4 de Agosto
Martes XVIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 4 agosto 2026
Jer 30, 1-2.12-22
Los cap. 30-33 de Jeremías, que hoy comenzamos a leer, constituyen el llamado Libro de la Consolación, y comienzan con un mandato del Señor: "Escribe en un libro todas las palabras que te he hablado". Cuando el pueblo y sus responsables se dormían en la indiferencia o en la ilusión, Jeremías anunció duramente la desgracia que se acercaba.
Una vez que la destrucción caldea de Jerusalén ya se ha realizado (ca. 589 a.C), Jeremías explica a los desesperados judíos la causa de todo ello: "Israel, tu herida es incurable, y tu quebranto irremediable. No hay nadie para ocuparse de ti. Todos tus amantes te han olvidado, ya no se preocupan de ti. ¿Por qué te quejas? Por tu gran falta, y por ser enormes tus pecados, te he hecho esto".
Se trata de una frase dura, que merece una explicación. Pues el AT no hace nunca distinción entre lo que sucede por causas segundas (es decir, lo que proviene de las leyes naturales de la biología, de la historia, de la psicología humana...) y lo que procede de la causa primera (lo que Dios permite o quiere). Así, la Biblia suele atribuir directamente a Dios todo lo que sucede, incluso el mal: "Te he hecho todo este mal".
Jesús rectificará claramente este juicio simplista, diciendo (a propósito del ciego de nacimiento) que "ni él ni sus padres pecaron, para que esto le sucediera". Eso sí, mantendrá que todo sucede porque el Padre lo permite, y para que se manifiesten las obras de Dios (Jn 9, 3).
En 1º lugar, Dios ama de veras a los hombres, y de veras quiere su felicidad. Y hay una queja dolorosa en su boca ante los falsos amantes de la humanidad, que la abandonan a la 1ª dificultad: "Todos los amantes te han olvidado". Se trata, con toda probabilidad, de los ídolos extranjeros, por los que Israel se había fascinado.
En 2º lugar, Dios es un esposo verdadero, que no abandona a los que ama. Y cuando aprieta el mal (interpretado como una consecuencia de los pecados, según los matices sugeridos), Dios continúa amando. Y he ahí lo que esto significa: "Mira: restableceré las tiendas de Jacob, me compadeceré de sus mansiones; será reedificada la ciudad sobre sus ruinas, el alcázar será restablecido en su lugar, saldrán de allí loor y gritos de alegría".
Tenemos así una 1ª imagen: la reconstrucción de una ciudad destruida, una ciudad completamente nueva que surge de sus ruinas, como casa sólida y confortable de la que salen voces de alegría: "Los multiplicaré, los honraré, sus hijos serán como antes, y su asamblea se mantendrá en pie ante mí. Un jefe saldrá de entre ellos, y se llegará a mí y Yo le daré audiencia". Y una 2ª imagen: un pueblo próspero que se multiplica, que se reúne delante de Dios y que elige a su responsable (a quien Dios dará audiencia).
Algunos exegetas subrayan que Jeremías no cita la palabra Jerusalén respecto a esa ciudad futura, pues la ciudad que el profeta entrevé para el futuro simboliza a toda ciudad reconstruida. Jeremías no cita tampoco la palabra rey, sino a un jefe no forzosamente de la estirpe de David (como anunciaba Isaías) y, en cualquier caso, elegido por la comunidad humana ("uno de ellos, de entre ellos saldrá") de forma cuasi democrática. "Y vosotros seréis mi pueblo, y Yo seré vuestro Dios". En los días venideros, encontraremos a menudo esta fórmula jeremíaca, que es una fórmula de Alianza.
Noel Quesson
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El fragmento que acabamos de escuchar encabeza el Libro de la Consolación, posiblemente pronunciado por Jeremías (a excepción de algunos versículos añadidos) durante el tiempo de la Reforma Deuteronómica de Josías I de Judá. Fue destinado sobre todo al Reino del Norte, que por aquellos años, y ante la debilidad de Asiria, podía volver a tener esperanza de ser restaurado. El caso es que aparecen en él las ideas fundamentales de Jeremías sobre la restauración.
El oráculo describe la restauración (vv.18-24), y viene a decir que todo Israel (las 12 tribus) regresará desde el exilio a la tierra prometida, que las ciudades serán reconstruidas, que todos volverán a dar gracias a Dios, que tendrán un soberano (uno de entre ellos) muy cercano a Dios y que finalmente volverá la situación ideal en la que "ellos serán el pueblo de Dios y él será su Dios".
Poco después a este oráculo (Jr 31, 1-9), continuará anunciando Jeremías buenas noticias para Israel, describiendo la restauración en forma de regreso, de una nueva reunión en Sión, de una nueva liberación y de una nueva relación paterno-filial entre Dios y su pueblo.
Jeremías es consciente de que la Reforma de Josías podía ser el comienzo de un nuevo tipo de vida, y por eso anuncia una restauración (del pueblo del norte) en que todo Israel volverá a sentirse profundamente interpelado por el Señor, al que experimentará como un "Padre que se preocupa siempre por el bien de sus hijos". No fue con ello Jeremías un ingenuo u optimista sin fundamento, sino que intuyó un futuro mejor y forjó desde la fe una nueva visión de la realidad.
