11 de Julio

Sábado XIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 11 julio 2026

Is 6, 1-8

         Terminamos la semana acercándonos a la vocación de Isaías. Sabemos que es un relato-tipo que nos permite comprender mejor en qué consiste la experiencia profética. Lo 1º que nos llama la atención es que esta experiencia se da en un contexto determinado: "el año de la muerte del rey Ozías". No estamos hablando de algo que sucede fuera del espacio y del tiempo, de uno de esos viajes a los que nos tiene acostumbrados cierta literatura esotérica.

         La experiencia vocacional comienza con un fuerte estremecimiento producido por el misterio de Dios, el "tres veces santo". Frente a él, la reacción de Isaías es de temor, pues se siente tan distante de esa santidad, que teme ser destruido a causa de su pecado. Lo confiesa sin rodeos: "Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey". Y ya se sabe que nadie puede ver a Dios y permanecer vivo.

         Vienen luego el signo (el ascua purificadora) y la misión. Dios no elige a los buenos para que sean sus mensajeros, sino que hace buenos a los que él quiere (los purifica) para que sean testigos de su bondad. Isaías, como todos los profetas, como Jesús, termina rindiéndose, entonando un Hinnení: "Aquí estoy, mándame".

         Este relato es como un test para saber dónde hay verdadera experiencia profética (que el sujeto tiende a rechazar, generalmente) y dónde se da simplemente una autoafirmación en nombre de Dios.

Gonzalo Fernández

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         Después de Amós y Oseas, abordamos hoy al profeta Isaías. Y si aquellos profetizaron en el Reino del Norte, éste habla en el Reino del Sur, en la misma Jerusalén. Isaías asiste al derrumbamiento de Samaria (minada por la idolatría y la injusticia), y está también atormentado por las amenazas que ve avanzar sobre su pueblo. Veamos hoy el relato de su vocación.

         El año de la muerte del rey Ozías (ca. 740 a.C), nos dice Isaías que "vi al Señor sentado en un trono muy elevado, y las haldas de su manto llenaban el templo. Temblaron los quicios de las puertas, y el templo se llenó de humo". Isaías es un joven aristócrata de la capital, destinado, sin duda, a una brillante carrera política. Su edad se halla entre los 20 y 25 años. Está rezando en el Templo de Jerusalén, y "encuentra a Dios" en una especie de éxtasis místico que marcará toda su vida. Desde entonces, será el profeta de la santidad y grandiosidad de Dios, y lo que le pasó entonces, nadie lo sabe concretamente.

         Pero conserva una serie de imágenes: un monarca sobre un trono de gloria, unas aclamaciones extraordinarias que hacen temblar las puertas, la nube de incienso que da a la escena un halo misterioso, un diálogo misionero, una ruda llamada... Esto había sucedido también a otros anteriores a él (Abraham, Moisés, Samuel), pero de manera diferente, pues la irrupción del Señor en una vida siempre es única y diferente, como con Pablo de Tarso en el camino de Damasco, Francisco de Asís en el almacén de su padre, el cura de Ars podando las viñas... ¿Y yo? ¿He hecho la experiencia de Dios? ¿Dios es Alguien para mí?

         Nos sigue diciendo Isaías que "unos serafines se mantenían erguidos por encima de él, cada uno con seis alas. Y se gritaban el uno al otro: ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! Señor del universo. Llena está la tierra de tu gloria". Es lo que nos dice Isaías. ¿Me he dejado deslumbrar por la luz de Dios? ¿Me he dejado ensordecer por el grito de los serafines? El sanctus de cada misa ¿no se ha convertido para mí más que en un monótono murmullo, siendo así que debería continuar expresando la trascendencia divina, la intensa proximidad de Dios? La tierra, nuestra tierra está llena de su gloria.

         El término gloria es muy pálido para traducir el hebreo kabod, que significa el "peso real de las cosas". Toda la tierra está llena de su peso, de su densidad infinita. Pero volvamos al texto, porque dijo entonces Isaías:

"Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros. Uno de los serafines voló hacia mí con una brasa en la mano que había tomado de sobre el altar; la acercó a mis labios y dijo: Tu culpa se ha retirado. Oí entonces la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré, quién será nuestro mensajero? Yo contesté: Yo seré tu mensajero, envíame".

