26 de Junio
Viernes XII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 26 junio 2026
2 Rey 25, 1-12
Apenas instalado sobre el trono de Jerusalén, Sedecías I de Judá se rebela contra Nabucodonosor II de Babilonia, en medio de las múltiples agitaciones políticas que estaban marcando las fronteras del nuevo Imperio Babilónico.
Jeremías recorre entonces las calles de Jerusalén (Jer 27-29), y repite sin cesar a Sedecías que Dios no es solamente el rey de Judá, sino que es el que rige el universo, y que si estima que hay que confiar el poder a Nabucodonosor, esto pertenece a su secreto y hay que plegarse a él. Pero Sedecías hace caso omiso a Jeremías, y solicitando la ayuda de los egipcios (antiguos aliados de Jerusalén), se coloca pronto al lado del faraón Hofra, en su nueva campaña contra el Oriente.
Nabucodonosor da orden entonces de poner en Asedio a Jerusalén por 3ª y definitiva vez, y al desmantelar este bastión, espera sofocar las reivindicaciones orientales de Egipto.
A pesar de las censuras de Jeremías (Jer 34, 1-7), el rey Sedecías se parapeta en la ciudad, y mantiene un asedio sin salida. Cuando Nabucodonosor relaja provisionalmente su asedio a Jerusalén, para ir a aplastar a los ejércitos egipcios, el profeta pronuncia entonces nuevos oráculos (Jer 37, 1-10). Pero de nuevo el rey rechaza los consejos de Jeremías (de leer los acontecimientos a la luz del designio de Dios), y aprovecha esta circunstancia para huir de Jerusalén (v.4).
Alcanzada la tropa de Sedecías por los caldeos, ésta es pronto aniquilada, junto a toda la descendencia davídica (v.7). El templo es incendiado (v.9), y nuevos cautivos se unen en Babilonia a los primeros exiliados (v.11). No quedan en el país más que los pobres y enfermos (v.12) con su miseria y su esperanza. Además, Jeremías es conducido a la cárcel, junto al resto de dignatarios judíos (Jer 37).
Nosotros tenemos la tendencia a leer el relato de la Caída de Jerusalén con indiferencia, creyendo que un desastre de este calibre no podría producirse en la Iglesia (que se apoya sobre una roca mucho más sólida que Sión). Sin embargo, sería demasiado extraño que Cristo, que prefirió la muerte antes que reinar, pusiera su cuerpo al abrigo de las catástrofes. La Iglesia sabe que la muerte no dirá la última palabra, pero que es lo que le espera en este mundo.
Las promesas futuras han procurado a los cristianos, a veces, una falsa seguridad, como si estuviesen dispensados de pasar por el sufrimiento para llegar a la vida. Jesús no prometió que la Iglesia no moriría, sino que, incluso en la muerte, viviría.
Maertens-Frisque
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Humanamente hablando, el texto de hoy nos relata los últimos sobresaltos del pobre reino de Judá. Es verdad que sabemos que de esta prueba salió un pueblo más espiritual y fortalecido (años después), pero esos judíos eran incapaces de ver eso, cuando estos sucesos tuvieron lugar.
En efecto, veíamos ayer cómo el 597 a.C, en la Conquista de Jerusalén y 1ª deportación judía a Babilonia, Nabucodonosor II de Babilonia había instalado en Jerusalén a un rey fantoche, Sedecías I. Pues bien, entonces un profeta, llamado Jeremías, surgió en medio del pueblo, y se puso a gritar al rey y a los ciudadanos que fueran sumisos al invasor, y colaborasen con él aunque fuese un usurpador. Pero Sedecías no le escucha, y prefiere alistarse con Egipto para comenzar una reconquista.
Se trató de un mal cálculo político, porque la reacción de Nabucodonosor II fue terrible, aparte de que la ayuda egipcia nunca llegó. Y al cuarto mes de un nuevo asedio a Jerusalén, "arreció el hambre en la ciudad". En sus Lamentaciones, el propio Jeremías enumera los dramas humanos que se desarrollaron en esa ciudad: los niños llorando, los cadáveres por las calles, el mercado negro arreciando...
En una de esas noches, el rey Sedecías trató de escapar, pero fue capturado unas las milicias babilónicas que degollaron a todos sus hijos en su presencia, y luego le sacaron los ojos y lo llevaron escarnecido a Babilonia. Y tal fue el final del último rey de Israel (Sedecías I de Judá) y de toda esa dinastía davídica a la que Dios, por el profeta Natán, había prometido una posteridad eterna: "Uno de tus hijos reinará para siempre en el trono que te he dado".
