10 de Febrero

Martes V Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 10 febrero 2026

1 Rey 8, 22-23.27.30

         El día de la consagración del templo, Salomón se puso ante el altar del Señor, en presencia de todo el pueblo. Y extendiendo sus manos al cielo, pronunció esta oración: "Señor, no hay otro Dios como tú en lo alto de los cielos, ni abajo sobre la tierra. Tú que guardas la alianza y el amor a tus siervos".

         Efectivamente, la grandeza de Dios está en ponerse a disposición de su pueblo, en ligarse a él y en hacer alianza con él. El Dios trascendente se hace próximo, y es a la vez el Altísimo y el muy Próximo. Este es el gran misterio del Templo de Jerusalén.

         ¿Será verdad que Dios habita sobre la tierra? Porque "si los cielos y las alturas de los cielos no pueden contenerte, cuánto menos este templo que te he construido". En efecto, Salomón no se equivoca, y Dios está de veras "en el cielo" (es decir, es inaccesible e imposible de captar, y está fuera de nuestro alcance y comprensión). Pero el hombre tiene necesidad de mediaciones para alcanzar a Dios, y de intermediarios para encontrar a Dios.

         El templo es un medio de significar y sensibilizar la presencia de Dios. Porque sabemos que Dios está en todas partes y es difícil de alcanzar. Pero necesitamos lugares, o espacios sagrados, que nos ayuden a orar, concretizando y facilitando el encuentro con Dios. ¿Sé yo utilizar estos lugares? Porque, ciertamente, es verdad que un templo concretiza y facilita el encuentro con Dios.

         En el texto hebreo hay 3 palabras diferentes para designar la oración de Salomón ("Señor, presta atención a mi clamor, a mi súplica, a mi oración"). La 1ª es tefilá, que es un grito de angustia que se lanza en el dolor. La 2ª es tekinná, que es una súplica confiada en la misericordia de Dios. Y la 3ª es rinná, que es una plegaria gozosa, y ya segura de ser atendida. La plegaria ha de tomar en nuestros corazones toda clase de formas, según los diversos momentos que atravesemos.

         Tras lo cual, clamó Salomón: "Que tus ojos, Señor, estén abiertos noche y día sobre este templo. Y tú, desde el cielo donde habitas, escucha y perdona". Un Dios que me mira sin cesar, en este momento mismo: ése el el verdadero Dios de Israel, presente en el Templo de Jerusalén.

Noel Quesson

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         En su plegaria de hoy reconoce Salomón que la presencia del Señor en el templo recién construido es una nueva muestra de su fidelidad. Y esto le da confianza para pedir que el Señor continúe fiel a sus promesas, exigiendo solamente (según la tradición deuteronómica) que los descendientes de David sigan el ejemplo de fidelidad que David les dejó.

         Por más increíble que parezca la presencia de Dios en un lugar de la tierra, ahora de alguna manera es ya un hecho, gracias a la bondad con que Dios condesciende a los deseos de sus amigos. Por otro lado, Salomón es consciente de que el pueblo de Dios, pobre en la presencia del Señor, acudirá a rezarle en ese lugar en toda clase de necesidades, penas o peligros.

         Quisiera Salomón que el templo fuese un enlace entre el cielo y la tierra, como si Dios, poniendo oído y abriendo los ojos sobre ese lugar, acortase la distancia que separa al hombre que suplica del trono de Dios, inasequible arriba en el cielo.

         Pero bien sabe que esta distancia nada tiene que ver con lugar alguno: es sólo que el templo se ha convertido en un signo sagrado de la alianza que acerca a Dios a su pueblo. Mirando así el templo, está claro que el corazón del pueblo que ora y el corazón de Dios estén en trance de tocarse. Si la alianza es la que corta la distancia que nos separa de Dios, ni que decir tiene que, a medida que los lazos de la alianza se estrechan en el curso de la historia, Dios se acercará más a nosotros para escuchar nuestras oraciones.

         El deseo de Salomón se cumple más plenamente desde el día en que Jesucristo, sacerdote y templo de la nueva alianza, penetró en el cielo. Jesús no nos decía que orásemos en el templo para ser más prontamente escuchados, sino que orásemos "en su nombre", porque entonces será plena nuestra alegría de obtener lo que pedimos (Jn 16, 23-24). Y nos prometía también Jesús que el Padre concederá todo lo que 2 ó 3 estén de acuerdo en pedirle (Mt 18, 19-20).

