3 de Agosto
Lunes XVIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 3 agosto 2026
Jer 28, 1-17
Presenciamos hoy una de las escenas más dramáticas de la actividad de Jeremías, narrada por Baruc. Tiene una fuerte conexión con el capítulo anterior, ya que en ella se habla todavía del yugo y parece que hay alusiones a la presencia de los embajadores en Jerusalén (vv.8.11.14). Otro profeta (Ananías), en vista del hecho simbólico del yugo y del mensaje de sumisión a Nabucodonosor II de Babilonia, replica en público a Jeremías, y lo desconcierta (v.6).
Jeremías desea poder afirmar el anuncio de victoria y de liberación que proclama Ananías, pero no está seguro de poderlo hacer, y en vista de la seguridad de Ananías, decide no replicar y marchar por su camino. Recibe entonces una nueva palabra de Dios, que le descubre la mentira de Ananías y lo confirma en su postura de exhortar a la sumisión. Al mismo tiempo, se siente forzado por Dios a anunciar a Ananías su muerte como castigo divino, y la confirmación de que no tenía razón. Esa muerte será un signo claro de que la seguridad y la victoria, por Ananías anunciadas, no entraban en los planes a corto plazo de Dios.
Esta lucha interprofética (Jeremías-Ananías) es exponente de 2 actitudes y teologías distintas. Ananías cree que Dios estaba tan ligado a su pueblo que tenía obligación de salvarlo siempre, pues él está comprometido con su pueblo. Pero esto no es lo que piensa Jeremías. ¿Cómo interpretar este hecho? Para Ananías, Jerusalén era inviolable, y la elección divina comportaba una seguridad total. Jeremías, en cambio, sabe que Dios es libre y actúa según la situación. Y ante ésta, está claro que él tiene decidido un período de castigo, para purificar al pueblo y poder luego salvarlo con más plenitud, preparando al hombre a recibir más fielmente la salvación.
La seguridad del verdadero profeta le viene del conocimiento profundo de la manera de ser de Dios, de su compromiso y solidaridad con el hombre, y de una búsqueda de los signos de los tiempos que hace que pueda descubrir la voluntad del Padre en cada momento.
La confianza en Dios no consiste en un optimismo irracional, ni en una seguridad sin fundamento. Sino que debe estar basada en un continuo trato con el Padre, y en un inquirir en el tiempo y en la situación histórica. A pesar de esta actitud, pueden venir momentos en que se dude y se ilusione uno con una visión aparentemente más salvífica, pero a la larga se dará cuenta de si esta visión se fundamenta en el Señor o es fruto de su imaginación (deseosa de seguridad).
Rafael Sivatte
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Al principio del reinado de Sedecías I de Judá, en el año 4º, en el mes 5º, tiene lugar un acontecimiento fechado con precisión. Señor, lo sé, ningún día es igual a otro, y cada hora y cada minuto vienen a mí con un querer tuyo. Hoy tendré que vivir en comunión contigo, Señor, en lo previsible y lo imprevisible, y en lo que tú esperas de mí.
Ante todo, me dispongo a estar disponible para todo lo imprevisto que se presente. Pues lo que tú introduzcas en este día, Señor, posiblemente cambiará todos mis planes, y me moverá a un acto de fe y de confianza más purificado. El sufrimiento es, a menudo, este imprevisto que trastorna nuestros planes.
El profeta Ananías habló así a Jeremías: "He quebrado el yugo del rey de Babilonia, y haré devolver de allí todo el mobiliario robado del templo de Jerusalén. Conduciré de nuevo a este lugar al rey de Judá, y a todos los deportados".
El acontecimiento, en fecha tan precisa, aparentemente no tiene importancia. Pero produce un enfrentamiento entre 2 profetas (Ananías, que había pronunciado ese oráculo, y Jeremías, que duda que ese oráculo provenga de Dios). Por ello, Jeremías prefiere seguir anunciando los oráculos que Dios venía revelando desde hacía tiempo (la desgracia, y el castigo de Jerusalén), mientras que Ananías se sigue atreviendo a anunciar, en nombre de Dios, la felicidad y el éxito de Jerusalén. Uno y otro pretenden hablar en nombre del Señor, y sus fórmulas parecidas: "Palabra del Señor del universo".
Como se ve, la palabra de Dios fue mal utilizada por uno de ellos (Ananías), bien porque fuese mera palabra humana (de falso profeta), bien porque el oráculo fuese mal interpretado. Pero preguntémonos nosotros, con Ananías a nuestro lado, ¿no estamos también nosotros tentados de retener, de los acontecimientos o de la Escritura, solamente aquello que nos viene bien, o que nos gusta?
Señor, concédenos aceptarlo todo como recibido de ti, "en lo mejor y en lo peor" (como dicen los novios al casarse). Y eso sin olvidar que todo acontecimiento puede construir o destruir, e incluso un acontecimiento feliz puede destruir, y un acontecimiento desgraciado puede construir...
