27 de Junio
Sábado XII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 27 junio 2026
Lam 2, 2-19
Es muy conveniente que, al terminar esta sección histórica del libro de los Reyes, la Iglesia nos proponga una página de un hombre inspirado, que nos recuerde que hay dos niveles en la historia.
-el
nivel de los hechos, que las crónicas y los periódicos pueden describir y
narrar,
-el
nivel de la aventura espiritual, que unos testigos pueden vivir en lo hondo
de sí mismos.
En efecto, nos dice el libro de las Lamentaciones que "el Señor ha destruido sin piedad todas las moradas de Jacob, y ha derruido en su favor todas las fortalezas de Judá". Sus ancianos están "sentados y silenciosos, derramando polvo sobre su cabeza", y las doncellas de Jerusalén "inclinan su cabeza hacia la tierra, agotando de lágrimas sus ojos y temblando en sus entrañas por el desastre de sus hijos", porque "desfallecen niños y lactantes por las calles de la ciudad, diciendo a sus madres: ¿Dónde hay pan?".
Es un gran poeta el que ha escrito esto, un hombre de Dios con un corazón sensible, solidario con las desgracias que se han abatido sobre su pueblo. E incluso aunque este pueblo sea el culpable, porque ¡lo es! Porque este profeta (¿Jeremías?) ya había anunciado estas desgracias, y lo había hecho con valentía.
Lo que resulta más trágico es pensar que esta página no es solamente una descripción del pasado, sino que hoy también es posible que muchísimos niños griten pidiendo pan, y sus madres no sepan qué decirles. Con Jeremías puedo llorar yo también, y no tengo derecho a quedarme tranquilo, sin hacer nada.
¿Y qué puedo decir? ¿O a quién te compararé, hija de Jerusalén? ¿Quién podría sanarte? Sí, hay que interrogarse, con estas preguntas y con otras. Porque los profetas tuvieron visiones y dijeron la verdad, mientras que los falsos profetas se quedan callados, o dicen que no va a pasar nada. Señor, danos verdaderos profetas.
Termina Jeremías sus lamentaciones animando a que "tu corazón clame al Señor y se derrame ante el rostro del Señor", y a que "tus manos se alcen ante él". Una invitación a la oración, para transformarnos y adoptar los puntos de vista de Dios. Sí, el sufrimiento existe, y es inútil taparse los ojos.
Pero hay que creer en la última palabra de Dios en la historia, porque Jerusalén está destruida y todo es luto y miseria. Pero no está todo perdido, mientras un hombre como Jeremías esté ahí. El diálogo con Dios continúa, y la vida volverá a su curso.
Noel Quesson
* * *
La última página del repaso histórico que hemos ido escuchando estas semanas la tomamos del libro de las Lamentaciones, y es verdaderamente triste. Se trata de un canto patético de dolor, que describe que la ciudad (Jerusalén) está destruida, que los ancianos guardan silencio, que las lágrimas brotan en los ojos de todos, que los niños andan desfallecidos de hambre. Pero el autor del libro invita al pueblo a dirigirse a Dios con su oración, y sus manos alzadas al cielo.
La oración se la pone en los labios el salmo responsorial de hoy, que por una parte sigue describiendo con trazos plásticos la desgracia del pueblo, y a la vez invita a elevar a Dios estas palabras: "No olvides sin remedio la vida de tus pobres, y acuérdate de la comunidad que adquiriste desde antiguo. Que el humilde no se marche defraudado".
Muchas veces tenemos que levantar nuestras manos hacia Dios, y lamentarnos con Jeremías de las situaciones que nos pueden parecer dramáticas. Porque cuando interpretamos desde la fe nuestra historia personal de dolor, o las desgracias de la Iglesia o de la sociedad humana, nos volvemos más humildes, y acudimos con mayor confianza a Dios, que es el único que tiene las claves de la historia y el que sigue queriendo nuestra salvación.
Muchos de los salmos que rezamos, tomados de la historia del AT, nos sirven para expresar nuestros sentimientos, ayudándonos a leer la historia con sentido religioso, sin perder nunca del todo la esperanza. La oración universal de la misa también es una letanía en la que pronunciamos, delante de Dios, las deficiencias de nuestro mundo, y decimos con confianza: "Te rogamos, óyenos". La de Israel era una situación límite, y las nuestras tal vez también nos lo parezcan. ¿Es que Dios se olvida de nosotros? ¿Es que su salvación se aleja o era un espejismo?
La oración nos hace recapacitar sobre nuestras debilidades, y sobre la grandeza y la bondad de Dios. Israel encontró en él la salvación, y también nosotros si vemos en nuestra triste historia la presencia de Dios, que nos compromete a colaborar con él en la solución de los males del mundo.
José Aldazábal
* * *
Ayer nos presentaba la 1ª lectura los fríos datos históricos de la caída del Reino de Sur, y hoy nos describe la lamentación por dicho acontecimiento. El libro de las Lamentaciones, que hoy escuchamos, es muy breve (tan solo 5 capítulos), y debe su nombre precisamente a eso, a iniciar los cap. 1, 2 y 4 con un sonoro ¡Ay!
