23 de Julio
Jueves XVI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 23 julio 2026
Jer 2, 1-3.7-8.12-13
Comenzamos hoy a escuchar los primeros oráculos de Jeremías, correspondientes a la actividad de Jeremías bajo la Reforma deuteronómica de Josías I de Judá (ca. 627-622 a.C), tras la ruptura de la Alianza provocada por los reyes anteriores (cap. 1-6).
El género literario de los oráculos es el de un pleito por la ruptura de un pacto, a través de una serie de elementos: tribunal que llama al acusado y a los testigos, recuerdo del beneficio del acusador, acusación y declaración de guerra. También aparecen en ellos, de una u otra manera: recuerdo de la liberación de Egipto, conducción por el desierto hacia la tierra prometida (vv.2-6.21), llamada del acusado y de los testigos (vv.2.4.9.10.12) y acusación (vv.5-8.11.13.20-25).
Ante la actitud de Dios, que sólo piensa en liberar y favorecer, y en que los hombres vivan como tales sin alienaciones ni idolatrías, viene a decir Jeremías que el pueblo ha preferido vivir a su antojo, abandonando al Dios de la fraternidad humana para seguir dioses vanos que nada valen, cuyas exigencias son alienantes y apartan de la tarea humana.
El ataque de Dios va dirigido al pueblo, y sobre todo a los dirigentes, los cuales son responsables de la infidelidad del pueblo, al consistir su deber en detectar las exigencias concretas de Dios para cada tiempo, y ni siquiera haber exhortado al pueblo a cambiar de conducta y a obrar de acuerdo con el espíritu de la Alianza.
El que intenta ser fiel a la salvación de Dios debe estar muy atento a las exigencias de lo que ofrece esa salvación, debe saber "beber en la fuente de agua viva" y recordar la continua liberación experimentada en su vida (sobre todo, haciéndolo extensivo a los demás).
Es un deber, pues, de quien quiera aceptar la salvación, comprometerse con ella, recordando la actuación continua del Señor, profesando que él es el único que puede salvar, venciendo los obstáculos en la vida propia y comunitaria, y colaborando en la liberación del oprimido. El agradecimiento por las obras de Dios compromete, pues, a obrar por la liberación plena de todos.
Rafael Sivatte
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En aquel tiempo, le fue dirigida la palabra del Señor a Jeremías: "Ve y grita a los oídos de Jerusalén". Por lo visto, aquellos habitantes eran sordos o no alcanzaban a oír a Dios, para que Jeremías tuviese que "gritarles a los oídos". En cuanto a lo que Jeremías gritó a esos oídos, alude el texto al tiempo del desierto, al primer amor, y al fervor de los comienzos de Israel: "De ti recuerdo tu cariño juvenil, el amor de tu noviazgo, y aquel seguirme tú por el desierto".
Jeremías repetirá a menudo esta imagen (una joven desposada), que tan bien se corresponde a su temperamento dulce y tierno (Jr 7,34; 16,9; 25,10; 33,11). Así que detengámonos a contemplar esta hermosa imagen, para evocar el amor que Dios depositó en nosotros: "Os traje a este país para saciaros de sus frutos y de sus bienes". En efecto, ésta es siempre la intención de Dios: saciarnos de sus bienes. Gracias por ello, Señor.
Pero "apenas llegasteis", continúa diciendo Jeremías a los habitantes de Jerusalén, "ensuciasteis mi país, y cambiasteis mi heredad en lugar abominable". Decepción divina, porque se ha estropeado su obra y porque "los sacerdotes no decían ¿Dónde está el Señor?, ni los intérpretes de la ley me conocían". Es más, continúa diciendo Dios por medio de Jeremías, "los pastores se rebelaron contra mí". En efecto, los profetas se dedicaban por aquella época a profetizar por Baal, y andaban en pos de los dioses impotentes.
Jeremías se atreve a atacar todas las categorías de responsables del pueblo, incluidos los sacerdotes (que no hacían su trabajo esencial, que era conducir a los hombres a Dios, e interrogar sobre Dios). Los escribas, especialistas de la ley, también fallaron en su tarea esencial (conocer a Dios y darle a conocer), en clara complicidad intelectual con la traición sacerdotal. En cuanto a los reyes, éstos no han seguido más que su parecer, en vez de hacer política según el espíritu de Dios. También los profetas aceptaron la solución más fácil: seguir la religión popular, que se inclinaba hacia los fáciles cultos de Baal.
