6 de Julio

Lunes XIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 6 julio 2026

Os 2, 16-22

         Leeremos durante esta semana algunos fragmentos del libro del profeta Oseas, un profeta cuya desgraciada experiencia matrimonial le sirvió como metáfora para hablar de Dios con el lenguaje cercano del amor. Oseas amó a su esposa Gómer como ninguna telenovela de hoy puede imaginar, pero probó la amargura de la infidelidad. Sin embargo, la siguió amando.

         Oseas fue un atrevido, un hombre que rompió con todo. Y no sólo hizo algo que pocos seres humanos hacen (amar cuando no se experimenta la traición), sino que presentó su experiencia personal como símbolo de las relaciones de Dios con Israel, yendo más allá del concepto tradicional de Alianza. Esta es la clave para entender el contenido de todo el libro.

         En el fragmento de hoy aparece con claridad que la restauración del amor pasará por una nueva experiencia del desierto, hasta que el pueblo abandone los ídolos y vuelva a descubrir que el Señor es solamente uno, y que debe amarlo "con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas".

         Cuando medito estas palabras del profeta pienso en nuestro mundo occidental, lleno de personas rodeadas de ídolos. Algunos de estos ídolos están sociológicamente reconocidos: el trabajo, el dinero, el sexo, el deporte, la nación, el partido político y la ciencia. Pero hay otros ídolos domésticos que se agazapan en las rendijas de nuestra vida ordinaria, y pasan casi desapercibidos. Como decía el propio Lutero, un ídolo es "aquello de lo que cuelga nuestro corazón".

         ¿Podemos poner nombre a estas realidades que secuestran nuestro corazón, que chupan nuestra sangre y nos quitan el tiempo? Porque a menudo se trata de relaciones personales idolátricas, o de sueños autosuficientes, o de un escepticismo viscoso.

         Cuando nos sentimos atrapados por estas realidades, parece que no hay salida. Y no la habría si todo dependiera de nosotros. Pero estamos sostenidos por un Dios que quiere nuestra felicidad más que nosotros mismos. Y él, que conoce nuestras rendijas, sabrá conducirnos a ese desierto en el que, en medio de la soledad, descubriremos que no hay nada comparable a su amor. Lo que Oseas nos dice es que a ese desierto no se va en virtud de un mandato divino, sino atraídos por su fuerza seductora.

         Hoy se habla del eclipse de Dios. Pero ¿no será que se está produciendo una seducción por lo diferente, o por un estilo de vida más superficial? Estas historias siguen sucediendo hoy. ¿Nadie os ha contado ninguna?

Gonzalo Fernández

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         Es en su propia y terriblemente desgraciada vida conyugal, Oseas encontró los acentos más maravillosos para hablar del amor de Dios hacia su pueblo infiel: "Mi esposa infiel". El cap. 1 de Oseas nos relata la sombría historia de un marido engañado (él mismo), cuya mujer (Gómer) era prostituta. Sin duda, se trataba de una de esas mujeres que ofrecían sus cuerpos a las liturgias sexuales de Baal.

         Para comprender el drama de este profeta, hay que escuchar los nombres que Oseas decide dar a los hijos que Gómer le va aportando, dentro de su vida disoluta. Al 1º le llama Yizreel, nombre del palacio donde el general Jehú mandó degollar a toda la familia de su predecesor para apoderarse del trono. A la 2ª la llama Ruhama (lit. la no amada), al 3º lo llama Amni (lit. no mi pueblo). Todo parece acabado, pero el verdadero amor todavía no ha dicho la última palabra.

         La historia de Oseas es la historia de Dios con su pueblo: "A mi esposa infiel, yo voy a seducirla. La llevaré al desierto y le hablaré de corazón a corazón". Ésa es nuestra propia historia, la historia de una humanidad siempre tentada a la infidelidad, y a la que Dios no se cansa de perseguir con ternura.

         "Fue preciso que yo pasara por esto (dice Oseas), para comprender cuánto nos ama Dios". Es emocionante ver a este hombre decidido a volver a dar una oportunidad a su esposa infiel, hablando de ella con tanto afecto: "Le hablaré de corazón a corazón". Una oportunidad a la que ella (Gómer) responderá como en los días de su juventud: "Lo llamaré esposo mío, y no más Baal mío". Y ambos se volvieron a desposar para siempre. Ciertamente, es Oseas uno de los pasajes más cimeros de la revelación bíblica. 

         Después de la infidelidad de nuestros pecados, Dios sigue amándonos y sigue proponiéndonos su amor, con la misma ternura de siempre. Es como el canto primaveral y fresco de los primeros esponsales, en la ilusión del 1º amor. Pero la pareja ha de pasar la prueba, purificada por el sufrimiento y adquiriendo así para el futuro una solidez inquebrantable: "Será para siempre".

