7 de Agosto
Viernes XVIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 7 agosto 2026
Nah 2,1-3; 3,1-3.6-7
Leemos hoy un libro profético muy corto (de 3 páginas), el de Nahúm, contemporáneo de Jeremías que vive inmerso en el período agitado que precede al derrumbamiento de Jerusalén bajo Nabucodonosor II de Babilonia (ca. 589 a.C).
Se trata de un profeta que, una vez más, dejar vagar la imaginación, partiendo de una imagen muy concreta: "Mira correr por las montañas al mensajero que anuncia la paz". Se trata de un mensajero que parte veloz, y corre y corre con todas sus fuerzas para ir a anunciar a sus conciudadanos una buena noticia. Llega resoplando, y al llegar grita a pleno pulmón su mensaje: tras victoria, volverá la paz.
En concreto, anuncia a todos Nahúm: "Celebra tus fiestas, Judá, y cumple tus votos. Porque el malvado ha sido exterminado, y no volverá por ti. El Señor restablecerá la viña de Israel, después que los saqueadores la hubieran saqueado y destruido en sus sarmientos".
Estas cosas se dijeron en plena crisis de conquista y golpes caldeos sobre Judá (Reino del Sur), y en un momento en que Israel (Reino del Norte) titubeaba bajo los golpes de los ejércitos asirios. ¿Soy yo capaz de esperar? ¿Y en los momentos en que todo parece perdido?
Cuando Nahúm profetiza, Nínive, capital de Asiria, está en el apogeo de su poder ("ay de ti, Nínive, ciudad sanguinaria, llena de violencias e incesante pillaje"). Los bajorrelieves que llenan los museos son testigos de esta civilización prestigiosa y violenta, que en su época hizo temblar al mundo (incluyendo a Egipto, cuya capital Tebas sucumbió al Imperio Asirio). Ahora bien, tal y como predijo Nahúm, Nínive se derrumbó bajo la embestida de Babilonia, 50 años después de profetizarlo el profeta.
Al describir por adelantado esta caída de la orgullosa Nínive, lo que canta el Nahúm es la esperanza de los pobres, y que todas las pequeñas naciones, hasta ahora aplastadas, podrían levantar la cabeza. Pero escuchemos completa esta áspera profecía, porque se cumplió al pie de la letra:
"Ay de ti, Nínive. Escucha el chasquido de los látigos, el estrépito de las ruedas, el galope de los caballos, la oleada de los carros. Escucha la caballería que avanza, el flamear de espadas, el centellear de lanzas. Y contempla la multitud de heridos, los montones de muertos y los cadáveres por doquier, que se van tropezando unos con otros. Arrojaré inmundicia sobre ti, te deshonraré y te pondré como espectáculo".
Cuando Asiria se proclama dueña del mundo, su nueva capital Nínive (sucesora de la vieja Assur) no era solo la capital de un imperio poderoso, sino el símbolo del orgullo y de la violencia, de los fraudes y de las violencias, de la barbarie y la brutalidad, como algo extraño a aquel tiempo y a aquella civilización.
Nínive era el prototipo de ciudad que quería (y consiguió) destruir el mundo, y eso para Nahúm no podía durar, sobre todo delante de Dios. Por eso, según el profeta no duraría mucho en el mapa, y sería destruida. En la actualidad, Nínive cuenta con otra serie de nombre: gobernantes sin escrúpulos, sistemas económicos abusivos, opresión de los indefensos... Pero los imperios caen, y la historia continúa (en muchas ocasiones, repitiendo la misma cantinela).
Nínive, la maravilla del mundo antiguo, es hoy sólo un campo de ruinas. ¿Podemos imaginarnos a Roma, París, Nueva York, o Moscú, en ruinas? Meditemos sobre la fragilidad de las cosas. Porque la conciencia del hombre moderno no se siente habitualmente cómoda ante estas expresiones, pero ¿cómo podría Dios alegrarse de ver una nación castigada? De hecho, sabemos que la historia humana es, en parte, el resultado de la libertad humana, con su mezcla de generosidad y pecado.
Noel Quesson
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La 1ª lectura de hoy está formada por 2 fragmentos que nos dan una visión bastante completa del contenido y mensaje del corto libro de Nahúm. De Nahúm sabemos tan sólo que debió de escribir entre la caída de Tebas (Nah 3, 8) bajo los asirios, y la conquista de Nínive por parte de los babilonios (ca. 612 a.C).
