13 de Febrero

Viernes V Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 13 febrero 2026

1 Rey 11, 29-32; 12,19

         Escuchamos hoy en la 1ª lectura el cisma de las 10 tribus del norte, respecto a las 2 tribus del sur. Una vez más, la Biblia nos interpela, y no podemos quedarnos simplemente con el relato de esos acontecimientos antiguos, interesantes para el historiador o el curioso de antigüedades. Sino que es preciso escuchar lo que Dios quiere decimos hoy, a través de esos textos.

         De nuevo nos encontramos con una aventura humana, vivida por el pueblo de Israel y dotada de un valor simbólico ejemplar: el cisma, o la separación de los que estaban destinados a vivir unidos. Pero ¿quién de nosotros no vive en situaciones de cisma? Porque también yo evoco situaciones parecidas en mi vida, en medio de mi trabajo, en mi vida de familia, en la Iglesia o en mi vida social. Sobre todo cuando creo divisiones, rechazos de diálogo y oposiciones.

         Sobre las causas del cisma de Israel (s. X a.C), la Biblia reflexiona e interpreta. Y parece ser que son las pasadas faltas de Salomón las que ahora recogen sus frutos. Unas faltas que habían pasado por:

-casarse con mujeres extranjeras, que Salomón hizo por razones de prestigio político, pero que introdujeron en Israel sus cultos idolátricos extranjeros;
-organizar fastos grandiosos y gigantescas construcciones, que pesaron sobre la economía del país (sobre todo sobre las clases medias) y estuvieron a punto a acabar en rebelión;
-favorecer en sus reformas administrativas el feudo real de Judá (provincia del sur), en detrimento de las provincias del norte (provocando que éstas reclamarán la autonomía).

         Tratando de interpretar estos hechos a la luz de la fe, encuentro que todo a mi alrededor está lleno de divisiones, e incluso en mi propia conducta. Por supuesto, no todo depende de mí, ciertamente. Pero tampoco es culpa de los demás. Entonces, ¿cuál es mi parte de responsabilidad, en las faltas de unión? ¿Cuál es mi parte de pecado en las faltas de comunicación entre personas?

         Con todo ello, nos dice la Escritura que el profeta Ajías rasgó su manto nuevo en 12 jirones, y exclamó en boca de Señor, Dios de Israel: "He ahí que voy a arrancar el reino de la mano de Salomón".

         Los hebreos estaban separados, y esto era un escándalo. De hecho, el propio Jesús tendrá que rogar al Padre para que "sean uno como nosotros, a fin de que el mundo crea". ¿No es ésta una de las grandes razones de la incredulidad, o del rechazo a la fe? Repitamos la oración de Jesús y roguemos por la unidad. ¿Soy de los que se resignan a los cismas, a los racismos, a las opresiones? ¿O soy de los que no se esfuerzan por reanudar los contactos perdidos?

Noel Quesson

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         Cuando los narradores deuteronomistas escribían el libro de Josué, resumían todo el sentido de aquella historia diciendo que "no dejó de cumplirse ninguna de las promesas de Dios a la casa de Israel" (Jos 21, 45). Pues bien, lo mismo pasó cuando se escribieron los últimos episodios de Salomón: todas las palabras dichas a David y a su hijo se cumplieron.

         En efecto, nos encontramos con el final de la historia de Salomón, y el narrador hace el balance de las infidelidades del rey, gravísimas a los ojos de la moral hebrea. Una ley antigua, conservada tanto en el decálogo yahvista (Ex 34, 16) como en la antigua exhortación deuteronómica (Dt 7, 3-4), exigía que Israel se mantuviese alejada de los cultos cananeos. Y para evitar todo peligro de seducción, esta ley prohibía a los israelitas pactar con los cananeos, cosa que habría implicado una participación en sus prácticas cultuales.

         Más que cualquier otro pacto, prohibía casarse con muchachas del país, ya que el pacto matrimonial llevaba fácilmente a la idolatría (Jc 3,6; Sal 106,35). Cuando el narrador deuteronomista escribía su historia, veía como algo inminente la amenaza de deportación por las culpas del pueblo. Era preciso, por tanto, poner de relieve las consecuencias fatales del comportamiento de Salomón.

         Quizás la consideración de los males que los matrimonios de Salomón con extranjeras habían traído a la casa de David apartaría al pueblo de continuar siguiendo aquel ejemplo. Pero fiel a su amor a la casa de David y a la ciudad escogida, Dios reserva Jerusalén y una tribu para los sucesores de David, mientras da el resto del pueblo a la dinastía de Jeroboán (con la promesa de conservarla para siempre, si guarda la fidelidad que no ha guardado Salomón). Y el pueblo queda definitivamente dividido en dos.

         Con esta narración, por tanto, ponen en guardia los profetas al pueblo de Dios (que somos nosotros) contra la ilusión de creer asegurada nuestra salvación, únicamente por el hecho de que Dios nos haya escogido y nos haya concedido sus promesas.

         A menudo ocurrió en el pueblo escogido que, en lugar de la felicidad esperada, Israel se encontró con cismas y otros desastres, tanto en razón de sus propias infidelidades como por las de sus dirigentes. En el caso de Salomón, el cálculo político de unos matrimonios que le aseguraban buenas relaciones con los Estados vecinos le hizo perder la verdadera felicidad de su pueblo, que sólo habría hallado guardando fidelidad a su Dios.

