4 de Julio
Sábado XIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 4 julio 2026
Am 9, 11-15
A lo largo de los capítulos precedentes, el mensaje de Amós ha tendido a recordar que el culto debe constituirse y crecer desde la adoración, como respuesta al acto salvador de Dios (anámnesis). Y hoy sentencia que por haber querido ignorar esto, dicho culto es causa de muerte para la comunidad: "Vi al Señor en pie junto al altar, y me dijo: Golpea los capiteles y trepidarán los umbrales" (v.1).
Simbólicamente viene a significar Amós que este mismo templo donde los israelitas iban a presentar sus ofrendas, diezmos y sacrificios (suyos, pero no de Dios), es ahora la causa de la muerte de la fe, aunque Dios siga interviniendo (de otro modo) en la Alianza, como siempre hizo en el pasado.
Dios no es una divinidad local, ni está ligado a una tierra como el resto de divinidades cananeas, sino que es el único Dios de todo lo que existe, de todos los pueblos, de todas las fuerzas y de todas las potestades. Y se sirve de los acontecimientos internacionales, y no sólo de los asuntos tribales.
El libro de Amós, que se abre con un proceso a los países paganos y a Israel, se cierra con la referencia a los pueblos extranjeros confrontados con Israel. Y los cusitas (descendientes de Cam), así como los filisteos y arameos, tan distanciados de Israel (por historia, religión y etnia), son igualmente pueblos del Dios de Israel, en una identidad y dependencia fundamental: "Hijos de Israel, ¿no sois para mí como etíopes?" (v.7).
Sin embargo, esta igualdad no suprime el privilegio de la Alianza concedido a Israel, de forma gratuita. La misión del profeta es explicar los acontecimientos a este pueblo ciego y sordo (Israel), y convertirlo así en una señal para los demás. El "día del Señor" es un aviso de Amós para que Israel abandone las falsas seguridades y ese culto vacío, que ha hecho imposible el encuentro con Dios y el amor al prójimo, mediante un egoísmo excluyente y obcecado: "Prepárate, Israel, a encararte con tu Dios" (Am 4, 12).
Frederic Raurell
* * *
Termina hoy el Ciclo de Amós con una llamada a la esperanza: "En aquel día levantaré la cabaña ruinosa de David, repararé las brechas, restauraré las ruinas y la reconstruiré como en los días de antaño". Amós ha sido ante todo un profeta de desdichas, anunciando catástrofes (como la caída de Samaria, que efectivamente sucedió el 721 a.C) y horribles sufrimientos (el destierro en Asiria), y llamando a la conversión.
Pero Amós no era un "sepulturero de los entusiasmos humanos" (como diría Nietzsche), ni se complacía en la desgracia. ¡No! La última palabra de los profetas es siempre la esperanza, y aunque es verdad que el "día del Señor" será calamitoso para muchos (porque destruirá el mal), dicho día será ante todo salvador, porque "las ruinas serán restauradas, y las ciudades reconstruidas".
En propia boca de Amós, "he aquí que vienen días, oráculo del Señor, en que el labrador empalmará con el segador". El tiempo se acorta, y apenas ha sido labrada la tierra que ¡ya apuntan las espigas! Es la abundancia de Dios, que ya está preparada para saciar al hambriento de él.
Se trata de imágenes nos invitan a soñar, como sigue diciendo el propio Amós: "Destilarán vino nuevo las montañas, y en todas las colinas se derretirá". Es preciso descubrir de nuevo la esperanza, pues el vino es el símbolo de la alegría y de la comida festiva, y el propio Jesús lo escogió como símbolo de sí mismo.
Pero hay más, porque sigue diciendo el profeta que "volverán a Israel los deportados, y se reconstruirán y habitarán las ciudades devastadas, y se plantarán viñas y se beberá vino, y se cultivarán las huertas y se comerán sus frutos". ¡Qué hermosa imagen! Porque se trata de una hermosa huerta donde un árbol frutal (venido de Dios) surte de todo tipo de abundancias a sus hortelanos. Ésa es la vida abundante que Dios quiere darnos, como dirá el propio Jesús: "He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10).
El trabajo tiene a menudo un carácter pesado y alienante, que con demasiada frecuencia se hace sin alegría y de forma penosa, para ganarse así la vida. Pero eso es precisamente lo que aquí no se anuncia, pues el trabajo de Dios no será alienante, ni tendrá ya el carácter de castigo del Génesis (Gn 3, 19). Señor, ayuda a los hombres aplastados por su trabajo, y condúcenos hacia nuestra profunda liberación.
Para concluir, declara Amós en nombre de Dios: "Yo os plantaré en un suelo, y no seréis jamás arrancados de la tierra que os di. Esto dice el Señor, tu Dios". Para Dios, la vida presente y terrena no es un simple accidente fortuito, ni tampoco una preparación para la otra vida. Sino que está destinada a perdurar, con nosotros en ella. Todos tenemos el deber de ser felices aquí abajo, porque esto es un don de Dios. Eso sí, sin olvidar abririnos a las perspectivas de la vida eterna, en la que "Dios será todo en todos" y realizará una felicidad en plenitud (Ap 21, 4).
Noel Quesson
* * *
¡Menos mal que la semana termina con un poco de esperanza! Porque Amós, cansado ya de meter tanto el dedo en la llaga, adopta hoy un tono positivo que nos ayuda a afrontar el futuro de otra manera: "Haré volver a los cautivos de Israel".
El guión profético es siempre el mismo. Primero se mete miedo en el cuerpo, luego se ponen los motores al máximo, y cuando el personal está compungido, entonces vienen las promesas y los halagos. Sin embargo, la vida nos muestra que la realidad es siempre así, y que toda patria es un exilio superado, y que toda alegría es una tristeza vencida, y que toda paz es una guerra terminada. A esto, en lenguaje cristiano, lo llamamos "misterio pascual". Cuesta hacerse a la idea de que así es como avanza la vida verdadera.
Gonzalo Fernández
* * *
El final de nuestra lectura de Amós se tiñe hoy de un tono de esperanza, y tras haberse terminado ya las denuncias, el vidente anuncia un futuro de felicidad. Sobre todo, invita Amós a Israel a tener confianza en Dios, pues a pesar de sus exigencias en el cumplimiento de la Alianza, es comprensivo con nuestra debilidad.
Las imágenes están tomadas de la vida del campo: se levanta la choza caída, se reparan las ruinas, se suceden rápidamente las cosechas, se recoge vino abundante de las viñas, los cautivos vuelven a casa, se reedifican las ciudades... Como se ve, Dios siempre deja un resquicio a la esperanza, y siempre nos permite el camino de retorno. Así había sucedido tras el crimen de Caín, o tras el diluvio universal, o tras la esclavitud en Egipto. Y así sucederá tras los destierros en Asiria y Babilonia, profetiza Amos. Dios tiene corazón de padre, y él mismo curará las heridas y reconstruirá las ciudades en ruinas.
Dios corrige, pero corrige siempre desde el amor, como un padre a su hijo. Y por eso nunca debemos perder la esperanza ni la confianza en él, porque "Dios anuncia la paz a su pueblo, y a sus amigos, y a los que se convierten de corazón. El Señor dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto".
¿Qué brechas o ruinas hay en mi vida, que Dios me está pidiendo que repare? Con confianza, hemos de rezar y poner manos a la obra, aprendiendo la lección del pueblo de Israel y haciendo caso al profeta Amós, que nos invita a cambiar nuestra vida, para que ésta discurra por los caminos que Dios quiere.
José Aldazábal
Act:
04/07/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()