         Hay que volver sobre esta escena y este diálogo, e imaginar cada detalle. Dios me da miedo, porque toda vocación, y toda llamada de Dios, da miedo. ¿Y qué hacer? ¿Cómo atreverse? Es preciso que Dios intervenga personalmente para "quemar los labios" del que será su portavoz. "Quema Señor mis labios", dice el sacerdote antes de leer el evangelio, y de atreverse a hacer la homilía.

Noel Quesson

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         Durante 6 días, a partir de hoy, vamos a oír al profeta Isaías, sobre todo los capítulos de su vocación como profeta en Jerusalén, en aquellos calamitosos tiempos que hemos ido siguiendo en los libros históricos. Es contemporáneo de Oseas, pero profetiza en el Reino del Sur, en Jerusalén.

         No todo el libro atribuido a Isaías parece que es suyo. Los estudiosos distinguen, además del auténtico Isaías (que sería el autor de los cap. 1-39), otros dos autores, seguramente discípulos de su escuela, que completaron los oráculos del maestro (uno, los cap. 40-55; y otro los cap. del 56-66). Las lecturas de esta semana pertenecen al 1º bloque.

         Isaías era un joven de unos veinticuatro años, de una familia noble de Jerusalén, cuando fue llamado por Dios para ser su portavoz en medio del pueblo "el año de la muerte del rey Ozías", o sea, el 740 a.C. La visión o experiencia mística del joven es una escena solemne, una teofanía, en la que se destaca la grandeza y la santidad de Dios, rodeado de ángeles, con una escenificación idealizada de la liturgia del cielo. Los ángeles cantan "Santo, santo, santo el Señor de los ejércitos".

         A la llamada de Dios, Isaías responde prontamente, después de haber sido purificado por uno de los serafines: "Aquí estoy, mándame". Pero es Dios quien lleva siempre la iniciativa. Es su santidad y su grandeza y su amor al pueblo quien pone en marcha la dinámica de una vocación: a la vida sacerdotal o religiosa, o sencillamente, al encargo de ser cristianos convencidos y testigos del evangelio en medio de la sociedad.

         El salmo responsorial de hoy pone de relieve, no tanto el mérito de la respuesta del joven Isaías, sino la grandeza de Dios: "El Señor reina, vestido de majestad. Tus mandatos son fieles y seguros, y la santidad es el adorno de tu casa". Es lo que hacemos también nosotros, cuando en la eucaristía aclamamos a Dios, dentro de la plegaria eucarística, con el "Santo, santo, santo" que Isaías oyó cantar a los ángeles en la presencia de Dios.

         Ahora bien, porque es el Dios todo santo y todopoderoso, es también el Dios cercano. Él quiere comunicar su vida a todos y para ello se sirve de colaboradores, y ojalá que encuentre en cada uno de nosotros su vocación específica, y una disponibilidad generosa como en Isaías: "Aquí estoy, mándame".

José Aldazábal

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         Concluimos la semana escuchando a un profeta y mensajero nuevo. Tras las reflexiones y oráculos de Oseas, contamos hoy con la voz poderosa de Isaías, a quien vemos en su infancia profética, en el llamamiento que le hace el Señor.

         El relato de la vocación de Isaías es una introducción al grandioso libro del Enmanuel en el que se recogen textos y oráculos mesiánicos impresionantes. Y como introducción que es, nos sitúa ante la majestad del Dios ("Santo, Santo, Santo") cuyos gestos de amor, misericordia, salvación del hombre, se van a manifestar en el Mesías; y nos hace prever también las actitudes contradictorias de los hombres ante la palabra de fuego del profeta tocado por el Espíritu.

         Isaías se turba interiormente, porque ve su pequeñez e insuficiencia. Necesita del calor de un tizón ardiendo para caldearse en el fuego del amor y arriesgarse en la misión. ¿No es ésa también nuestra actitud ante el compromiso de ser misioneros de la verdad?

         En nuestra condición de discípulos, seguidores, testigos, imitadores, hemos de ser misioneros, y, si lo somos, experimentaremos, junto a nuestra debilidad, la grandeza del Señor que nos asiste. No temamos, pues, a quienes hieren nuestro cuerpo y lo matan; hay otro Señor y Amigo que nos enseña a sufrir y a morir y vivir con él por toda la eternidad.

         Si miramos atentamente al profeta, nos sentiremos invitados a volver sobre nosotros mismos, a recapacitar sobre nuestra propia vocación cristiana. Así podremos decir con el profeta, al considerar su llamada: "Ay de mí, estoy perdido". Pero entonces la ternura del Señor nos confortará.

