18 de Junio

Jueves XI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 18 junio 2026

Eclo 48, 1-14

         Sirac el Sabio, mucho tiempo después de la subida de Elías al cielo, hace su elogio y anuncia su retorno. Tenemos aquí un ejemplo suplementario de la vida que corre a lo largo de la Biblia: los hechos y los gestos del pasado, que son constantemente reinterpretados por las generaciones sucesivas.

         Respecto a Elías, nos dice el libro del Eclesiástico que "surgió como un fuego el profeta Elías, cuya palabra abrasaba como una antorcha, que hizo caer fuego tres veces, y que fue arrebatado en un torbellino de llamas".

         El personaje Elías es simbolizado por el fuego. Para los hebreos, como para muchos pueblos acostumbrados a los sacrificios, el fuego era el elemento misterioso que unía al hombre con Dios, y por eso pasaban las víctimas por el fuego para que el fuego penetrara en ellas, y se comía esa víctima en una comida sagrada para entrar en comunión con la divinidad.

         Se trata de un simbolismo que hoy día apenas nos impresiona. Sin embargo, hay que tratar que lo que ese símbolo simbolizaba, se haga presa en nosotros. Porque incluso en nuestro mundo moderno, el fuego sigue siendo lo que calienta, lo que alumbra, lo que purifica, lo que destruye, lo que es difícil de dominar, lo que alegra y a la vez espanta, lo necesario para doblegar lo difícil... Además, una llama es algo hermoso, misterioso y viviente, y ante un fuego las miradas se quedan fascinadas y atraídas, aunque no podemos acercarnos mucho a él.

         Reconsideremos todos esos simbolismos, porque nos ayudarán a obtener una cierta aproximación a Dios. Y detengámonos un instante sobre esa fórmula, pronunciada un día por Jesús: "He venido a traer fuego a la tierra, y ojalá estuviera ya ardiendo".

         Elías, tú que despertaste un cadáver de la muerte, y al resucitar al hijo de la viuda de Sarepta, parecías escapar a las leyes de la muerte. Y con tu subida al cielo anunciaste una nueva era de la historia, en la que la muerte será vencida. Una misma fe recorre toda la Biblia, y Cristo resucitado está ya presente en esta fe.

         Elías oyó la palabra de Dios sobre el Sinaí y sobre el Horeb, y se refugió en la soledad del desierto, y en la cueva de Moisés para oír de nuevo la voluntad de Dios. Concédenos, Señor, ser unos apasionados de tu encuentro. "Quiero ver a Dios", decía Santa Teresa de Jesús, discípula del profeta del Carmelo. Tras lo cual, añadía: "Sólo Dios basta".

         Elías consagró reyes para que establecieran la justicia, y al mismo tiempo fue un hombre de oración contemplativa. No fue un débil ni un tímido, y el alejamiento del mundo no fue una huída cobarde, pues constantemente volvió de nuevo para el duro combate de la justicia. Hay que saber medir los tiempos, y destinar a ese tiempo el servicio a Dios y a los hermanos.

Noel Quesson

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         La presencia del Espíritu Santo en nosotros es algo que debe ser proclamado con ardor, porque el fuego de Dios, manifestado en los profetas, y sobre todo en Cristo Jesús, nos purifica de nuestros pecados, calienta nuestra frialdad, aviva el fuego del amor divino en nosotros y nos convierte en huéspedes suyos.

         Quienes hemos recibido el don del Espíritu Santo, no hemos sido enviados a juzgar ni a condenar a los demás, sino a salvarlos, sabiendo que Dios ama a todos, y a todos dirige su llamada a la santidad. Por eso hemos de pasarnos la vida buscando todos los medios, para que los alejados retornen a Dios, y dejen de creer y seguir a los falsos baales.

José A. Martínez

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         La historia de Israel, y sus personajes, admite varias interpretaciones. Por eso, "algunas veces se ilumina el significado religioso de los hechos históricos por medio de algunos textos tomados de los libros sapienciales, que se añaden, a modo de proemio o de conclusión, a una determinada serie histórica" (OLM, 110).