         De las gracias que Salomón pedía a Dios para su pueblo, son seguramente las más grandes la reconciliación con Dios (la única que nos permite el retorno a su casa) y la inclinación de nuestros corazones a seguir sus caminos. Por estos y otros favores obtenidos de Dios, podrán reconocer todos los pueblos del mundo que no hay otro Dios fuera del Señor.

Guiu Camps

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         Es impresionante la estampa que del joven rey Salomón nos ofrece hoy la 1ª lectura: delante del pueblo, con los brazos elevados al cielo, y dirigiendo a Dios, en el templo recién edificado, una solemne oración en nombre de todos. Al frente de un pueblo, que se considera propiedad de Dios, Salomón se siente rey y sacerdote a la vez.

         Aquí leemos una selección de su hermosa oración, que en el libro I de los Reyes aparece bastante más larga. Y en dicha selección, Salomón da gracias a Dios por su fidelidad, reconoce que Dios no necesita templos (ni puede quedar encerrado en ellos) y recuerda que Dios es trascendente (el todo otro) y a la vez cercano a su pueblo. Y termina pidiéndole, por sí mismo y por todos los miembros de su pueblo (presentes y futuros), que preste siempre atención y escuche las oraciones que se le dirijan en este templo.

         El salmo responsorial de hoy nos hace cantar la alegría y el orgullo que los judíos sentían por su templo: "Qué deseables son tus moradas, Señor. Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre". Todas las religiones dan importancia al lugar sagrado, lugar de oración y de encuentro con la divinidad. Los mismos judíos tuvieron su propia Tienda del Encuentro (durante su travesía por el desierto), y una vez consolidado su reino, el Templo de Jerusalén.

         Para nosotros la novedad radical ha sido la persona de Cristo, que además de ser el sacerdote y la víctima y el altar, también se nos presenta como el auténtico templo del encuentro con Dios: "Destruid este Templo y lo reedificaré en tres días".

         Los cristianos, desde el principio, dieron más importancia a la comunidad que al edificio. Y al contrario que los paganos y de los judíos (que ponían énfasis en el templo como lugar de la presencia divina o domus Dei, al que pocos tenían acceso), los cristianos entendieron el lugar de culto como un domus Ecclesiae o casa de la comunidad, considerando a la comunidad misma como lugar privilegiado de la presencia de Cristo: "Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo".

         Los judíos (y ahora nosotros) eran invitados a no absolutizar su templo, y los profetas ya se encargaron de advertirles que no podían buscar en el templo como un álibi para descuidar el cumplimiento de la Alianza con Dios: "No os fiéis de palabras engañosas diciendo: templo del Señor, templo del Señor, templo del Señor. Si me juráis vuestra conducta y obras, y si hacéis justicia y no oprimís al forastero, al huérfano y a la viuda, entonces yo me quedaré con vosotros en este lugar" (Jer 7, 4-7).

         Los cristianos vieron muy pronto la conveniencia de construir iglesias para la reunión de la comunidad y para la celebración de sus sacramentos, en un espacio separado de los espacios profanos. Nuestro aprecio y respeto al lugar de nuestro culto está aún más motivado que el que los judíos tenían a su templo: para los que nos reunimos en él (y también hacia fuera), por la imagen de una iglesia con su campanario en medio del pueblo, como recordatorio hecho piedra de nuestra dirección existencial hacia Dios.

José Aldazábal

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         De la Oración de Salomón de hoy podemos aprender varias cosas. En 1º lugar que nada hay imposible para Dios, y que si a él no lo pueden contener los cielos de los cielos, sin embargo se ha dignado hacer su morada en nosotros, en su afán por mostrarse misericordioso para con nosotros. Y en 2º lugar que, puesto que él no habita en un corazón manchado, sus seguidores debemos vivir, con amor de hijos fieles, en una continua conversión hacia él, aprendiendo a cumplir de todo corazón su voluntad.

         Dios siempre está dispuesto a escuchar nuestros ruegos, como hizo con Salomón. Sobre todo porque él está con nosotros, y no como enemigo a la puerta, sino como Padre compasivo y misericordioso hacia nosotros. Por eso nuestras súplicas no pueden quedarse sólo en pedirle que nos ayude con cosas materiales (cosa que nunca hizo Salomón), sino que le hemos de pedir que venga a morar en nosotros, para que por medio de la fe lo aceptemos como único Dios y Señor nuestro.

Dominicos de Madrid

 Act: 10/02/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A