Dominicos de Madrid

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         Isaías es hoy transportado al Templo de Jerusalén, y allí ve a Dios como un rey en su trono. No describe la figura de Dios, sino las orlas del vestido, el manto real que llenaba el templo. Uno de los signos de las teofanías en el AT es la presencia de la nube. Isaías observó el templo lleno de humo, que como la nube manifiesta y vela la presencia del Señor.

         Ante el Señor estaban unos serafines, como la corte de un rey, cada uno con 6 alas. Tampoco los describe, sólo menciona los 3 pares de alas; con un par se tapan los ojos, con el otro los pies (la desnudez, eufemismo que emplea también en Ex 4,25 y 7,20 para indicar el respeto a la divinidad). Con el 3º par aletean mientras se conservan erguidos.

         Los serafines eran seres celestes, cuyo nombre dice relación con el fuego o el rayo. El origen del término hebreo sair uhfim (serafim) es incierto. En la Torah (Nm 21,6; Dt 8,5) aparece una serpiente venenosa que pica a los israelitas en el desierto (sarap). El significado de los serafines, ardiendo, brillantes, no puede ser tomado de esta palabra, pero sí, si se alude a la quemadura del veneno, como es la opinión de Schöckel.

         Una escultura encontrada en el Tel Half en la ciudad de Gozan (antigua Guzana) muestra una criatura con cuerpo humano, dos alas en los hombros y cuatro abajo de la cintura. Se ha datado esta escultura al rededor del año 800 a.C. Al observarla se evocan necesariamente los serafines de Isaías 6.

         Ellos, como llamas ardientes, proclaman la gloria divina y entonan una alabanza: "Santo, santo, santo es el Señor, Dios de los ejércitos, y llena está toda la tierra de su gloria". Hay que tener en cuenta que el hebreo carece de una palabra para expresar el superlativo y lo forman repitiendo la palabra. Se quiere decir el más santo, el santo de los santos. Santo en la Biblia indica que una cosa está separada del uso profano y se dedica al uso sagrado. En este caso aplicado a Dios, la trascendencia total. También se usa la palabra santo en un aspecto ético para indicar la rectitud absoluta.

         "Está la tierra toda llena de su gloria". Otro concepto de Isaías. El término hebreo gloria (kabod), como en las lenguas semitas tiene un significado diferente al de los griegos; para éstos la gloria es un concepto subjetivo, no está en la persona en sí, sino en la buena opinión que los demás tienen de él; en cambio en hebreo, la gloria está en la misma persona, es algo objetivo. Isaías dice que esa gloria llena la tierra y se manifiesta en la creación. Antes de recibir su misión profética tiene una visión de Dios que le da a conocer su gloria y sus proyectos con Isaías.

         La reacción del hombre ante la presencia de Dios es siempre de terror (Gn 32,30; Ex 3,6; Jer 4,31; 45,3). El hombre se conoce a sí mismo a medida que conoce a Dios. Al conocer a Dios, Isaías ve la distancia que lo separa de él y de ahí su exclamación de terror. Se siente culpable y solidario con la culpa del pueblo. Isaías sabe que el profeta ejerce su misión por medio de la palabra y por eso manifiesta su incapacidad para ser profeta porque es un hombre de labios impuros.

         En Isaías se trata de una impureza que lo imposibilita para entrar en el Templo de Jerusalén (Sal 15 y 24). Isaías dice "soy un hombre de labios impuros", pero no porque profirió algo inconveniente, sino porque un hebreo considera una parte del cuerpo como toda la persona. Para que pueda recibir la misión que el Señor le quiere encomendar, debe ser purificado. Parece ser una forma simbólica para expresar que su pecado es perdonado. A Dios corresponde romper la barrera que el pecado interpone entre Dios y el hombre.

         Uno de los serafines con un carbón encendido purifica los labios del profeta, enviado para predicar, destruyendo así la barrera que el pecado había construido entre Dios y el profeta porque por los labios entra el fuego que también purificará el corazón. ¿Recibirían los serafines el nombre por su acción simbólica?

         El profeta debe responder: "Aquí estoy, mándame". Es la manifestación de disponibilidad de quien sabe que el hombre sólo puede presentarse ante Dios sin condiciones; a Dios le corresponde enviarlo.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 11/07/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A