         Esto sucede hoy al concluir el Ciclo de Elías, en que interrumpimos la lectura de los libros I y II de los Reyes, y pasamos a escuchar el Eclesiástico, en que el Sirácida muestra su admiración por Elías, que no escribió ningún libro, pero que fue un recio profeta de acción en el Reino del Norte (Israel) durante la peor crisis religiosa de los hebreos (su idolatría a los baales fenicios).

         El Sirácida escribe en el s. IV a.C, y nos muestra un gran paralelismo entre lo que estaba pasando en su tiempo y lo que había sucedido mucho antes, en el s. IX a.C, en que unos profetas valientes (Elías y Eliseo) supieron hacer frente a la pérdida de fe en el pueblo elegido.

         El resumen que hace de la vida de Elías nos recuerda lo que hemos ido leyendo en días pasados. Y el salmo responsorial de hoy también refleja ese rasgo que no paraba de resaltar el Sirácida: el temperamento de Elías (en su lucha contra la idolatría) y su estilo fogoso: "Delante del Señor avanza fuego, abrasando en torno a los enemigos. Y los que adoran estatuas se sonrojan, y los que ponen su orgullo en los ídolos".

         ¿Podría hacer alguien un retrato de nuestra vida en términos parecidos a los que aquí leemos sobre Elías y Eliseo? ¿Somos profetas de Cristo, y defendemos sus intereses para que no se pierda la fe, y no caigamos en las idolatrías de nuestro tiempo? ¿Somos capaces de denunciar con valentía lo que no puede tolerarse, en el campo de los derechos de Dios y de los seres humanos?

         No es necesario que seamos tan fogosos como Elías (todo él "un profeta de fuego, con palabras como horno encendido), ni que hagamos tantos milagros como Eliseo (al que "no hubo milagro que le excediera"), pero sí que aprendamos su fidelidad a Dios y su valentía profética.

         La familia carmelitana tiene a Elías como inspirador y padre de su espiritualidad, apreciando en él tanto su aspecto contemplativo (su marcha por el desierto y su encuentro con Dios en el Horeb) como su acción decidida. Todos podríamos aprender esta doble dimensión de Elías: la oración y la acción, el desierto y la ciudad, la unión con Dios y la solidaridad con los que sufren.

José Aldazábal

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         La sabiduría de la Escritura nos encarece una y otra vez a que obremos desde nuestro silencio, mirando a Dios y no las vanidades humanas. Pero cuando esa misma Escritura canta la grandeza de algunas personas célebres, parece que se olvida de ese silencio, y prorrumpe en clamorosos gritos de exaltación. Es lo que acontece hoy en la 1ª lectura, tomada del Sirácida (o libro del Eclesiástico) y cuyas palabras nos dejan entrever la enorme veneración que el pueblo de Israel tenía a su profeta Elías.

         Sencillez y grandeza, humildad y clamor, porque la vida es contraste y tensión. ¿Imitaremos también nosotros, en nuestro s. XXI, esos gestos de reconocimiento con quienes son hoy héroes en la misión y entrega a Dios? Cuidemos la verdad, y no sea nuestro canto un puñado de estrellas fugaces de pantalla televisiva, sino el de todos aquellos auténticos maestros de la vida en el Espíritu.

         Hay muchos que hoy viven, a su manera, la fogosidad de su vida cristiana, a semejanza de Elías y su ímpetu avasallador. Y nos dan lecciones de generosidad y entrega. Nos dan lecciones cuando desean transfigurarse en Dios, con profundo olvido y desprecio de sí mismos. O cuando se sumergen en la soledad de monte Carmelo, o cuando quieren batirse contra los falsos profetas de Baal, o cuando quieren blandir la espada evangélica del amor y la verdad, o cuando de ponen de parte de las pobres viudas de Sarepta, o de los atropellados que sufren como Nabot. Si se dirigen al Padre en la oración, esos héroes de hoy día arden en fuego de fidelidad, y se consumen por el bien de los hermanos. ¿No está el mundo necesitado de este tipo de profetas?

Dominicos de Madrid

 Act: 18/06/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A