7 de Julio

Martes XIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 7 julio 2026

Os 8, 4-7.11-13

         El profeta Oseas, centinela de Dios, interpreta en el texto de hoy el sentido teológico de los grandes acontecimientos que afectan interna y externamente a la vida del pequeño reino de Israel. Y sus palabras explican la inminente llegada del ejército de Tiglatpileser III de Asiria, que desde hacía tiempo presionaba hacia el oeste, como un juicio de Dios sobre Israel. En un momento en que se juega una política mundial de gran envergadura, el profeta interpreta la política de Dios, y vuelve a aparecer el binomio pecado-destrucción.

         El castigo es presentado como consecuencia natural del pecado, y no como resultado de un juicio externo y arbitrario: Israel rechaza al Señor, porque rechaza el bien. La contradicción que denuncia enérgicamente Oseas es que el pueblo sigue invocando a Dios en el culto, y proclamando que es su Dios ("te conocemos, Dios de Israel"), pero en el fondo rechaza el bien (v.2).

         La réplica de Oseas es enérgica, y reitera que el culto es una parodia de fe si no va acompañado por la práctica del bien. Las discrepancias entre el culto y la moral son provocativas, y de aquí el juicio fuertemente sarcástico del profeta: "Efraim multiplicó sus altares para pecar, y sólo para pecar le han servido. Inmolan y ofrecen víctimas y comen sus carnes, pero Dios no se complace en ellas" (vv.11.13). Por tanto, no sirve decir "eres mi Dios", si esas palabras no se traducen en obras. Por el contrario, las obras sí que pueden ocupar el lugar de las palabras.

         Se trata de la misma denuncia que hará Jesús: "No todo el que dice Señor, Señor entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre" (Mt 7, 21). He aquí la gran recriminación de Oseas, pues llegado el momento de peligro, Israel ha buscado su seguridad y su apoyo fuera de Dios ("en Egipto", lugar de su esclavitud). Por tanto, la fe significa apoyarse en Dios, del que ya se ha experimentado la liberación de Egipto. Rehusar el avance con Dios hacia un futuro todavía abierto, para volver a la existencia materialmente asegurada en la esclavitud de Egipto, es el pecado constante de lsrael.

Frederic Raurell

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         Nos dice hoy Oseas, hablando en nombre de Dios, que "los hijos de Israel han puesto reyes sin contar conmigo, y han puesto príncipes sin saberlo yo". Como se ve, Dios reivindica su derecho a decir su propia postura para todos los dominios, incluso en la política y en aquellos donde más comprometida está la moral y el bien de los hombres, la justicia social y el respeto del derecho.

         En 2º lugar, sigue diciendo Oseas que "con su plata y oro se han hecho ídolos, para su propia destrucción", y por eso "rechazo tu becerro de oro, Samaria, y mi cólera se ha inflamado contra vosotros. ¿Hasta cuándo permaneceréis en la impureza?". El profeta habla en nombre de Dios para condenar la contaminación de la auténtica religión por una religión idolátrica, y porque el estricto monoteísmo (un solo Dios) se ha ido acomodando a las prácticas paganas.

         Por el hecho de vivir entre poblaciones fenicias, los hebreos habían ido consintiendo en introducir elementos del culto a Baal, dios fenicio de la fecundidad y la naturaleza, simbolizado por un toro. Y en su honor habían empezado a desarrollar frenéticos ritos sexuales, como forma de súplica al dios para obtener abundantes cosechas y sanos rebaños (como ya se vio en el caso de la mujer de Oseas, hieródula o prostituta sagrada de Baal).

         Leyendo al profeta Oseas, y dejando de lado los detalles que manifiestan una civilización distinta a la nuestra, encontramos aquí uno de los problemas de nuestro tiempo: la contaminación de la fe auténtica, debido al materialismo ambiental ("el oro y la plata"). La sexualidad, y los ídolos, son fenómenos también muy actuales, por muy incapaces que éstos se muestren a la hora de satisfacer el hambre profundo del hombre.

         El becerro de Samaria "quedará hecho trizas", asevera Oseas, que continúa diciendo: "Puesto que sembraron viento, segarán tempestad. El trigo no dará harina, y la que diere la tragarán los extraños". El castigo subraya el carácter ilusorio y vacío de los ídolos, que no son sino viento.

         En efecto, los israelitas esperan que Baal fertilice los campos. Pues bien, concluye Oseas, "el trigo será hueco, y carente de harina". Y el envilecimiento de la población conducirá a las derrotas militares, con sus clásicas razzias, pues "los vencedores vaciarán los graneros y las bodegas".

         Posiblemente, nuestra sociedad de consumo, que es también sociedad de placer e idolatría, ya tiene dentro el veneno de su propia destrucción. Sobre todo porque los hombres, faltos de valentía y vacíos de todo ideal noble y profundo, se embrutecen progresivamente para desaparecer el día de su muerte, sin transmitir nada a sus sucesores.