Aunque originalmente era conocido dicho libro como la Qinah (lit. Cantos Fúnebres, que corresponde a la traducción griega threnoi y a la latina lamentationes), éste forma parte de una de las secciones de los Ketubim (lit. Escritos) de la Biblia Hebrea (junto a Rut, Cantar, Qohelet y Ester), aunque la tradición anterior de los LXX lo sitúa tras el libro de Jeremías.
El libro de Lamentaciones está formado por 4 elegías y 1 oración comunitaria, y cada composición corresponde a un capítulo del libro, y viene a profundizar en el sentido teológico de 4 acontecimientos:
-la destrucción de Jerusalén, que es interpretada
como castigo merecido por los pecados del pueblo (Lm 1,5.8.14.20.22; 3,42; 4,5;
5,7.16), aunque la culpa esté en manos de los profetas y sacerdotes (Lm 2,14; 4,13;
Jer 14,13-16; Ez 13,1-6).
-el conflicto
entre la fe en Dios y la realidad de la humillación (Lm 2,15; 4,12; Sal 46; 48;
76).
-el ataque enemigo, que es interpretado como un exceso de
injusticia perpetrada contra Israel, lo cual provoca las dudas acerca de la
justicia divina, y pide que el opresor sea castigado con la
misma dureza (Lm 3, 24-26).
-la absoluta defensa de Sión, que cultiva
la espera paciente a la que ha de someterse el pueblo (que aguarda su
restauración una vez confesados los pecados).
El texto de hoy forma parte de la 2ª lamentación, formada por 22 versos en los que tan sólo pueden percibirse cierta estructuración, dado que el tono y estilo apasionados no permiten una agrupación sistemática de los elementos.
Del v.1 al v.8 Dios es presentado como el sujeto de las acciones, y es él quien ha destruido Jerusalén. La descripción es terrible, y está llena de símbolos de guerra, de detalles (sobre la ciudad y el templo) y de expresiones cargadas de ira (repudiar, olvidar, violentar...).
Del v.9 al v.12 ya no es Dios el sujeto de las acciones, sino que es el escritor quien se deja invadir por la emoción, y da el protagonismo a nuevos elementos (puertas, cerrojos, muchachas, madres, niños...).
Del v.13 al v.16 se desarrolla una crítica a los falsos profetas, y una sátira puesta en boca de los enemigos. Por último, del v.17 al v.20 se retoman temas e imágenes anteriores, pero aparece un nuevo elemento: el grito a Dios, para que cobre venganza.
En 1º lugar se presenta a Dios como el ejecutor de la destrucción de Judá, y se señalan los principales puntos de actuación (las moradas, las plazas fuertes) e instituciones (el rey y los príncipes). El motivo es también puesto en evidencia: la indignación, causada por los pecados de sus moradores.
En 2º lugar se describe el terrible cuadro de la Jerusalén devastada. Las distintas edades son presentadas cada una con su más trágico destino (los ancianos sentados en el suelo, las doncellas humilladas, los jóvenes y niños desfallecidos, las madres con el dolor de sus hijos muertos en sus brazos), y hasta el escritor se encuentra derramando lágrimas dentro de este mismo cuadro.
En 3º lugar se formula el escritor a sí mismo una serie de preguntas, que vuelven a evidenciar el trágico estado en el que se encuentra la ciudad. Y aparecen unos responsables directos: los falsos profetas. Al final, ante tanta desolación acumulada, aparece un grito desesperado: "¡Grita con toda el alma al Señor!", pues él es el único que puede cambiar la situación. Al pueblo, en sus diversas instituciones y edades, y al mismo autor, sólo le queda la tarea del arrepentimiento sincero.
Como elementos significativos, Jerusalén es descrita como una doncella (Lm 2,13; 1,15) y una viuda (Lm 1, 1), aludiendo al abandono en que se encuentra. La doncella inviolada, que tenía a Dios como roca, ha sido abandonada y ha quedado a merced de los vientos, criticándose así la ideología de determinados grupos políticos y proféticos que fue tan criticados por algunos profetas, como Amós (Am 9, 7-10) y Jeremías (Jer 7, 1-15).
Es también importante destacar la imagen de Dios como enemigo del pueblo, que encontramos en otros lugares de la Biblia (Is 5,26; Jer 21,5-6). Porque es él quien ataca y mueve a los enemigos (Lm 3,1-16.43-45; 4,11), en respuesta al pecado del pueblo. Los ancianos son la expresión de la honorabilidad y el buen gobierno, y por eso aquí están representados por las escenas de duelo (Lm 2, 10), tendidos en las calles (Lm 2, 21), muertos de hambre (Lm 1, 19) y sin que nadie se apiade de ellos (Lm 4, 16).
Finalmente, los profetas palaciegos son en parte los causantes del drama que se está sufriendo, puesto que profetizaron mentiras (Lm 4, 13) sin recibir visiones de Dios (Lm 2, 9), y por eso fueron asesinados (Lm 2, 20).
Las palabras de tristeza, la descripción de los desastres, y el sentimiento de abandono, se encuentran también en el salmo responsorial de hoy. Este salmo 73 (el 74 en la Biblia hebrea) contiene 23 versículos, y en ellos se realiza una súplica en medio de un ambiente de desgracia nacional. Se describen los sucesos y el estado actual, y se recurre a Dios invocando su honor y su Alianza.
Servicio Bíblico Latinoamericano
Act:
27/06/26
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M U R C I A
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