10 de Agosto
Lunes XIX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 10 agosto 2026
Ez 1, 2-5.24-28
Abordamos hoy la lectura del profeta Ezequiel, sacerdote natural de Jesusalén que ha sido deportado a Tel Abib (periferia de Babilonia), y que en tierra pagana sigue entregándose a Dios. En efecto, la catástrofe judía del 587 a.C, con destrucción de Jerusalén y de toda la vida institucional judía, le ha hecho pasar por la experiencia amarga de verse sin rey, sin templo y sin tierra santa. Un viraje decisivo para el pueblo elegido en el que, bajo la presión tan desconcertante de los acontecimientos, el sueño de un estado temporal será sustituido por una "comunidad espiritual", despojada de toda posibilidad política.
Pues bien, el 5º día del 4º mes (el 5º año de la deportación a Babilonia), "la palabra de Dios fue dirigida al sacerdote Ezequiel, en el país de los caldeos, a orillas del río Kebar". Como vemos, la palabra de Dios ya no se oye en un santuario sino al aire libre, a orillas de un río. ¿Y qué hacía Ezequiel en ese momento? Quizás agachado ante los látigos de los guardianes, que vigilaban los pesados trabajos que se imponía a los deportados.
Como los prisioneros de todo tiempo, Ezequiel contaba los días, hasta que "la mano del Señor se posó sobre mí". Por supuesto, no se trata de una mano física, sino de una expresión para afirmar, como todos los profetas, el dominio de Dios sobre él.
Tuve una visión, nos dice Ezequiel, y en ella vi "un viento huracanado, una gran nube con fuego fulgurante, y resplandores en torno y en medio como el fulgor de un bronce brillante en medio del fuego". Cada profeta tiene una manera muy personal de revelar su experiencia, y Ezequiel, como Isaías, ha quedado deslumbrado y sumergido en esa visión. Las palabras que afloran de sus labios tratan de balbucear algo, y para ello recurren al vocabulario de las fuerzas cósmicas irresistibles: la tempestad, el relámpago y el fuego.
En dicha visión Ezequiel distinguió "la forma de cuatro seres vivos de apariencia humana", y oyó "el rumor de sus alas parecido al ruido del océano, o al rumor tumultuoso de un campamento". Las imágenes se atropellan y se superponen, y lo que tratan de sugerir es la trascendencia de Dios.
"Encima de la bóveda que dominaba sus cabezas (nos sigue diciendo Ezequiel) había algo como una piedra de zafiro en forma de trono, y en lo más alto una figura de apariencia humana". Ezequiel acumula las precauciones, y para ello multiplica las fórmulas aproximativas: "he visto como" (el fulgor), "una forma de" (trono), una apariencia de (hombre). De hecho, Dios está mucho más allá de toda imagen, y no hay inconveniente en servirse de todo lo que nos eleva más allá de nosotros (los espectáculos grandiosos de la naturaleza, por ejemplo) para hacernos una idea de su grandeza.
Ezequiel "vio algo como fuego que producía un resplandor en torno suyo", aludiendo a la visión de la gloria del Señor. Basta con evocar a Jesús, pobre y poderoso, para adivinar cuán variadas y contradictorias pueden ser las imágenes de Dios, aunque ninguna de ellas sea suficiente. Es preciso, sin duda, aprender de cada experiencia.
Noel Quesson
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La lectura de hoy nos sitúa al comienzo del libro de Ezequiel, precedido por una gran teofanía que prepara su relato vocacional. Un libro en el que, tal como lo tenemos actualmente, encontraremos grandes visiones con varios añadidos posteriores, que a lo mejor pueden llevar a confusión. No obstante, lo principal es buscar el sentido general de cada visión.
La situación que contempla el texto de hoy es la siguiente. Estamos alrededor 582 a.C, casi 5 años después que Nabucodonosor II de Babilonia, para castigar la rebelión de Joaquín I de Judá, haya deportado de Jerusalén a Babilonia a toda la casa real judía, a los nobles y a todos los mejores artesanos (previa a la 2ª y total deportación judía a Babilonia), dejando en Jerusalén un rey-muñeco. Los deportados están lejos de la tierra prometida, de la ciudad santa y del templo, y no tienen monarquía, ni culto, ni profeta. Y de ahí que no dejen de preguntarse: ¿Está ausente Dios? ¿Somos todavía pueblo elegido?
En esta situación llega la visión de Ezequiel, que intenta traducir la inefable experiencia de la presencia divina (que el profeta ha tenido) mediante las imágenes y formas teológicas tradicionales, salvaguardando la esencia divina (de ahí la multiplicación de los términos semejante, como, especie de...). Encima de los seres animados, que representan la superioridad del hombre y la fuerza del reino animal (hombre, león, toro y águila; v.10), se levanta el firmamento (v.22), y por encima del firmamento (a forma de plataforma) una especie de trono (v.26), donde está la presencia de Dios (o más exactamente, su gloria).
La finalidad de la visión es confortar a los exiliados, y recordarles que Dios no está atado a ningún lugar, ni a una tierra concreta, ni a un templo determinado. Sino que trasciende todos estos lugares, y está presente en medio de los hombres (estén donde estén y sean los que sean). Ésta es la gran noticia, que hará que los deportados sepan con certeza que Dios está también presente en medio de ellos, y en una tierra extraña. Dios no les ha abandonado.