Guiu Camps

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         Escuchamos hoy cómo el reino del norte en Israel vuelve a independizarse del reino del sur, tal como sucedía en los tiempos previos a Saúl, David y Salomón. Y aun cuando se da una interpretación religiosa a esa separación, sin embargo los del norte siempre quisieron liberarse de los de Judá, hasta que lo lograron merced a un siervo de Salomón: Jeroboán. Ya en el futuro, siempre quedará presente esta nostalgia por la unión en un sólo pueblo, aunque Judá y su capital (Jerusalén) siempre reclamarán el liderazgo nacional.

         Hay muchas divisiones que constantemente se generan en los pueblos. E incluso no podemos negar las divisiones que, por diversas causas, se han generado dentro de los cristianos. El Señor nos llama a la unidad, y pide a su Padre para nosotros esa unidad. San Pablo nos recordará que hemos de vivir unidos por "un sólo Señor, una sola fe, un solo bautismo, como uno solo es Dios".

         Sólo el Espíritu Santo, que habita en el corazón de los creyentes, logrará la unidad entre todos los hombres. Sin embargo, por querer manipular al mismo Espíritu, muchos lo han convertido también en motivo de división (por no dar preeminencia al amor sino a los carismas, que son los que en teoría deberían ponerse al servicio del amor).

José A. Martínez

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         Termina hoy, y no muy gloriosamente, la historia de Salomón, que días atrás había conocido momentos tan felices. A Salomón le sucede su hijo Roboán, pero muy pronto 10 de las tribus del norte se separan y se van con Jeroboán (uno de los arquitectos del templo, a quien Salomón había nombrado ministro). Es bien expresivo el gesto simbólico del profeta Ajías a este respecto, con el manto rasgado en 12 trozos.

         Probablemente, los motivos concretos de la desgraciada separación entre Israel (norte) y Judá (sur) fueron de índole política y económica, junto con la falta de habilidad en el trato con las tribus del norte (que en el fondo seguían fieles a la memoria de Saúl, y se sentían marginadas en relación con las de Judá). Pero en este libro I de los Reyes todo se interpreta como un castigo de Dios, por el mal que se había llegado a hacer al final del reinado de Salomón.

         Pronto o tarde pagamos siempre las consecuencias de nuestros fallos y de nuestro pecado. Y Salomón había faltado nada menos que al 1º mandamiento, adorando a dioses extraños. Y eso sin olvidar que su acceso al trono ya estuvo lleno de intrigas y violencias, llegando a eliminar a los enemigos que se les ponían en el camino.

         Nosotros también caemos en idolatrías e infidelidades a Dios, y eso que le hemos prometido guardar su Alianza. Y eso nos hace llegar a ser intolerantes y hasta violentos, con una actitud que tiene sus raíces en el egoísmo, la ambición y el ansia de aplausos.

         No nos extrañemos que el pecado de Salomón produjera una división y cisma en Israel, porque roto el equilibrio, todo se precipita y decae. Tendremos por ello que oír también nosotros, en silencio y con la cabeza inclinada, la queja de Dios en el salmo responsorial de hoy: "Yo soy el Señor Dios tuyo, así que escucha mi voz: No tendrás un dios extraño. Pero mi pueblo no escuchó mi voz, e Israel no quiso obedecer".

José Aldazábal

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         En la liturgia de hoy escuchamos del libro I de los Reyes el relato de un episodio desconcertante, protagonizado por un profeta de Israel (Ajías) y por la división de Israel en 2 reinos: el reino del norte (Israel) y el reino del sur (Judá).

         El autor del libro, que se encuentra en el norte, considera que la división del reino en dos es un castigo de Dios a Salomón, y no el fruto de sus ambiciones, egoísmos o preferencias. Y lo relata con grafismo y simbolismo impresionantes, en el diálogo con Jeroboán (aspirante a regir el reino del norte). Ajías y Jeroboán salen de paseo y, en el campo, el profeta se quita el manto, lo hace trizas en 12 porciones (aludiendo a las d12 tribus de Israel) y señala cómo han de quedar distribuidos la tierra y pueblo:

-10 partes o tribus a las órdenes de Jeroboán, al norte. Ése será Israel;
-2 partes o tribus, a las órdenes de Roboán, al sur. Ése será Judá.

         El hecho de la división es una realidad. Pero no es loable que atribuyamos a Dios los frutos de nuestra ambición. Porque no es Dios quien divide, sino nosotros mismos los que nos dividimos, por nuestros intereses egoístas. El mal de la división no es castigo divino, sino una imbecilidad humana. Bien lo dijo Jesús en sus aforismos de sabio: "Persona o reino dividido es persona o pueblo vencido y destruido".

         Tomemos la lección del gesto del profeta Ajías, desgarrando su manto. Mas no para anunciar división sino para prevenir sus consecuencias en la vida. Es una desdicha dejarse llevar por sentimientos fugaces y atolondrados, como si con ellos nos viniera la felicidad. La felicidad personal supone conocerse y entenderse a sí mismo, acogerse en la realidad de cada día, ponerse en tensión superadora, sentirse débil y pobre. Y en disfrute de la unidad del ser, aportar a los demás vida, voluntad y acción.

         Pobre persona humana es la que interiormente está dividida, con esquemas rotos o esclavizantes. Y feliz la familia, comunidad o pueblo que se conoce y comprende, que aprecia cordialmente sus valores y que disfruta adecuadamente de sus beneficios, en armonía compartida.

Dominicos de Madrid

 Act: 13/02/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A