9 de Julio
Jueves XIV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 9 julio 2026
Os 11, 1-4.8-9
Presenta hoy profeta Oseas una de las más bellas y profundas síntesis del amor de Dios, justo cuando más negativamente está creciendo la ingratitud de Israel: "Cuando Israel era niño lo amé, y desde Egipto llamé a mi hijo. Pero cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí, ofreciendo sacrificios a los baales" (vv.1-2). El amor es presentado como la causa del nacimiento de Israel, y como la clave de la elección. Todo el amor tierno y educador de Dios se resume en la imagen del padre que levanta a su hijo hasta sus mejillas, y le ayuda a comer.
Todas estas imágenes intentan plasmar el compromiso vital de Dios en favor del hombre. Pero Israel ha despreciado el don del amor, y ha preferido pecar. Y eso para el profeta obliga a Dios, el más amoroso de los padres, a castigar. Sin embargo, el castigo no es la última palabra del Señor, pues en el corazón de Dios hay una especie de contención: "No desencadenaré todo el furor de mi ira, ni destruiré del todo a Efraim, pues yo soy Dios y no hombre" (v.9).
No, el estilo de Dios no es el estilo vengativo del hombre. Y la apelación sorprendente a su santidad, y a su radical distinción de todo lo creado, es su más fuerte garantía de un amor sin retroceso. Toda la predicación de Oseas prepara esta afirmación, que poco después hallará eco en otros profetas: "¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del fruto de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara yo no te olvidaría" (Is 49, 15).
La proclamación de Oseas sobre el amor de Dios, que sale al encuentro del hombre en la doble relación de matrimonio y filiación, y de un Dios que ama porque simplemente es "Dios y no hombre", constituye uno de los capítulos más ricos de la teología del AT. Es una anticipación de aquella doctrina joánica que considera el amor como la esencia y realidad de Dios. Sólo quien tiene experiencia de amor puede tener experiencia de este Dios que es el 1º en amar.
Amar creadoramente significa estar a favor de lo que se ha creado (los hombres...). Dios es amor, y se compromete personalmente en favor de los hombres, y su amor siempre va por delante de todo, y precediendo a todo. Y en la medida en que el amor nunca está plenamente realizado, siempre se abre un futuro nuevo. El amor es el camino hacia Dios, y el camino hacia la propia realización.
Frederic Raurell
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Habla hoy el profeta Oseas en nombre de Dios, diciendo que "cuando Israel era niño, yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo". A pesar de que llevamos 3 días oyendo cuán deplorable e infiel ha sido el pueblo de Israel, Dios se resiste a tener que castigar, aunque finalmente tenga que hacerlo. Eso sí, lo hará con amor, con esa hesed o afecto visceral del AT, porque "yo enseñé a mi hijo a caminar, tomándole por los brazos. Y ellos no comprendieron que yo les ayudaba".
Ni siquiera el evangelio acierta a poner acentos tan concretos a la hora de revelar la paternidad de Dios, que aquí Oseas describe con esta imagen tan inolvidable. Y si no, evoquemos a esos jóvenes padres tratando de suscitar los primeros pasos de su pequeñín, o sosteniéndole justo lo suficiente para salvar una caída, o animándole para que se lance solo a dar unos pasos. Así es Dios con nosotros.
La siguiente imagen del profeta es también sorprendente, hablando en nombre de Dios: "Yo le atraía benévolamente, con lazos de ternura". Efectivamente, se trata de la imagen del niño delicadamente sujeto a unas bandas de tela suave y resistente, para que empiece a hacer sus propias experiencias, sin riesgo de hacerse demasiado daño. Pues "como los que levantan a un niño contra su mejilla, así era yo para él. Me inclinaba hacia él y le daba de comer".
Impresionante. Cuando contemplo estas escenas familiares, realmente ¿estoy viendo a Dios? O cuando acaricio a un pequeño, ¿le estoy revelando el amor mismo de Dios? Así pues, aprendamos que la 1ª catequesis es ésta: los gestos de amor, para hacer entrever al Amor. Roguemos por tantos hombres y mujeres a quienes, para que estos gestos divinos, tan naturales, les hagan descubrir algo de ti, Señor.