Pero Dios, ¿abandonó realmente a su pueblo? Y las promesas de Dios ¿fueron vanas y falsas? Hay que reflexionar y orar mucho ante tales acontecimientos, porque aportan una significación para todos los tiempos. Y porque las promesas de Cristo ("las fuerzas del infierno no prevaldrán contra la Iglesia") no dispensan a la Iglesia de fracasos y hundimiento, como ocurrió a Jerusalén y su dinastía davídica. La respuesta está en que Dios "no abandona a su pueblo", incluso cuando éste está muriendo.
Finalmente, el pueblo judío retornó del exilio, y dicho pueblo empezó a producir, para el mundo entero, una de las más bellas páginas del más hermoso libro sagrado: la Biblia. Señor, creo que la respuesta al "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" se halla en la mañana de Pascua. Pero qué duro es, Señor, creer cuando se está en la muerte, o cuando se está en la noche del fracaso.
Noel Quesson
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En la Conquista de Jerusalén del 597 a.C (que leímos ayer) Nabucodonosor II de Babilonia y sus tropas habían saqueado todo lo valioso de Jerusalén, y habían deportado a Babilonia a los mejores judíos. Tan sólo había dejado la mano de obra barata, junto a unos gobernantes débiles y sin autoridad.
Es entonces cuando surge Jeremías, el profeta que entre la 1ª y la 2ª deportación (que hoy leemos, del 587 a.C) intentó convencer al pueblo para que volviera a la práctica religiosa de la Alianza, y políticamente desistiera de ofrecer resistencia a Babilonia. No obstante, nadie le hizo caso, y ante la petición de auxilio del rey Sedecías I a Egipto, la vuelta de Nabucodonosor fue inmediata, el castigo fue ya total, y la deportación fue definitiva.
Se trata de la página más negra de la historia del pueblo elegido: el fin del reino de Judá, como antes había sucedido con el del reino de Samaria. Nabucodonosor quiso además dar a Sedecías un castigo ejemplar, ajusticiando en su presencia a sus hijos, y luego dejándole ciego. Destruyó Jerusalén, y envió a todos al destierro.
El salmo responsorial de hoy no podía ser otro: "Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión". Se trata de un salmo que surgió hacia el final de ese destierro, y poco antes de que Ciro II de Persia abriera a los judíos el camino para la vuelta a Jerusalén.
Pero a punto estuvo de consumarse la desaparición total del pueblo y de la religión judía, incluida la promesa mesiánica. Y si también los ancianos se hubieran olvidado de la Alianza, era lógico que dijeran: "Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha, y que se me pegue la lengua al paladar".
En nuestra historia personal hay días que parecen totalmente negros, como el del pueblo elegido del AT al ver su templo destruido, su nación deshecha, la fe perdida, y las promesas de Dios irrealizables. La Iglesia se debilita, las vocaciones escasean, la sociedad se paganiza, las familias se tambalean en su misma estructura, nuestras fuerzas fracasan. Pero esto ocurre por culpa nuestra, como en el caso de los judíos (que no hicieron caso al profeta Jeremías, y que se fiaron de alianzas políticas antes que volver a los caminos rectos de la Alianza), y porque nos fiamos antes de las herramientas del mundo que de las espirituales, y así no vamos a ninguna parte.
Escarmentar en cabeza ajena es de sabios. Y a la fidelidad de Dios debe responder, día a día, nuestra propia fidelidad, corrigiendo los desvíos que pueda haber en nuestro camino. Dios es fiel a sus promesas, y a la oscuridad le seguirá la luz, como a la noche la aurora o al túnel la salida. La puerta sigue abierta.
José Aldazábal
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Ayer leíamos cómo el rey de Judá, Joaquín I, había sido deportado a Babilonia por orden de Nabucodonosor II de Babilonia, y se había llevado consigo a todos los hombres más aptos para el trabajo. Y hoy leemos cómo un nuevo rey de Judá, Sedecías I (tío de Joaquín I), es también deportado a Babilonia por orden de Nabucodonosor, pero no con honores sino ciego y empapado en la sangre de sus hijos. Y todo ello por haber sido colocado por Nabucodonosor en el trono, y rebelarse luego contra él.