         Todo el evangelio de la misericordia está ya presente aquí, y hay que detenerse a contemplar ese corazón de Dios, capaz de amar de modo totalmente gratuito, e infinitamente desinteresado. Dios ama a los pecadores, y también a ese pecador que soy yo. En todo momento me da facilidades, y como no paraba de repetir Oseas: "Te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en ternura. Te desposaré conmigo en fidelidad y tú conocerás al Señor".

         La palabra amor traduce aquí un término hebreo importante: hesed. Ese término expresa la idea de un "lazo profundo, apasionado y visceral", una especie de solidaridad vital, un compromiso e inclinación afectiva. Se ve que se trata de algo que es mucho más que un sentimiento, o que un amorío. Oseas añade la idea de conocimiento: "Tú conocerás al Señor".

Noel Quesson

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         Desde hoy hasta el viernes leeremos algunos pasajes del libro de Oseas, un profeta que surgió después de Amós en el reino del Israel, a mediados del s. VIII a.C. y en años previos al destierro a Asiria que sufrió de este Reino del Norte. Se trataba de una época en que los reyes se iban sucediendo rápidamente unos a otros (casi siempre con violencia), y a nivel religioso el pueblo prefería el culto al dios fenicio Baal, por encima al culto a Yahveh (el Dios que le había elegido y libraro de Egipto).

         Lo específico de Oseas es que vive una doble dimensión, en su vida personal (sufriendo el drama de su mujer) y social (doliéndose por la infidelidad de Israel a su Dios).

         En efecto, Oseas se había casado con Gómer, con la que había compartido unos primeros años felices. No obstante, ésta se había convertido en una "cortesana sagrada de Baal", ofreciendo su cuerpo a los sacerdotes fenicios. A pesar de todo, Oseas sigue queriéndola, en un intento por recuperarla. En este hecho ve el profeta el símbolo de la tormentosa relación del pueblo elegido con Dios, y el amor de Dios a su pueblo a pesar de su pecado.

         En este relación religiosa, el esposo Dios intenta convencer a su esposa Israel, para que vuelva a él. Dios la corteja como antaño (como en el desierto), y está decidido a no dejarla perder, anunciando que está dispuesto a ofrecer por ella (¿como dote?) el derecho, la compasión y la fidelidad.

         Oseas intentó llevar esa experiencia de Dios con Israel a su propia vida familiar, pero ¿hago yo lo mismo? ¿O somos de los que siguen teniendo sus escapas infieles respecto a nuestra relación con Dios? Porque todos somos débiles, y corremos el peligro, como en toda vida matrimonial humana, de que se enfríe el amor, y nos veamos tentados al alejamiento.

         La relación esponsal entre Dios y su pueblo es descrita por varios profetas, mediante el simbolismo del matrimonio. En el evangelio también lo hace Jesús, presentándose a sí mismo como novio y esposo que se entrega por su esposa la Iglesia. En el Apocalipsis, uno de los momentos culminantes de la lucha entre el bien y el mal es la gran fiesta de las bodas del Cordero.

         Oseas nos transmite la voz emocionada de Dios, que nos anuncia su perdón y que nos quiere reconquistar mediante una nueva experiencia del desierto, para ver si recapacitamos y volvemos al fervor 1º. Él quiere que volvamos a mirarle con los ojos con que se miran los novios (llenos de ilusión y amor), y que abandonemos nuestros baales particulares, y le tengamos sólo a él como esposo.

         Sea cual sea nuestra situación personal, Dios nos invita a recomenzar de nuevo, a iniciar una nueva etapa de amor y fidelidad, evitando los devaneos y las idolatrías con las que nos tienta el mundo de hoy (y que el profeta considera como aventuras extramatrimoniales, o adulterios). El salmo responsorial de hoy nos ayuda a emprender este camino de vuelta con confianza: "El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas".

José Aldazábal

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         Estamos en el s. VIII a.C, en un Israel que pasa por un momento de prosperidad económica, y que se ha vuelto infiel al Señor a nivel religioso y moral. Efectivamente, en los santuarios de Betel y de Dan, dedicados al culto de Yhaveh, se han instalado altares a las divinidades fenicias, y el pueblo elegido se ve arrastrado por esas prácticas de la fertilidad, como algo nuevo que fascina a los israelitas.

         En un 1º momento, los nuevos dioses (y sus sacerdotes) se complacen en fomentar la fertilidad de los campos y de los animales, pero en un 2º momento dan paso al fomento de la fertilidad humana, llegando incluso a sacralizar la prostitución masculina y femenina. Es en este contexto es el que se esconde el trasfondo de las relaciones amorosas del profeta Oseas y su mujer Gómer.

         En su parte positiva, el texto de hoy viene a decirnos que así como los amantes se aman apasionadamente, así también (aunque en otro nivel, de virtud y tensión) es apasionado el amor que Dios tiene a su pueblo. Un Dios que a su pueblo lo lleva en el corazón y le habla en el desierto, como hacen los enamorados.