Pero "han rehusado volver a mí", continúa diciendo el profeta, que continúa diciendo en nombre de Dios: "¿Les voy a castigar?". Realmente, ¡conmovedor! Sobre todo porque se trata del dolor de ese padre que tanto ha hecho por sus hijos, y que los ve alejarse de él. Roguemos por los hombres de corazón destrozado, para que aprendan a ver también el "corazón destrozado" de Dios, a causa de mis infidelidades.
Mas el Señor continúa diciendo: "Mi corazón está trastornado, y se estremecen mis entrañas. Pero no obraré según el ardor de mi cólera, ni volveré a destruir a Israel. Porque yo soy Dios y no hombre, y no vengo para exterminar". A varios siglos de distancia, es éste el mismo mensaje ardiente de Jesús: "Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo" (Jn 3, 17). Como se ve, la trascendencia de Dios, y su santidad, no se expresa en la justicia sino en la misericordia. Mientras que el hombre tiene tendencia a dejarse llevar por la venganza Dios, afirma: "Yo soy Dios, y no un hombre". Menos mal.
Noel Quesson
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Es tal la sencillez de lectura de hoy, y tal su dramatismo interno, y tan acusados y manifiestos los sentimientos paternales de Dios, que el silencio debería ser nuestra mejor reflexión. Y perdónesenos si, al pretender encuadrarla en su contexto histórico, aminoramos en lo más mínimo el delicado sentido de su interioridad.
Se trata de una lectura única en todo el AT, y una de las más altas cumbres de la revelación sobre la naturaleza de Dios. Una cumbre teológica, mística y espiritual a la que, aunque parezca paradójico, Oseas no llegó a través de revelaciones especiales, ni de visiones, ni de éxtasis, ni de arrebatos. Sino que llegó a ella a través de la sencilla experiencia de su vida matrimonial (al tratar de ganarse a su esposa infiel, en vez de repudiarla). Como esposo y padre cariñoso, a Oseas le bastó tener un hijo entre sus brazos, de su mujer infiel, para comprender el amor de Dios.
En su transición del amor humano al divino, y en su comprensión de lo divino por lo humano, Oseas recuerda el nacimiento de Israel con la ternura y el romance de aquellos momentos. Entonces había muchos pueblos, pueblos fuertes y poderosos, pueblos de historia y raigambre. Pero Dios fue a fijarse en quien no era pueblo todavía, sino un grupo de tribus esclavas y migrantes por las tierras de Egipto, sin historia, sin tierra y sin civilización. Era la creación de algo de la nada. Una nada a la que Dios amó y dio existencia, para convertirla en su hija predilecta.
Cada vez que Dios llamaba a esta hija, e intentaba realizar en ella sus planes, Israel se alejaba, y posponía a su Padre por los ídolos y baales, rompiendo la Alianza y prostituyéndose en el fango de los pecados. Pero su padre Dios no se rindió, ese padre (y no los baales) que "le enseño a andar", quien siguió sus pasos con firmeza y que la "alzó en sus brazos", mostrándole todo su amor hacia ella.
Sin embargo, "Israel no comprendía que Yo le curaba", recuerda el profeta. Y quizás sea necesario ser padre para comprender el dolor ante la incomprensión de un hijo, a quien se ha querido con toda clase de ternuras.
Podía, sin duda, forzar Dios esa conversión de Israel. Pero prefirió respetar aquello que él había dado al hombre, como esencia de su propio ser: la libertad. ¡Ay de aquel que osare violar aquello que el mismo Dios respeta! Por eso se acercó a él, se inclinó hacia él para alimentarlo, intentó atraerlo hacia sí (sublime ejemplo de condescendencia divina) y todo ello con cuerdas humanas.
Es la más preciosa descripción del misterio de la libertad y la gracia. Nada consiguió que Dios castigara a sus hijos (y eso que hubiera sido lo más justo), pues el castigo nunca fue la última palabra de Dios, sino el amor. En efecto, a Dios se le "revuelven las entrañas" al tener que castigar, porque "es Dios y no hombre". Por eso, "ni cederá a la cólera, ni volverá a destruir a Efraim". Dios prefiere corregir, y no aniquilar. Quien tenga oídos para oír, como decía Jesucristo, que oiga.