El profeta Jeremías replicó a Ananías: "Que el Señor confirme lo que acabas de profetizar. Pero escucha: los profetas que nos han precedido a ti y a mí, han profetizado la guerra, el hambre y la peste, mientras que tú profetizas ahora la paz. No obstante, se reconocerá si eres verdadero profeta o no si se cumple lo que has dicho".
Jeremías no hallaba ningún placer en anunciar la prueba y el sufrimiento, y también él deseaba la felicidad y estaba presto a desear que Ananías tuviera razón. Pero reconoce que es muy fácil anunciar la felicidad, y ajustarse a los deseos y aspiraciones populares. Y por eso concluye que no hay que fiarse de ese anuncio. ¿No es tentador para un profeta suavizar su mensaje, atenuar la exigencia y el rigor, y aceptar compromisos fácilmente asumibles?
Para discernir la autenticidad de los profetas, Jeremías se atreve a formular un criterio, que hoy podría parecernos escandaloso: no hay que fiarse del que anuncia éxitos (porque puede que sólo lo diga para contentarnos), sino que hay que fiarse del que anuncia la dureza de la existencia (porque eso no es algo fácil de decir). Jeremías es, por tanto, realista profundo, aunque ello le lleve al pesimismo.
Por mi parte, ¿me atreveré a aplicar este criterio a todas las cosas que me prometen? Porque no se trata de volver a implantar el paraíso en la tierra, sino en luchar por que hoy sea mejor día que ayer, y así mejore la sociedad. Señor, ayúdanos a recibir las alegrías sin que nos hagan perder la cabeza ni el corazón. Señor, ayúdanos a recibir las pruebas sin que nos dejen en el abatimiento.
Noel Quesson
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Escuchamos hoy el relato de un episodio en la vida de los profetas de Israel, con enfrentamiento entre un profeta de Dios y un profeta del rey, cuyos adivinos asalariados estaban a la orden del día. Y al final resulta que el verdadero profeta tiene la valentía de predecir al pueblo las desdichas que le han de sobrevenir, mientras que el falso profeta sólo anuncia lo que pueda asegurar su propio éxito.
Jeremías expone los criterios del verdadero y del falso profeta, pero en el relato no puede ocultar un cierto desorden y vacilación. ¿Puede uno estar seguro de poseer la verdad? Si es verdad que ésta se descubre al término de una búsqueda de todos los hombres, sean creyentes o no ¿en qué momento y según qué criterio podrá el creyente separarse de sus hermanos no creyentes y extraer directamente la verdad de su contacto con Dios y con su palabra?
Las diatribas de los profetas, y de Cristo y de San Pablo contra los falsos profetas, reciben así una nueva luz. El falso profeta es el que tolera una inadecuación entre sus palabra y la de Dios. Percibe esta última pero, antes de darla a conocer, lima sus asperezas y la dulcifica ante determinadas situaciones y compromisos o en función de posibles ventajas.
Esta forma de inadecuación puede vivirse en el mundo moderno entre la verdad del aparato de la ley y la verdad de la conciencia. Esta última desaparece a menudo detrás de la primera en una manifiesta insinceridad, y muchos políticos y eclesiásticos se contentan con defender la verdad de la institución aunque no encuentren la verdad de la conciencia, la de ellos o la de los otros.
Se trata, en el fondo, de sinceridad, esta virtud que tarda en ocupar su lugar en las virtudes "cardinales" de la mentalidad moderna. No basta ser legal o recto (ya que estas actitudes regulan el comportamiento del hombre de cara a la verdad externa); es preciso, además, ser sincero, es decir, legal consigo mismo, en plena lucidez.
Ahora bien, si muchos hombres han recibido de la tradición antigua las virtudes de la lealtad y rectitud, se preocupan a menudo muy poco de la sinceridad. Se consagran gustosos a la razón de Estado o a la verdad de la Iglesia, sacrificando la sinceridad e indisponiéndose con la mentalidad moderna, profundamente marcada por la tensión entre individuo y sociedad.
Esta, en efecto, se preocupa poco del comportamiento del hombre consigo mismo, contentándose con legislar sobre las relaciones del hombre con los demás, aspiración a todas luces incompleta. Ahora bien, no es posible la presencia de la ética donde el hombre no se encuentra a sí mismo. La sociedad designa como desobedientes a aquellos que solo tratan de ponerse de acuerdo consigo mismos.
El individuo que va a la búsqueda de sí mismo considera que la actitud de la sociedad para con él es la de los falsos profetas puesto que calla una verdad para ofrecer otra; por otra parte, define la verdad de manera tan absoluta y con una publicidad tan bien orquestada que el individuo se verá obligado a adoptarla, no por convicción, sino para ser bien visto, por causa de su buen nombre o, simplemente, para no hacerse notar. Es, por tanto, imposible que una sociedad así concebida tenga una alta concepción de su ética.
