21 de Julio
Martes XVI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 21 julio 2026
Miq 7, 14-20
El libro de Miqueas termina hoy con una serie de párrafos que datan probablemente del retorno del exilio (Mi 7, 8-20). Y lo hace con una oración de tipo salmódico dirigida al Dios que perdona las faltas de su pueblo.
En sus orígenes, el yahvismo se presentaba como una religión de fidelidad a la Alianza del Sinaí: fidelidad del hombre, mediante una escrupulosa observancia de la ley; y fidelidad de Dios, concediendo las bendiciones prometidas a quienes evitaran toda falta. Pero el hombre falló estrepitosamente, y sus ritos y abluciones de todo tipo no sirvieron para nada. Fue incapaz de permanecer fiel a la Alianza, y por ello una etapa de exilio volverá a convencer a los más endurecidos y orgullosos.
Efectivamente, Dios no es indiferente al pecado, y manifiesta su ira contra el pecador, y castiga a la esposa infiel, pues el pecado es algo demasiado seria como para pasarlo por alto. Pero no por ello deja de ser fiel a la Alianza, ni de amar a su pueblo. El descubrimiento más importante de los hebreos en el exilio es que Dios les sigue siendo fiel, y fundamentalmente benévolo. La fidelidad de Dios se convierte así en misericordia, perdón y gracia (v.18).
Esta permanencia del amor de Dios hacia su pueblo, a pesar de la infidelidad de éste (Ex 34,6-7; Jt 2,13; Sal 50,3; 102,8-14), es el motivo principal del salmo responsorial de hoy, en el que las palabras gracia y fidelidad, piedad y perdón, son intercambiables.
Al hombre moderno no le gusta hablar de la misericordia de Dios, por sus resonancias sentimentales y por la impresión de producir alienación religiosa. Pero refugiarse en las manos abiertas de un Dios misericordioso que nos perdona constantemente, ¿no es el mejor modo de sanar la conciencia?
De hecho, la misericordia de Dios invita a la conversión y al cambio, e impulsa a quien de ella se beneficia a practicar la misericordia (Lc 6, 36). No tiene, pues, nada de alienante, sino todo lo contrario: es una llamada a asumir responsabilidades precisas.
Maertens-Frisque
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Consoladoras son las palabras que escuchamos hoy del profeta Miqueas, en su confesión de fe: "¿Qué Dios hay como tú, que perdonas el pecado y absuelves de la culpa al resto de tu heredad?". Y es que a nosotros, a veces, nos parece excesivo predicar que Dios "volverá a compadecerse, y extinguirá nuestras culpas". Pero así es, y así lo repite la Biblia: 70 veces 7 nos perdona Dios, porque nos ama.
El amor perdonador de Dios no es algo de lo que debamos sorprendernos, porque él tiene entrañas de Padre, y aguanta hasta el infinito. Ni de lo que debamos burlarnos, porque suplicarle su amor misericordioso, y luego pisotear a los demás, es poner la 1ª piedra de nuestra condenación. De Dios nadie se ríe.
Los profetas fueron las personas capaces de leer los acontecimientos históricos a los ojos de Dios. Y hoy ellos siguen mirando al mundo, poniendo nombre a cada cosa, percibiendo lo desapercibido y denunciando las injusticias concretas. Al final, todo profeta bíblica abrió la puerta a la esperanza, con una fe ciega en que el mal no tenía la última palabra.
A pesar de la injusticia imperante, y en medio de ella, Dios sigue acompañando al mundo, empeñado en que su proyecto siga adelante. De esto último es de lo que nos habla hoy Miqueas, cuando hace su confesión de fe: "¿Qué Dios hay como tú, que se complace en ser bueno?".
Miren Elejalde
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Esta 3ª y última página de Miqueas es más esperanzadora que las anteriores, a base de mezclar afirmaciones proféticas y suplicantes a Dios, ensalzando su misericordia. La confianza del profeta se basa en que Dios seguirá siendo fiel a las promesas que había hecho (ya desde Abrahán), y que seguirá pastoreando al pueblo de su heredad.
Pero, sobre todo, se basa en la esperanza de que Dios seguirá haciendo lo que sabe hacer mejor: perdonar. En un retrato entrañable, Miqueas exclama: "¿Qué Dios hay como tú, que perdonas el pecado?". En efecto, se trata de un Dios que "se complace en la misericordia", y que "arroja a lo hondo del mar todos nuestros delitos".
Los que hoy hemos escuchado, además de la voz del profeta, es lo mismo que nos recordará Jesús sobre el amor de Dios, a la hora de describirlo como el padre del hijo pródigo, o como el pastor que busca la oveja descarriada. Por eso tenemos todavía más motivos para dejarnos llenar de esperanza, y alegrarnos con esta noticia de la misericordia de Dios.
Si tenemos a mano la encíclica Dives in Misericordia de Juan Pablo II, nos haría mucho bien releerla. Porque también nosotros necesitamos recordar esta buena noticia, reconociendo nuestra debilidad y alegrándonos del perdón de Dios. La eucaristía la solemos empezar con la invocación "Señor, ten piedad", y en el Sacramento de la Penitencia participamos de la victoria que Jesús nos consiguió en su cruz, contra el pecado y el mal.
Para con los demás, estamos llamados a proclamar la bondad de Dios hacia los débiles y pecadores. Dios deja siempre abierta la puerta a la misericordia, y a la rehabilitación de las personas y de los pueblos.
El salmo responsorial de hoy refleja bien la idea del profeta y nuestros sentimientos de confianza: "Señor, has sido bueno con tu tierra, has perdonado la culpa de tu pueblo, has sepultado todos sus pecados. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación". La última palabra de la historia no es nuestro pecado, sino, como nos recuerda hoy Miqueas, el amor perdonador de Dios.
José Aldazábal
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