Pedro Tosaus
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Esta semana, y la semana que viene, nos acompañará en la 1ª lectura la profecía de Ezequiel, ex-sacerdote del Templo de Jerusalén y 1º profeta del destierro en Babilonia, que en pocos años ha pasado de la excelencia de su cargo a la esclavitud de su nueva situación (en los trabajos de la artesanía y del campo, probablemente).
Se trata de una profecía en que se hace visible la gloria del Señor, en un momento en el cual no es posible el culto. Una profecía divina que sorprende al propio Ezequiel, por situarse en una tierra de opresión y por seguir siendo Dios el Dios del Exodo.
En dicha profecía, invita Dios a Ezequiel a examinar la historia de su pueblo, y a corregir las promesas mal interpretadas que se hicieron sobre la monarquía hebrea, porque lo anunciado no se ha cumplido (Ez 34, 23-24). Dios le dice a Ezequiel que él no se casa con la injusticia, que acompaña al oprimido y que sigue el mismo camino de los desterrados. Su imagen es la de un Dios trascendente (por encima de la naturaleza) y cercano (a la vida humana), que busca un nuevo pacto con el pueblo elegido.
Ezequiel supo interpretar su momento, y respondiendo a la llamada de Dios quedó transfigurado por su gloria.
Miguel Niño
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Durante 2 semanas leeremos al profeta Ezequiel, sacerdote del Templo de Jerusalén justo cuando los ejércitos de Nabucodonosor II de Babilonia invaden la capital judía y la reducen a cenizas (ca. 587 a.C), deportando a todos sus habitantes a Babilonia. Se trata de un profeta muy singular, que comparte la experiencia del mayor desastre nacional y religioso de Israel, y que aportará un lenguaje cargado de simbolismos. Estamos entre los años 587 y 570 a.C.
Junto al río Kebar, en los extrarradios de Babilonia, tiene Ezequiel su 1ª visión, con la que Dios le quiere mostrar su presencia (entre los que viven en el destierro) y explicar sus nuevos planes de salvación. Una visión que mezcla los elementos cósmicos (viento, nube, relámpagos) y misteriosos (los 4 seres vivientes, el estrépito de alas, y la forma humana rodeada de luz y fuego).
El propio profeta nos explica su significado: "Era la apariencia visible de la gloria del Señor". Y esto es lo principal, porque también allí, en tierra extranjera, les alcanza la mano bondadosa de Dios. Dios ha viajado con su pueblo al destierro, y eso abre la puerta a la esperanza.
En los períodos más dramáticos de la historia, Dios sigue cercano a su pueblo, suscitando profetas que ayuden a sus hermanos y les transmitan su voz. Personas que viven las mismas dificultades que los demás, y que desde esa empatía ejercen su misión profética.
Ante cualquier tipo de desgracia, es importante saber reflexionar con cabeza y hacerse las preguntas adecuadas, para no volver a equivocarse. Es lo que hizo Ezequiel, que no se preguntó ¿cómo lo permite Dios? o ¿dónde está Dios en este momento? En 1º lugar porque Dios ya fue el 1º en compadecerse (padecer con) los hebreos que sufrían en Egipto, y en 2º lugar porque Dios fue el 1º en estar allí con ellos (en toda la caminata del éxodo).
Probablemente, nosotros no tendremos visiones espectaculares como las de Ezequiel. Pero sí tenemos algo para transmitir a los demás. Si tenemos fe, sabremos ver la cercanía de Dios en los acontecimientos, y si escuchamos a Jesús, sabremos que "donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estaré yo". Con esta convicción, nos tiene que salir espontánea la alegría del salmista responsorial de hoy: "Alabad al Señor en el cielo, los jóvenes y también las doncellas, los viejos junto con los niños. Porque él acrece el vigor de su pueblo". Hay que recobrar el vigor en nuestra vida.
José Aldazábal
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Escuchamos hoy el mensaje principal del profeta Ezequiel: Dios jamás abandona a los suyos, ni siquiera cuando los israelitas han sido deportados a Babilonia, lejos de su tierra. En medio de la añoranza por la tierra y por el templo de Jerusalén, el Señor se hace presente en medio de ellos, cercano (como en figura humana) y omnipotente (entre nubes y relámpagos), para consolarlos y acompañarlos.
Por muy pecadores que seamos, el Señor siempre nos seguirá amando, y saldrá a buscarnos hasta que nos encuentre y nos quedemos con él. Es lo que trató de decir Ezequiel a todos los judíos desterrados. Porque como dirá el apóstol Juan, "tanto amó Dios al mundo, que le envió a su propio Hijo para librar al mundo del pecado".
Por medio de Jesucristo, Dios se hizo hombre y se hizo cercano a nosotros. Y en él hemos conocido la gloria de Dios, que él ha manifestado misericordiosa y compasivamente a con cada uno de nosotros. Ése es el camino de la Iglesia, y el contenido de nuestra misión: manifestar el rostro amoroso y misericordioso de Dios.
Dominicos de Madrid
Act:
10/08/26
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