. Con su palabra de verdad, él quiso darnos la vida.
Noel Quesson
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De nuevo nos habla hoy Santiago de las pruebas y tentaciones de la vida que nos van saliendo al paso, y nos avisa que no echemos la culpa a Dios ni a ningún factor de fuera, porque nos vienen de nosotros mismos: "A cada uno le viene la tentación cuando su propio deseo lo arrastra y seduce. El deseo concibe y da a luz el pecado, y el pecado engendra muerte". Se trata de un análisis psicológico y religioso de nuestra debilidad humana.
De Dios sólo nos vienen dones y fuerza, y él sólo sabe ayudar, y nos ha destinado a ser "primicia de sus criaturas". Dios no tienta a nadie, ni inclina a nadie al mal, aunque popularmente digamos que Dios nos envía tales o cuales pruebas y tentaciones. Somos nosotros mismos los que nos tentamos, porque somos débiles, porque no nos sabemos defender de las astucias del mal y porque hacemos caso de nuestras apetencias (el orgullo, la avaricia y la sensualidad).
Tenemos siempre delante de nosotros la posibilidad de hacer el bien o el mal, de seguir un camino u otro. Y a veces sabemos dónde tendríamos que ir, pero la tentación nos hace ir hacia lo más fácil.
Lo propio de Dios es ayudar, porque "cuando me parece que voy a tropezar, tu misericordia, Señor, me sostiene. Y cuando se multiplican mis preocupaciones, tus consuelos son mi delicia", como dice el salmo responsorial de hoy. Dios nos va educando también a través de nuestras caídas, a lo largo de toda nuestra vida. El que supera la prueba "recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a los que le aman".
A Dios le pedimos a diario "no nos dejes caer en tentación" y "líbranos del mal". Esta fuerza de Dios es la que hará posible que se cumpla su plan sobre nosotros: "que seamos la primicia de sus criaturas". Que no sólo nos salvemos nosotros, sino que ayudemos a otros a seguir el camino que Dios quiere.
José Aldazábal
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Ayer se daba inicio a la carta de Santiago con estas palabras: "Que el colmo de vuestra dicha sea pasar victoriosamente por toda clase de pruebas", pues "al ponerse a prueba vuestra fe, os dará aguante". Y hoy nos añade: "Sabed que todo beneficio y don perfecto vienen del Padre", y nos recuerda que fue él quien "por propia iniciativa nos engendró, para que seamos la primicia de sus criaturas".
Es grandioso el don de la fe, que nos autoriza a usar ese lenguaje altamente dignificante del ser humano: Dios arriba, mirando desde allí y con amor a toda la creación, y poniendo en el centro de la misma a una criatura privilegiada (el hombre), que devuelva con emoción su pobre amor agradecido.
Dios quiere que nosotros seamos los mejores frutos de su creación, unidos a Cristo. Pero, así como el oro se acrisola en el fuego, así el hombre de fe se acrisola en la prueba, en la tentación que ha de ser vencida.
Ciertamente, somos frágiles e inclinados al mal. Sin embargo, no podemos escudarnos en esa debilidad para justificar nuestras malas acciones, pues Dios nos ha dado su Espíritu para que en todo salgamos victoriosos. Si muchas veces la tentación engendra el pecado, y el pecado la muerte, es porque no sabemos orar, ni pedirle a Dios que nos conceda la sabiduría necesaria para serle siempre fieles.
La vigilancia y la prudencia deben ser parte activa de nuestra vida, de tal forma que no nos dejemos sorprender, ni vencer, ni dominar por el pecado. Recordando que todo beneficio y todo don perfecto viene de lo alto, no dejemos de pedirle constantemente al Señor que "no nos deje caer en la tentación", y que "nos libre del Maligno".
Dominicos de Madrid
Act:
17/02/26
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