Jeremías pidió por ello la dimisión de los responsables, sin arruga ni vacilación: "Pasmaos, cielos, de ello, y cobrad gran espanto, porque es la palabra del Señor". Tan enorme e inverosímil le parece lo que va a decir, que Jeremías toma el cielo por testigo. Para sentenciar a continuación: "Es un doble mal que habéis hecho: me habéis dejado a mí, manantial de agua viva, y os habéis construido cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua".
Inolvidable imagen poética, porque a nadie se le ocurre, si tiene un manantial de agua fresca y continua, construirse una cisterna, y menos una cisterna con grietas. Pero tal es el drama del pecado: que cree que encontrará felicidad, pero acaba encontrando grietas, engaños y decepciones.
Junto al pozo de Garizim, Jesús hablará también del agua viva, la que él da y la que él es (Jn 4,10; 7,38). Dame siempre, Señor, de esa agua.
Noel Quesson
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En la 1ª lectura de hoy el profeta Jeremías nos ofrece un motivo para la esperanza. El Señor pide volver la vista a él, y nos promete pastores "a mi gusto, que os apacienten" con saber y acierto.
Seguro que más de una vez hemos pedido al Señor que nos envíe buenos pastores, con el suficiente carisma como para tirar del carro y orientarnos en nuestra labor creyente y eclesial. En estos tiempos en los que los frutos espirituales son cada vez más escasos (menos jóvenes en los grupos, disminución de vocaciones religiosas...), tenemos la sensación de estar perdidos, y de no saber muy bien qué hacer o por dónde ir.
Todos andamos buscando nuevos caminos, y personas que nos aporten luces sobre esta realidad. Asistimos a charlas, hacemos cursillos, ensayamos nuevas experiencias pastorales... pero no acabamos de dar con la respuesta acertada. Quizás nos toque vivir confiando en la promesa del Señor, sabiendo que él no nos abandonará, y que seguirá velando por su viña y enviando pastores, aunque nosotros no lo percibamos.
Miren Elejalde
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De nuevo leemos en Jeremías, como lo habíamos hecho en Miqueas el pasado lunes, una querella judicial de Dios contra su pueblo. Esta vez pone el profeta al cielo como testigo para que todos oigan bien la queja del Señor: "Espantaos, cielos, horrorizaos y pasmaos".
Pero ¿qué había hecho Dios? Tan sólo el bien, liberando al pueblo y conduciéndolo con cariño inmenso a la tierra prometida.
¿Y cómo respondió Israel? Al principio (en el desierto, tras la salida de Egipto) siguiendo a Dios "con amor de novia". Pero luego (cuando entró en Canaán) multiplicando sus infidelidades, profanando la Alianza con toda clase de idolatrías. Y en esa infidelidad los sacerdotes, los doctores de la ley, los pastores y los profetas (los dirigentes espirituales) fueron los primeros en desviarse de su deber, dando mal ejemplo a todos.
Unos y otros cayeron en la peor necedad: "Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron aljibes, aljibes agrietados, que no retienen el agua". ¿Mereceríamos nosotros, los cristianos, este reproche de Dios?
Las lecturas no se proclaman para que nos enteremos de lo que pasaba 640 años antes de Cristo. Sino que son una palabra dicha por el Dios viviente, presente entre nosotros en el aquí y hoy de cada día. Esta palabra nos interpela seriamente, pues ¿hemos aflojado en nuestro amor primero, y en nuestra memoria agradecida hacia los beneficios continuos de Dios? ¿O hemos sido infieles a la Alianza? Y si somos religiosos o ministros en la Iglesia, ¿hemos guiado mal a los demás, escandalizándolos con nuestro ejemplo de infidelidad?
También nosotros podríamos reconocer, si somos sinceros, que nos estamos "construyendo cisternas agrietadas", llenas de "aguas contaminadas" que "no apagarán nunca nuestra sed". Jesús se presentó a sí mismo como el agua viva, en el diálogo con la samaritana junto al pozo de Jacob. Y nos dijo que "si alguno tiene sed, que venga a mí y beba". El agua viva y fresca que nos da Cristo es su Espíritu Santo (Jn 7, 37-39), así que ¿estamos, más o menos conscientemente, tratando de saciar nuestra sed en otros aljibes?
Podemos rezar por nuestra cuenta el salmo reponsorial de hoy: "¡Qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios! Tú nos das a beber del torrente de tus delicias, porque en ti está la fuente viva, y tu luz nos hace ver la luz".
José Aldazábal
Act:
23/07/26
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M
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R C A B A
M U R C I A
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