El cristiano está llamado a saber encontrar, en su vocación profética, aquellos signos de esperanza escondidos en cada situación de la sociedad, y a confirmar a los demás esta esperanza activa que los haga comprometer en las tareas de extender a todos los hombres el anuncio de la salvación y la conciencia de ser hijos del Padre. Eso no adormece en modo alguno, sino al contrario: impulsa una actividad, de acuerdo con el plan del Señor.
Rafael Sivatte
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Los últimos capítulos que leemos de Jeremías pertenecen al Libro de la Consolación, que tienen un tono más esperanzador. Cuando todavía era posible, anunciaba Jeremías al pueblo el castigo, para invitarle a la conversión. Y ahora que ese pueblo ya ha sido totalmente destruido, les dirige palabras de ánimo, asegurándoles que los planes de Dios son, a pesar de todo, de salvación.
La página de hoy empieza de una manera que parece trágica: "No hay remedio, no hay medicinas, tu llaga es incurable". Y el profeta le dice al pueblo que todo lo que le pasa es por culpa de "la muchedumbre de tus pecados", y que los males que sufren (la destrucción de Jerusalén, y su destierro a Babilonia) son un escarmiento, para que aprendan a ser más fieles a la Alianza. "Tus amigos te olvidaron y ya no te buscan", recordará Jeremías a los judíos, aludiendo a los falsos dioses con los que se habían amistado.
Tras esa frase de escarmiento, muestra Jeremías a continuación al Dios misericordioso, que sigue amando a su pueblo a pesar de sus infidelidades: "Yo cambiaré la suerte de las tiendas de Jacob, y será reconstruida la ciudad, y de ella saldrán alabanzas y gritos de alegría". Y anuncia para el futuro una era más risueña: "Saldrá de ella un caudillo, y vosotros seréis mi pueblo, y Yo seré vuestro Dios".
No sabemos a qué próximo futuro se refiere Jeremías: ¿al reinado de Josías? ¿O está hablando a los desterrados del Reino del Norte, anunciándoles la próxima Caída de Nínive y su regreso? La herida era incurable, pero Dios es un Dios que sabe curar: "Yo cambiaré", "Yo reconstruiré".
Eso sigue siendo verdad ahora, y con mayor motivo. Porque Dios nos ha enviado a ese caudillo que guía a su pueblo a una nueva Alianza: Cristo Jesús. Nosotros pertenecemos a ese nuevo pueblo, y podemos alegrarnos de que nuestro Dios es el Dios de la misericordia y de la reconstrucción.
En nuestra propia persona, en el barrio más cercano, o en la Iglesia, podemos estar viviendo situaciones que nos parecen "heridas incurables" y ruinas en el edificio. Escuchemos por eso la voz de Dios, que hoy nos dice: "Yo cambiaré vuestra suerte, y os multiplicaré, y vosotros seréis mi pueblo". No cabe el pesimismo, porque incluso del mal quiere Dios que saquemos bien. Estas situaciones de dolor o deterioro nos pueden servir para madurar, sin olvidar lo que nos dice el salmo responsorial de hoy: "El Señor reconstruirá Sión, y aparecerá en gloria, porque nos ha mirado desde su excelso santuario, y ha escuchado los gemidos de los cautivos". Sigamos creyendo en el futuro, en el paso de Dios y en su amor.
José Aldazábal
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Un panorama demasiado sombrío nos presenta hoy Jeremías. Pero también pone frente a nosotros una gran esperanza, por el amor que Dios nos tiene y del que jamás ha dado marcha atrás (pues aunque nosotros hemos sido rebeldes a su Alianza, él siempre ha permanecido fiel): nosotros somos su pueblo, pero ¿será él nuestro Dios?
Cuando nos hemos alejado de Dios hemos perdido nuestro punto de referencia, nuestro comportamiento moral y hasta nuestra madurez humana. Y hemos insertado nuestra vida en esta sociedad del egoísmo, de avidez por lo pasajero, de vicios y drogas que embrutecen, de fuertes dividendos a costa de la destrucción de los demás. Pareciera que se hubiesen abierto aquellas heridas incurables que un día supuraron, y que la podredumbre acabaría con las esperanzas de una nueva humanidad.
Pero el Señor no puede permitir que su obra quede convertida en un montón de ruinas, y por eso él envió a su propio Hijo para restaurarnos, para que volvamos a amar con la fuerza de su Espíritu en nosotros, y para que volvamos a trabajar en la construcción un mundo más fraterno y más digno para todos.
Pensar es necesario e inevitable en el hombre, como el comer o beber. Y descubrir plenamente la verdad es un sueño maravilloso, aunque inasequible (tanto para la razón como para la fe). De ahí que la verdad en el hombre (como el amor o la esperanza) haya de ir acompañada por la humildad, para hacer que vayan confraternizando ciencia e ignorancia, fortaleza y debilidad, grandeza y pequeñez, saber y creer, buscar y confiar. En el hombre noble, la fe es el portal por el que accede, desde su pequeñez, al palacio de todas las virtudes.
Dominicos de Madrid
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