No sabemos si a Sedecías le picaba la conciencia, o si en su cabeza había serrín, o si se le habían subido los humos a la hora de defender y mantener la identidad histórica, en legítima defensa y singular audacia. Pero el hecho es que volvieron los ejércitos caldeos y asolaron Jerusalén, y todo fue pasto de las llamas.
Así es la lucha diaria de los humanos, por incomprensible que una y otra vez resulte. Se desprecia la convivencia y se impone la ley del fuerte. ¿Seremos capaces alguna vez de romper esas mallas que nos envilecen? Escuchemos al profeta Jeremías, que hoy nos dice, y que ya le había dicho al rey Sedecías, que no siempre hay que luchar y vencer, sino también someterse y obedecer, aunque sea al opresor.
Dominicos de Madrid
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La 1ª lectura de hoy continúa el tema que se venía desarrollando: la historia de Israel. Y hoy asistimos a uno de sus acontecimientos más traumáticos: la total destrucción de Jerusalén, y la total deportación de sus habitantes a Babilonia. Estamos en el final del libro II de los Reyes, pero situemos brevemente los acontecimientos.
A Josías I le había sucedido su hijo Joacaz I (609 a.C), que reinó 3 meses hasta que fue depuesto por el faraón Nekao (quien constituyó rey al hijo de aquél, Joaquín I). En los días de Joaquín I el caldeo Nabucodonosor II de Babilonia cercó Jerusalén y deportó al rey con toda su familia y súbditos, entronizando en su lugar a su tío Sedecías I. Pero éste se rebeló contra Babilonia, por lo que Nabucodonosor llevó a cabo la destrucción total de Jerusalén, y la total deportación de sus habitantes a Babilonia (587 a.C).
El texto de hoy recoge los sucesos más importantes de la caída definitiva de Jerusalén. Se trata de una narración puramente histórica, aunque está escrita desde la perspectiva deuteronomista. Según nos narra el profeta Jeremías (Jer 37, 16-38, 28), el comportamiento del rey Sedecías I, respecto a Babilonia, fue ambiguo, y estuvo muy mediatizado por el partido pro-egipcio (Jer 27,14-22; 28,1-7; 29,1-32). De hecho, el año 593 a.C. los reyes vecinos (de Edom, Moab, Amón, Tiro y Sidón) enviaron mensajeros a Jerusalén para luchar contra Babilonia, y la idea fue apoyada por los anti-babilónicos y algunos profetas palaciegos (como Ananías; Jer 28).
El profeta Jeremías se opuso a esta confabulación anti-babilónica, como contraria a la voluntad divina (Jer 27, 1-11). Pero Sedecías I siguió adelante con ella, y al cabo de 5 años se negó a pagar el tributo a Babilonia, llevando al enfrentamiento directo con Nabucodonosor (2Re 24, 20). El rey Sedecías trataba de aprovecharse del frente egipcio en que se había metido Nabucodonosor (contra el faraón Ofrá), pero el entusiasmo no duró mucho, porque Nabucodonosor destrozó Egipto y volvió con ansias de sangre a Jerusalén.
El asedio y castigo a Jerusalén duró 18 meses, hasta que el día 9 de Tammuz (18 de julio) del 587 a.C. se abrió una brecha en la ciudad, y por ella intentaron escapar sus habitantes. La masacre de los que escapaban, y de toda la familia real, fue completa, y tuvo lugar en Riblá. La destrucción de Jerusalén fue protagonizada por Nabusardán (jefe de la guardia del ejército babilónico), mientras que Jeremías y Ezequiel interpretaban todo ello como "el justo castigo por las injusticias e idolatrías de los jefes de Israel".
Otros detalles de interés del texto son la ejecución de los hijos de Sedecías ante sus propios ojos (que posteriormente le fueron arrancados) y su traslado a Babilonia encarnecido. Y todo ello por haber quebrantado el juramento solemne hecho a Nabucodonosor (Ez 17, 11-21). Respecto al general Nabusardán, según Jeremías (Jer 39,13-14; 41,10; 43,6) estuvo un mes entero (el mes de Ab o agosto) devastando todo el reino de Judá, y no sólo Jerusalén, dejando vivos a escasos 10.000 habitantes.
Servicio Bíblico Latinoamericano
Act:
26/06/26
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ordinario
E D I T O R I
A L
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R C A B A
M U R C I A
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