8 de Agosto
Sábado XVIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 8 agosto 2026
Hab 1, 12; 2, 4
Escuchamos hoy un pasaje de un nuevo profeta: Habacuc, que nos viene a decir, a forma de resumen, que "desde los tiempos más lejanos el Señor es Dios", y que "Dios no puede morir", considerando a Dios como el eterno, el fuerte, el santo y el inmortal.
Algunos filósofos critican hoy esta concepción de Dios, acusándola de ser un fácil consuelo de nuestros límites humanos (como si Dios no fuera más que la proyección, más allá del hombre, de sus propias carencias; o como si con él se soñara lo que no se tiene, o ese sueño existiera en algún lugar). Y es verdad que tenemos siempre la tendencia a hacernos un Dios a nuestra medida, al que recurrimos en nuestras carencias.
No obstante, esto no es así, pues ya el propio Dios, a través de los acontecimientos, se encarga de purificar las imágenes simplistas que tenemos de él. E incluso es él mismo el que no para de desconcertarnos, incitándonos a seguir profundizando cada vez más lejos de nuestros límites, a ver si así algún día llegamos a descubrirlo.
Pero volvamos a Habacuc, que nos dice que "tú estableciste el pueblo de los caldeos, para ejecutar el juicio y llevar a cabo el castigo a los asirios". Ayer Nahúm nos invitaba a ver a Nínive aplastada por los caldeos de Babilonia. Y hoy Habacuc nos invita a considerar que esos mismos caldeos (instrumentos de la intervención de Dios) irían demasiado lejos en su represión.
Pero sigamos leyendo, pues nos dice Habacuc que "tus ojos (los de Dios) son demasiado puros para ver el mal y la opresión". Para terminar diciendo: "¿Por qué callas cuando el malvado devora a un hombre más justo que él?".
En este por qué está la clave de Habacuc, en su pregunta dirigida a Dios. Y ¡cuán actual es! Porque aunque nos hayamos hecho de Dios un concepto de fortaleza, o de justicia, o de santidad... esto no resuelve todas nuestras preguntas, y siempre nos quedamos en la duda. Así que ya están respondidos los filósofos del principio.
Analicemos ahora el por qué parece salirles bien todo a los impíos, y el por qué del sufrimiento, sin miedo a preguntar a Dios. En 1º lugar, Babilonia no es mejor que Nínive, y en 2º lugar Dios está mucho más allá de Nínive o de Babilonia (aunque ambas contribuyan puntualmente a hacer avanzar sus proyectos).
Pues bien, Habacuc responde a través de un simbolismo: el de la pesca. Así, la conquista babilónica sería como una red que recoge todo lo que encuentra, y que tras ello se vanagloría, y ofrece sacrificios a su red, y hace humear las ofrendas ante sus narices, porque gracias a ello ¡obtiene presa abundante! Realmente, el hombre se pasa de listo, y se atribuye a sí mismo los éxitos que no son suyos.
Entonces, el Señor contestó a Habacuc: "Escribe la visión, ponla en tablillas y que se pueda leer de corrido. Porque esta visión se realizará cuando llegue su tiempo". Dios es el enteramente Otro, y hay que saber esperar. Con él hay que hacer un salto a lo desconocido, y esperar los frutos "a su debido tiempo". Mientras tanto, hay que caminar en la noche. Como recomendaba el propio Habacuc: "La visión tiende a su cumplimiento, y no decepcionará. Así que, si parece tardar, espérala, pues ciertamente, y a su hora, vendrá".
Noel Quesson
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Comenzamos hoy la lectura de otro de los profetas más desconocidos: Habacuc, del que apenas sabemos más que que su interesante reflexión sobre la historia, cuando a la caída de Nínive (Imperio Asirio) prosiguió la opresión de Babilonia (Imperio Caldeo), igualmente cruel y terrorífica para los israelitas. Habacuc es un profeta que se atreve a interpelar a Dios, y a "pedirle cuentas" de por qué permite el mal en el mundo: ¿Cómo puede ser que Dios lo consienta?
En efecto, Dios se había servido de los babilonios para destruir a los asirios ("has destinado al pueblo de los caldeos para castigo"). Pero ahora, ¿cómo permite que ellos, los babilonios, sigan haciendo el mal? ("¿por qué contemplas en silencio a los bandidos, cuando el malvado devora al inocente?"). Porque ellos son orgullosos de sí mismos y de sus propias redes y malas artes, y ¿se van a salirse con la suya?
