27 de Marzo
Viernes V de Cuaresma
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 27 marzo 2026
Jer 20, 10-13
El profeta Jeremías prefigura la pasión de Jesucristo, como ya hemos recordado varias veces. Él fue perseguido, e intentaron matarlo hasta sus propios familiares y vecinos. Pero confió firmemente en el Señor, en él puso su seguridad, y el Señor lo sostuvo.
El cristiano, que vive en la caridad de Cristo, ha de ir más lejos que Jeremías, sabiendo que el amor de Dios es capaz de llegar hasta la muerte. Y sin temor a los que matan el cuerpo, ha de confesar a Dios ante los hombres, con su fe y su conducta. Como dice Santo Tomás de Aquino, al respecto:
"El Señor padeció de los gentiles y de los judíos, de los hombres y de las mujeres, como se ve en las sirvientas que acusaron a Pedro. Padeció también de los príncipes y de sus ministros, y de la plebe. Padeció de los parientes y conocidos, y de Pedro, que le negó. De otro modo, padeció cuanto el hombre puede padecer. Pues Cristo padeció de los amigos que lo abandonaron; padeció en la fama, por las blasfemias proferidas contra él; padeció en el honor y en la honra por las irrisiones y burlas que le infligieron; en los bienes, pues fue despojado hasta de sus vestidos; en el alma, por la tristeza, el tedio, y el temor; en el cuerpo, por las heridas y los azotes" (Suma Teológica, III, q.46, a.5).
Por muy negra que sea la noche, siempre hay lugar para la esperanza. Jeremías, el profeta, siente el terror de saberse perseguido, asediado, amenazado de muerte por haber hablado en nombre de Dios. El peligro es inminente: oye el cuchicheo de la gente y crece el pavor en su corazón. Pero, al tiempo, experimenta la certeza de un Dios que no le abandonará. Su fuente más honda de paz y serenidad es "a ti he encomendado mi causa".
Jeremías permanece fiel al querer de Dios. Continúa proclamando que el Señor no está conforme con la conducta de su pueblo. Les echa en cara sus errores y pecados, pero también les presenta una solución: arrepentirse y acogerse a la misericordia de Dios. Ese es el camino que les ofrece para que recuperen la libertad, la paz y la esperanza.
Manuel Garrido
* * *
El 1º día del Triduo Pascual, de nuevo volverá a aparecer Jeremías en la liturgia, como figura de Cristo Jesús en su camino de la cruz, y con unas situaciones muy parecidas a las que meditábamos el Sábado IV de Cuaresma. A Jeremías, que cuando fue llamado por Dios cuando era un muchacho de 20 años, le tocó anunciar desgracias y catástrofes, si la gente no se convertía. El suyo fue un mensaje mal recibido por todos, por el pueblo, por sus familiares, por las autoridades. Tramaron su muerte, y él era muy consciente de ello.
Pero en la página de hoy se ve que, a pesar del drama personal que vive (y que en otras páginas incluso adquiere tintes de rebelión contra Dios), triunfa en él la oración confiada en Dios: "el Señor está conmigo y mis enemigos no podrán conmigo, porque el Señor libró la vida del pobre de manos de los impíos".
Jeremías representa a tantas personas a quienes les toca sufrir en esta vida, pero que ponen su confianza en Dios y siguen adelante su camino. De tantas personas que pueden decir con el salmo responsorial de hoy: "en el peligro invoqué al Señor y me escuchó".
Nosotros pertenecemos a este grupo de los que sí han creído en Dios, y le acogemos en su totalidad. Tal vez en nuestra vida también conocemos lo que es la crisis sufrida por Jeremías, porque no hemos tenido éxito en lo que emprendemos, porque sufrimos por la situación de nuestro pueblo, porque nos cuesta luchar contra el desaliento y el mal. Tal vez más de uno de nosotros está viviendo una etapa dramática en su vida y puede exclamar con el salmo responsorial: "me cercaban olas mortales, torrentes destructores".
Ojalá no perdamos la confianza en Dios y digamos con sinceridad: "En el peligro invoqué al Señor y me escuchó. Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza, mi roca, mi libertador. Desde su templo él escuchó mi voz, y mi grito llegó a sus oídos". Como tuvo confianza Jeremías. Como la tuvo Jesús, que experimentó lo que es sufrir, pero se apoyó en Dios su Padre: "Mi alma está triste hasta la muerte. Pero no se haga mi voluntad sino la tuya; a tus manos encomiendo mi espíritu".
José Aldazábal
Act:
27/03/26
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