8 de Mayo

Viernes V de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 8 mayo 2026

Hch 15, 22-31

         Tras el Concilio de Jerusalén, los apóstoles y los ancianos (presbíteros) de Jerusalén deciden elegir de entre ellos a algunos, y enviarlos a Antioquía. Se busca cuidadosamente el acuerdo de todo el mundo respecto a la decisión tomada. Y es preciso que la Iglesia de Antioquía (donde surgió el conflicto) esté al corriente de la deliberación y de las decisiones. Se envía, pues, una delegación de Jerusalén a Antioquía.

         Y se les confió la siguiente carta: "Hemos sabido que algunos de entre nosotros os han perturbado con sus palabras". Lo que hoy se llama "reconsiderar una postura". ¡Que humildad en ese principio de la carta! La comunidad de Jerusalén reconoce sus fallos.

         Pero sigamos con el texto de la carta, porque a continuación dice: "El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido". Unánimemente, dice el texto, el concilio ha decidido no imponer una sobrecarga a los gentiles (la circuncisión) y, por tanto, prescribe la ley de Moisés. No se trata, por tanto, de decir que "la Iglesia cambia todas las costumbres", sino que se atribuye dicha decisión conciliar... ¡al Espíritu Santo! Señor, concédenos el amor de la Iglesia, y la confianza en las decisiones de la Iglesia.

         Las decisiones, o exigencias del Concilio de Jerusalén, fueron tres, y siempre encaminadas a abstenerse: 1º de sacrificios a los ídolos, 2º de carne y sangre estrangulada, 3º de uniones ilegítimas. ¡Estas son las pocas exigencias concretas propuestas a todos, antiguos gentiles, y antiguos judíos! Abandonar totalmente a los ídolos, privarse de comer ciertas carnes, restaurar una sexualidad normal en el marco de la pareja monogámica.

         Si uno piensa en las costumbres paganas de la época, se da cuenta de que la conversión a Cristo pedía un verdadero cambio de mentalidad, unos comportamientos nuevos, una vida nueva. Creer en Cristo y pedir el bautismo es cambiar de vida, es entrar en nuevas exigencias.

         Entonces los delegados, después de despedirse, bajaron a Antioquía, donde reunieron la asamblea y entregaron la carta. La leyeron todos los antioquenos, y los hermanos se regocijaron de aquel aliento. Y también Pablo partió pues de nuevo hacia sus comunidades, decidido a que se aplicaran todas las decisiones tomadas.

Noel Quesson

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         Escuchamos hoy el decreto final del Concilio de Jerusalén, el 1º del cristianismo y el que abrió una amplia perspectiva al desarrollo de la misión apostólica. Un Decreto que subraya, sobre todo, la unión de caridad en la primitiva Iglesia: "El Espíritu Santo y nosotros". La caridad produce y consagra dicha unión, es la auténtica ley del Espíritu y lo verdaderamente indispensable en nuestra vida cristiana. San Agustín lo expone, al describir ala caridad como madre de la unidad:

"No están todos los herejes por toda la tierra, pero hay herejes en toda la superficie de la tierra. Hay una secta en África, otra herejía en Oriente, otra en Egipto, otra en Mesopotamia. En países diversos hay diversas herejías, pero todas tienen por madre la soberbia; como nuestra única Madre Católica engendró a todos los fieles cristianos repartidos por el mundo. No es extraño, pues, que la soberbia engendre división, mientras la caridad es madre de la unidad" (Homilías, XLVI).

         La vocación de los gentiles es el cumplimiento del universalismo mesiánico. Por eso damos gracias a Dios ante todos los pueblo y cantamos para él ante las naciones con el Salmo 56 de hoy:

"Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está firme. Voy a cantar y a tocar. Despierta gloria mía; despertad cítara y arpa, despertaré a la aurora. Te daré gracias ante los pueblos, Señor, tocaré para ti ante las naciones; por tu bondad que es más grande que los cielos, por tu fidelidad que alcanza a las nubes. Elévate sobre el cielo, Dios mío, y llene la tierra tu gloria".

         El documento que propone el Concilio de Jerusalén tiene las limitaciones propias del momento en que se promulga, pero supone un esfuerzo eclesial realizado en caridad. Con razón los fieles de Antioquía se alegraron. Comenzaban a ver la singularidad de la vida en Cristo, con su gracia y libertad.

Manuel Garrido

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         Después del esfuerzo de discernimiento que supuso la reunión de Jerusalén, nos enteramos de las conclusiones a las que llegaron los discípulos, convencidos de que les asiste el Espíritu: "Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros". La carta que envían con los delegados personales desde Jerusalén a todas partes donde hay convertidos del paganismo, sobre todo a Antioquía, tiene detalles muy interesantes:

-desautoriza a los que "sin encargo nuestro os han alarmado e inquietado";
-alaba cordialmente a "nuestros queridos Pablo y Bernabé, que han dedicado su vida a la causa de Nuestro Señor Jesucristo";
-la decisión a la que llegan es "no imponeros más cargas que las indispensables". Por tanto, queda reafirmada la convicción teológica de que la salvación viene de Jesús, y no hará falta que pasen por la ley de Moisés los que se convierten del paganismo. Es decir, ha triunfado la tolerancia y la interpretación pluralista de Pablo y Bernabé;
-aunque sí se exigen las 3 condiciones que había enumerado Santiago y que les parecieron a todos razonables: huir de la idolatría y de la fornicación, y no comer sangre o animales estrangulados.

         La decisión fue muy bien recibida, y los cristianos, "al leer aquellas palabras alentadoras, se alegraron mucho". El salmo responsorial de hoy recoge esta sensación: "Te daré gracias ante los pueblos, Señor, tocaré para ti ante las naciones".

         Cuando nuestras comunidades se reúnen, y se esfuerzan por discernir cuál es en concreto la voluntad de Dios, las decisiones que tomamos deberían parecerse a las de Jerusalén. En toda discusión debería triunfar la caridad, la visión liberal, tolerando muchos detalles periféricos y centrándonos en lo importante.

         Cuando tomamos una decisión comunitaria, ¿podríamos decir con sinceridad que "hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros"? ¿O nos dejamos llevar de intereses o de cerrazones debidas a nuestra inercia o nuestra comodidad? Nuestras decisiones, además de ser ortodoxas y conformes a toda ley, ¿son alentadoras, como la de Jerusalén? ¿Llenan de alegría a los interesados? Para Hechos de los Apóstoles, la alegría es una señal clara de que se ha actuado conforme al Espíritu.

José Aldazábal

 Act: 08/05/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A