El profeta resume la respuesta de Dios, que invita a la paciencia y a la confianza, porque la historia seguirá su curso: "La visión espera su momento, se acercará a su término y no fallará. El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe".
La misma pregunta nos viene a la mente con frecuencia, y también ahora: ¿Por qué Dios permite el mal, y que los malvados se salgan siempre con la suya, y prosperen en sus planes?
A través de su propio lenguaje, los salmos nos enseñan a introducir estos interrogantes en nuestra oración, para que no se nos olvide que todavía está abierta la lucha del bien contra el mal, y del mal contra el bien. Una lucha en la que Dios se pondrá de parte de los débiles: "Tú no eres un Dios que ame la maldad, ni el malvado es tu huésped. Tú detestas a los malhechores, y aborreces al hombre sanguinario y traicionero".
Pero hasta que esto ocurra (que Dios intervenga) es necesario no perder la paciencia ("¿hasta cuándo va a triunfar tu enemigo?"), y no interpretar el silencio de Dios como olvido ("¿hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome?"). Así como intensificar las súplicas a Dios: "Despierta, Señor, y no te estés callado, que tus enemigos se agitan, y los que te odian levantan cabeza". Es la queja y la Oración de Habacuc, que hoy podemos hacer nuestra, al ver los males de nuestro mundo.
Habacuc no nos da todas las respuestas, pero sí nos recuerda que Dios se preocupa de los buenos, y sigue estando cerca de los atribulados. Porque como dice el salmo responsorial de hoy: "El Señor no abandona a los que le buscan, y juzga el orbe con justicia. Él rige las naciones con rectitud, y no olvida los gritos de los humildes".
También nos enseña a tener una visión más global de la historia, recordando que "se acercará a su término y no fallará", y que "si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse". Una vez más, los cínicos caerán en su propia trampa, porque "el injusto tiene el alma hinchada", mientras que "el justo vivirá por su fe", y a los pobres "Dios los llenará de bienes".
Dios enseña a su profeta Habacuc, y a nosotros, a respetar los tiempos, y a seguir luchando contra el mal. Pero sin perder el ánimo ni querer quemar etapas.
José Aldazábal
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Ante un mundo cargado de injusticias y guerras, de culpables e inocentes, de falsos mesianismos liberadores y de millones que se mueren de hambre, tal vez haya más preguntas que respuestas por parte de muchos de nosotros, reclamando a Dios que rompa su silencio.
El profeta Habacuc fue uno de esos, que oraba con el corazón herido (por todos estos males) y esperaba una respuesta de Dios. Como él mismo dice, "me puse en mi puesto de guardia, y me aposté en la muralla, para ver qué decía el Señor, y qué respondía a mi reclamación". Pues bien, tengamos por cierta la respuesta: A quienes somos hombres de fe, y a quienes oramos y entramos en una relación personal con el Señor, él quiere convertirnos en un signo de su amor liberador, para el resto de la humanidad.
Cuando hablamos de fe nos referimos a una actitud personal en la que, como personas abiertas a los demás y necesitados de ellos, confiamos en su bondad y verdad, en su poder y generosidad, en su solicitud y e interés por los demás. Sin esa confianza que nos pone en comunicación amigable con los demás, no habría auténticamente fe, ni adhesión ni "puesta en sus manos". Sino que la desconfianza rompería las relaciones, distorsionaría las mentes y distanciaría los corazones. Y eso habría matado la fe.
¿Y quiénes son aquellos en quienes podemos confiar y creer? El primer Otro es Dios, y el resto de otros son los hombres. El 1º de ellos es un misterio escondido, que nos dice que es Amor sin medida, un Padre y un Amigo, y que quien se pone en sus manos encontrará las sendas de la felicidad. Los demás son nuestros compañeros de viaje y fatigas, inteligentes y limitados, dotados de bondad y agitados por sus pasiones, urgidos por la verdad pero salpicados de malicia.
Pues bien, si nos fiamos de estos últimos, con todo lo que son, ¿cómo no nos vamos a fiar de Dios, con todo lo que parece ser? Ellos son creíbles, mas no como lo es Dios. Ellos son solidarios, mas no como lo es Dios. Por eso hemos de aprender a vivir en el mundo con cautelas, y ponernos más en manos de Dios que en otras manos, porque su amor es inquebrantable. Repetidas veces en esta semana nos hemos encontrado en la liturgia con la alabanza de la fe y con el lamento por la impiedad. ¿Cómo es nuestra fe? ¿Cuánta es nuestra seguridad y confianza en el Señor?
Dominicos de Madrid
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