         ¿Y qué diría Oseas, si regresara hoy día a la tierra? Que el Señor recordará las culpas de su pueblo, y contará sus pecados, y lo devolverá a Egipto. Ayer escuchábamos la revelación sorprendente del amor de Dios, y hoy oímos otra verdad complementaria y no menos importante: Israel tiene una vocación única entre todos los pueblos, y debe ser el testigo de la Alianza. Para eso fue liberado de la esclavitud en Egipto, y si no desempeña su papel, "volverá a la esclavitud".

Noel Quesson

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         El profeta Oseas enumera hoy algunos de los grandes pecados de Israel, como el de su infidelidad a la Alianza. No cuenta con Dios, no le pide consejo, se construye ídolos para adorarlos, y su vida moral está descafeinada y relajada.

         Por eso, anuncia también Oseas una serie de castigos: "Sembrarán vientos y cosecharán tempestades" (es decir, que caerán en la fosa que ellos mismos se están cavando) y "volverán a Egipto" (pues está a punto de suceder el destierro de Israel a Asiria, un lugar igual o peor que el esclavista Egipto).

         Cuando hablamos de idolatría, nos viene de improviso pensar en las estatuillas de piedra a las que los idólatras le rinden culto, a pesar de saber que son hechura de sus manos. Pero todos somos idólatras cuando levantamos altares y prestamos nuestra atención a los dioses que nosotros mismos nos hemos fabricado. No serán estatuillas, pero sí el dinero, el poder, el placer, el éxito o la ideología. Somos idólatras cuando damos a los valores secundarios la importancia que sólo los últimos merecen, y faltamos al primero y principal de los mandamientos: "No tendrás otro Dios más que a mí".

         ¿Nos extrañamos, por tanto, de nuestra esterilidad, y de nuestros fracasos, y del deterioro de la sociedad y de la Iglesia? Pues bien, todo eso es culpa nuestra, porque "sembramos vientos que traen tempestades", a corto o a largo plazo. El salmo responsorial de hoy, no sin ironía, describe este fallo básico: "Sus ídolos son plata y oro, hechura de manos humanas, y tienen boca que no habla. Que sean igual los que los hacen, y cuantos confían en ellos". Se trata de ídolos que no valen para nada, y sin embargo la gente los sigue adorando, y poniendo en ellos su confianza.

         Nosotros, por el contrario, deberíamos pertenecer al pueblo fiel de la Alianza: "Israel confía en el Señor, él es su auxilio y su escudo". Deberíamos rendir culto sólo a Dios, y relativizar todas las demás cosas y a nosotros mismos.

José Aldazábal

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         El pueblo de Israel, a pesar de todas las manifestaciones de amor que ha recibido de Dios, ha roto su Alianza y ha dejado de tener en Dios al único Dios exclusivo y soberano, quebrantando así la ley. Y todo esto que había hecho de Israel un pueblo diferente a los demás, ahora ha perdido su especificidad, y por eso volverá a Egipto (fam. al destierro) para recomenzar su historia.

         El profeta Oseas es el que anuncia todo esto a su llegada a Samaria, y lo manifiesta en un capítulo lleno de simbología que es necesario interpretar, para comprender el alcance de la decadencia del Reino del Norte. Veamos esas simbologías.

         En 1º lugar, "nombráis reyes sin contar conmigo". Desde el 1º rey de Israel, Saúl, el pueblo necesitaba la aprobación de Dios (del profeta) para su legitimación, pero en el Reino del Norte se sucedían reyes y reyes sin más (casi siempre asesinados por sus sucesores, en rebeliones contra el trono). La fidelidad del reino a su único Dios se ha roto.

         En 2º lugar, "con la plata y el oro os hacéis ídolos para la perdición". Con cierta ironía, denuncia Oseas una nueva manifestación de traición a la Alianza. Samaria era un pueblo agrícola, y por eso sus habitantes se habían fabricado pequeñas imágenes de Baal y Astarté (dioses fenicios de la fertilidad, a los que invocaban para obtener una rica agricultura). El profeta considera que los valores del pueblo se han perdido, y ha dejado de tener a Dios como sostén .

         En 3º lugar, "inmoláis víctimas que al Señor no agradan". Se trata del problema del culto vacío, que no se traduce en vida. E incluso de una religiosidad sincretista, que pone velas tanto a Dios como a los baales. De ahí que los altares sólo hayan servido para pecar, porque en sus cultos estaban traicionando a Dios.

         En 4º lugar, "sembráis viento y cosecharéis tempestades". El profeta se refiere al culto a los baales fenicios, a cuyo servilismo se habían puesto los israelitas. De ahí que no sea ilógico pensar en una próxima invasión extranjera hacia Israel. También se puede concluir que el que arroja a Dios de su vida, o el que deja de lado esa Alianza de amor que el Señor le propone, se apartará del bien y elegirá vivir con su enemigo. 

         Israel se aproxima al juicio, bien advertido. Pero nosotros, ¿nos mantenemos íntegros en Jesucristo, el Hijo de Dios? ¿O preferimos fiarnos de las fuerzas extrañas, e incluso de nuestros enemigos? Oseas nos propone una serie de preguntas que nos ayudan a contestar el anterior dilema, y, para ayudarnos a esclarecer si hemos roto la Alianza o si permanecemos en ella.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 07/07/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A