Los vv. 1-8 del cap. 1 nos presentaban a Dios como vengador y "lleno de ira hacia sus enemigos", que no es indiferente al mal. Y como Padre "bueno y confortador con aquellos que confían en él". Israel tenía la seguridad de que Dios estaba con él, que le ayudaba y le sostenía. Pero esa convicción fue revisada y profundizada con motivo del Asedio de Jerusalén (ca. 604) y Caída de Jerusalén (ca. 589 a.C), sobre todo en los años del destierro a Babilonia (de unos 50 años).
Los vv. 1-11 del cap. 3 serán la continuación del capítulo que hemos escuchado hoy: el castigo a los asirios, por parte de aquellos pueblos que habían tenido la mala suerte de ser derrotados y destruidos por ellos.
Ciertamente, las palabras que emplea Nahúm son muy acertadas, y al leerlas dan la impresión de estar presentes en la conquista de Nínive: "Estrépito de ruedas, galopar de caballos, lanzas fulgurantes, cadáveres sin fin" (Nah 3, 2). Pero lo importante es la explicación teológica que da Nahúm: Nínive fue castigada porque "con sus fornicaciones compraba pueblos" (Nah 3, 4), y los adulaba ofreciéndoles acceso a lo sobrenatural independientemente de Dios y de su revelación.
Es constante que en los regímenes despóticos se dé la combinación, no casual sino consciente, de acciones sanguinarias con coberturas ideológicas que "entusiasman y seducen". Y Asiria, como dice Nahúm, fue un buen ejemplo de ello (Nah 3, 1-4), a través de sus imponentes palacios, lamasus alados insuperables, realismo escultórico extremo, cacerías festivas y esoterismo religioso. Pero Dios estaba por encima de esa adulación idolátrica (Sal 11, 4-8), y por eso la sometió a la espada.
Dios no es un Dios ambivalente (a la vez bueno y malo, dependiendo del día), pero sí aprueba la conducta del bueno y castiga la del malvado. Y para que quede constancia, siempre ofrece la conversión previa al que va a castigar. Con Nahúm, la definición de Dios sigue siendo la del Exodo: "Yo soy el que estoy, y estaré a vuestro lado" (Ex 3, 13).
Luis Armengol
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Terminadas las lecturas de Jeremías de las 2 semanas precedentes, escuchamos hoy una síntesis del breve libro de un profeta poco conocido: Nahum, del s. VII a.C.
Se trata de un libro lleno de ideas guerreras, en que el profeta se alegra de la caída de Nínive por haber destruido Samaria y llevado al destierro al Reino del Norte (ca. 721 a.C). No obstante, Nahúm amplía esta alegría a la de los pueblos vecinos, cuyo odio hacia los asirios había ido in crescendo tras los actos sanguinarios y crueles de Asiria.
En concreto, Nahúm se alegra de la caída de Nínive en manos de los medos y babilonios (que por lo visto la arrasaron), y describe con trazos muy realistas la destrucción de la perversa ciudad (látigos, carros, caballos, espadas, lanzas, heridos, cadáveres...). Dicha ruina de los asirios supone, de momento, la paz para Israel ("el heraldo que pregona la paz"), y llena de alivio también a Judá (aunque más tarde resulte que los babilonios no sólo conquistaron Asiria, sino también Judá).
La historia va dando vueltas, y los imperios que parecen más firmes se van desplomando, hace miles de años y ahora. Como cantaba en su Magníficat María de Nazaret, "Dios derriba de sus tronos a los poderosos". O como canta el salmo responsorial de hoy, de otra manera: "El día de su perdición se acerca, porque el Señor defenderá a su pueblo y tendrá compasión de sus siervos. Mirad: yo doy la muerte y la vida".
Para que sea verdad lo que dijo Jesús ("los que empuñan espada, a espada perecerán"; Mt 26,52), no hace falta que Dios esté castigando a diestra y siniestra, porque la historia misma, con sus fuerzas interiores, va acelerando las subidas y caídas, y encargándose de que el mal no quede impune, y de que los orgullosos reciban lecciones de humildad.
Páginas proféticas como la de hoy nos enseñan a ver la historia con perspectiva, a no entusiasmarnos demasiado por nadie ni por nada, a no a hundirnos tampoco por nadie ni por nada. Y sobre todo, a confiar siempre en el amor de Dios, que nunca cierra las puertas al futuro, que siempre tiene planes de repuesto para salvar a los que quieren ser salvados, y que "a los pobres los llena de bienes, y a los ricos los despide vacíos".
José Aldazábal
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