Como prueba de que el castigo está por terminar (el destierro a Asiria y Babilonia), el rugido del león (cuando Dios ruja) producirá el pánico en quien el enemigo, e Israel volverá con la docilidad de un pájaro a la voz de su amo. Así es como Dios sana a sus criaturas, para poder salvarlas.
Angel González
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La página de hoy de Oseas es un hermoso canto al amor que Dios tiene a su pueblo, y si antes había comparado este amor al conyugal, ahora describe con rasgos bien tiernos el amor de un padre por el hijo que lleva en brazos, al que acaricia y besa, al que le enseña a andar, al que atrae "con lazos de amor". Pero ese hijo ahora le es infiel, y "cuando le llamaba, él se alejaba".
¿Cuál será la reacción de Dios? Uno piensa inmediatamente en el castigo que dará a Israel (aquí bajo nombre de Efraim, una de las tribus descendientes de José). Pero no. Dios no se decide a castigar, sino que va a perdonar una vez más.
El profeta Oseas, reflejando su propia incapacidad de condenar a su mujer infiel (porque en el fondo la sigue queriendo), describe con trazos muy humanos ese amor de Dios: "Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas, y no cederé al ardor de mi cólera". Y la razón es todavía más impresionante: "Porque yo soy Dios, y no hombre; santo y no enemigo". Lo propio de Dios no es castigar, sino amar y perdonar. Y él no está al acecho, sino que es es un amigo en medio de su pueblo.
Cuando tengamos que reconocer nuestro pecado, haremos bien en recordar estas palabras acerca de ese Dios que no puede dejar de amarnos, a pesar de lo que hayamos hecho. Dios sigue enamorado de la humanidad, como Oseas de su mujer Gómer.
¿Queremos mejor buena noticia que ésta? ¿No se adelanta ya aquí el retrato que Jesús hará de Dios, como ese padre que sale a espera al hijo alejado, o como ese pastor que se alegra por recuperar la oveja descarriada? Porque él está dispuesto siempre a perdonar.
Acudamos a Dios con esta confianza, diciéndole con el salmo responsorial de hoy: "Que brille tu rostro, Señor, y nos salve. Despierta tu poder y ven a salvarnos. Ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó". Además, aprendamos otra lección: a ser misericordiosos, capaces de amar a cada una de los seres humanos, aunque descubramos defectos en ellos. Es lo que hace continuamente Dios.
José Aldazábal
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El cap. 2 del lunes resuena hoy en este cap. 11 de Oseas, y nos viene a recordar que Dios acoge con amor a la esposa que no estaba completamente arrepentida. En el caso de hoy, no es ya Dios el esposo (e Israel la esposa), sino el padre (e Israel es el hijo) que ama, llama, enseña a andar, cura, atrae y se inclina para dar de comer.
El profeta hace un recorrido por las infidelidades del pueblo de Israel, y por la actitud de Dios al respecto, en una serie de imágenes en las que la figura de Dios aparece como el padre que cuida al hijo de sus entrañas, en las primeras etapas de su vida. Y sobre todo, la de un Padre que lo hace todo por amor: "Cuando Israel era niño, yo lo amé". El amor ha movido toda la historia de Israel, y le da sentido.
La infidelidad de Israel empezó cuando éste empezó a crecer. El Señor lo llamó desde el Sinaí, pero él se construyó un becerro de oro y se puso a venerarlo. Pero el Señor nos los rechazó, sino que lo enseñó a andar y lo acogió en sus brazos cuando se cansaba. Al seguir creciendo, esta pequeña criatura no comprendió que el Señor lo amaba y cuidaba, y en vez de reconocer los lazos del amor paterno optó por alejarse, poniendo su confianza en los enemigos y no dudando en pedir auxilio a Baal.
Cuando esa relación parecía definitivamente terminada, Dios luchó consigo mismo, e hizo que triunfara su misericordia frente a la cólera: "Me da un vuelco el corazón, y se me conmueven las entrañas. Pero no ejecutaré mi condena, porque soy Dios y no hombre, santo y no enemigo devastador". Es decir, sus decisiones no estuvieron condicionadas por las conductas de los hombres. Ante las iniquidades de Israel, Dios le ofreció un proyecto de conversión y salvación. Y no lo hizo por ser insensible a sus ingratitudes, sino porque su 1ª y última palabra era el amor.
Servicio Bíblico Latinoamericano
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