         Nuestro tema de reflexión hoy debe ser el amor. Pero no el amor de prostituta, sino el amor de mujer fiel, de corazón noble. El amor es una de las palabras imprescindibles en el lenguaje universal, y de todo ser vinculado a los demás y necesitado de los demás. Pero hemos de recordar que muchos utilizan ese amor para satisfacer sus apetencias e intereses. ¡Qué escaso es el amor puro, desinteresado y magnánimo!

         ¿Y qué hemos de hacer? Elegir y cultivar, principal o exclusivamente, el amor profundo, desinteresado y limpio. Ese amor es el que debe mantenerse en la entraña del ser pensante, afectivo, libre y voluntario, necesitado del otro y abierto al otro.

Dominicos de Madrid

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         Ubiquemos en 1º lugar al profeta Oseas y su mensaje, porque poco se sabe de este personaje. Sí que sabemos que era hijo de Beerí (leal de Jeroboán II de Israel, en el s. VIII), que se casó con una hieródula (prostituta sagrada) llamada Gómer, y que tuvo 3 hijos con nombres simbólicos: Yesrael (lit. Dios siembra), Ruhama (lit. la no misericordia) y Ammi (lit. el no pueblo).

         En efecto, escuchamos cómo el Señor ordena a Oseas que se case con una mujer iniciada en los ritos de prostitución fenicios, en un matrimonio que ha sido motivo de grandes discusiones por parte de los exégetas. ¿Se trata únicamente de una ficción literaria? ¿Fue realmente Gómer una prostituta sagrada, o una mujer que fue infiel a su marido? La mayoría de los exégetas aceptan esta última opción, como la causa de que Oseas tuviese que predicar más con el ejemplo que con las palabras.

         El libro de Oseas es una obra que desafía al hombre. Quizás alguno podrá escandalizarse de ello, pero los caminos de Dios no son los caminos de los hombres. Para comprenderlo hay que recorrerlo con la mente abierta, con la disposición de escucha, sin prejuicios ni condicionamientos, y habiendo vivido la experiencia del amor.

         Lo más impactante en la vida de Oseas es que, a pesar de la infidelidad de Gómer, él la siga amando, y siempre esté dispuesto a perdonarla. Y esta experiencia de amor le sirvió para comprender el amor de Dios con su pueblo. Dios es el marido, e Israel es la esposa que lo ha abanado para ir tras otros dioses (los baales fenicios). De ahí que Oseas hable de adulterio en vez de idolatría, porque lo hace desde la experiencia de un Dios que tiene el amor apasionado del esposo, capaz de perdonarlo todo para volver a comenzar.

Servicio Bíblico Latinoamericano

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         El cap. 2 de Oseas es todo él un poema de amor, de los más grandes poemas del AT, un poema del "amor mal pagado, y mantenido vivo a pesar de todo", según explica Schockel. En efecto, el Señor tiene 3 posibilidades ante la conducta de la mujer: "no permitirle que pueda irse con sus amantes" (vv.8-9), "castigarla con dureza" (vv.10-15) y "perdonarla y volver a empezar, en una nueva experiencia de intimidad" (vv.16-25).

         Si hubiese seguido Dios el criterio divorcista, hubiese proclamado (como hacía todo marido) que "ella no es ya mi mujer", y todo hubiera terminado. Por eso decide Dios seguir el criterio reconciliador, para no quedarse sin ella, ni dejarla abandonada a su suerte. No obstante, si ella no cambia, él si puede hacerlo. Quiere empezar de nuevo, sin venganzas pero sí reclamando una condición: un nuevo enamoramiento. Y para eso no necesita intermediario, sino manifestar la fuerza del amor: "La llevaré al desierto y le hablaré al corazón".

         Empieza así una nueva relación (v.18) que reconstruye la relación esposo-esposa, que prohíbe volver a nombrar a los baales, y que en lugar de castigo habla de "la justicia y el derecho, de afecto y de cariño" (v.21). Dios permite la recuperación de los hijos abandonados, y vuelve a formular la Alianza.

         Oseas muestra así las maneras en que se realiza la salvación: la Alianza y un nuevo orden. En 1º lugar nos habla de un nuevo pacto, o nuevo matrimonio entre Dios e Israel. Y en 2º lugar nos muestra las consecuencia de ese nuevo pacto: el alejamiento de los baales (pues ese acercamiento a Baal es el que había roto el pacto). El nuevo pacto llegará a su plenitud con el conocimiento, es decir, con el el amor íntimo.

         El Dios de Oseas es un Dios fiel a la Alianza, un Dios amor puesto en práctica, un Dios tierno que ama hasta el extremo y que sabe perdonar.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 06/07/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A