Por otra parte, el falso profeta no está solamente del lado de la "verdad del sistema", también la sinceridad suscita sus falsos profetas: los que defienden la lucidez con fanatismo, los que están ingenuamente convencidos de poseer la verdad en exclusiva, los que se aíslan en su búsqueda cuando la verdad es buscada y encontrada en común, los que no quieren escuchar, sino que se les escuche.
Maertens-Frisque
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Otro gesto simbólico por parte de Jeremías (después de los del cinturón de lino y el taller del alfarero): aparece caminando por la calle encorvado, con un yugo de madera al cuello. El débil rey Sedecías I de Judá cree que, con la ayuda militar de otros reyes vecinos, va a poder resistir a Nabucodonosor II de Babilonia. El profeta le quiere disuadir, dándole a entender que, como castigo de los males que han hecho, van a caer en la esclavitud. Es inevitable.
Pero el drama surge cuando se le enfrenta un profeta de la corte, Ananías, asegurando a las autoridades que Dios les librará una vez más, que no tengan miedo: van a vencer a los ejércitos del norte. A Jeremías le gustaría poder anunciar eso mismo: "Amén, así lo haga el Señor". Pero no va a ser así. Cuando Ananías rompe el yugo de madera, Jeremías, de momento, se retira, pero luego, iluminado por una nueva voz de Dios, anuncia no un yugo de madera (sino de hierro), y adelanta que el propio Ananías va a morir muy pronto.
Profetas verdaderos y falsos. Todos dicen que hablan en nombre de Dios, pero los falsos suelen decir las palabras que la gente quiere oír, palabras demagógicas que tranquilizan y bendicen la situación. Ananías "induce a una falsa confianza": ni le cabe en la cabeza que Jerusalén pueda caer. Mientras que los verdaderos, como Jeremías, intentan ser fieles a la voluntad de Dios y se atreven a denunciar los pecados de sus oyentes y, muy a su pesar, a anunciar castigos.
¿Es buen padre el que siempre da la razón a su hijo? ¿es buen educador el que siempre concede lo que gusta a sus alumnos? ¿quién es buen profeta y quién no? Jesús decía: "Por sus frutos los conoceréis", pero ¡qué difícil es discernir entre la auténtica voz de Dios y la que obedece a intereses personales o a los postulados de la mayoría! Es difícil, por ejemplo, para los responsables de la Iglesia discernir qué movimientos son del Espíritu con mayúscula, y cuáles, de otros espíritus con minúscula.
En nuestra vida personal, o en el ámbito de una familia o comunidad religiosa o parroquial, ¿Buscamos la voluntad de Dios con sinceridad, cuando hacemos discernimiento comunitario para tomar decisiones? ¿O nos engañamos, buscándonos a nosotros mismos y manipulando, más o menos conscientemente, la voluntad de Dios? Tendremos que pedir con el salmo responsorial de hoy: "Instrúyeme, Señor, en tus leyes, apártame del camino falso, no quites de mi boca las palabras sinceras... sea mi corazón perfecto en tus leyes".
José Aldazábal
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Prestemos atención a las palabras del profeta Jeremías y a sus cautelas, si queremos vivir según el Espíritu del Señor. Es malo presumir de profeta, como lo hacía Ananías, y arriesgarse a vaticinar prosperidad para salir del paso. En sus días, y en los nuestros, a quien promete prosperidad, bienestar feliz, comodidad, se le sigue la pista, ya que interesa que sus vaticinios se cumplan, y hay que aprovecharse de ellos. Pero luego, ¡qué dura es la crisis, el fracaso, la vergüenza, si los augurios son fallidos, como los de Ananías, falso profeta!
El verdadero profeta de Dios sólo debe hablar palabras de Dios, no palabras de la propia cosecha. Y la palabra de Dios no falla; sea consoladora o triste, gratificante o adversa.
Los falsos profetas son los que proclaman ardorosamente la palabra de Dios, pero no viven conforme a la misma. Los falsos profetas hablan mucho a favor de los pobres, pero no son capaces de sentarlos a su mesa y partir el propio pan para alimentarlos. Los falsos profetas hablan de justicia social, pero son incapaces de luchar realmente por salarios más justos para los trabajadores. Los falsos profetas hablan de santidad y viven desordenadamente, ofreciendo un culto vacío de fe y de amor a Dios.
Al profeta de Dios sólo se le creerán sus palabras (de amor, de justicia y de santidad) cuando todo esto se cumpla en su propia vida, y cuando trabaje intensamente para que los demás se decidan a abrirle su corazón a Dios, y se vaya haciendo realidad entre nosotros un pueblo santo, unido por el amor y guiado por el Espíritu Santo. No es el sólo hablar, sino el trabajar incansablemente a la luz del Espíritu de Dios, lo que realmente construirá el reino de Dios entre nosotros, ya desde ahora.
Dominicos de Madrid
Act:
03/08/26
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ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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